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La poco agraciada pero muy pudiente hija del carnicero

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Bolivar Hernandez*
De niño viví en una zona proletaria, popular, de la ciudad de Guatemala. La famosa colonia Roosevelt, zona 11, junto al hospital Roosevelt, construido por los Estados Unidos durante la posguerra, después de la Segunda Guerra Mundial para, eventualmente, alojar ahí a soldados estadounidenses heridos; todo alrededor del hospital Roosevelt tiene su nombre, mi colonia y la enorme calzada que conduce a La Antigua Guatemala.
Mis vecinos eran peculiares, al costado derecho de mi casa, había un templo evangélico, y una vivienda modesta del pastor donde habitaba su numerosa prole, y al lado izquierdo, la carnicería y la vivienda de su pequeña familia.
Era una colonia habitada por profesionistas y comerciantes, y donde también abundaban los prostíbulos baratos y las cantinas, había un mercado y un cine.
Esta colonia, la Roosevelt, era entonces la periferia de la ciudad de Guatemala, una colonia bien comunicada con el centro comercial, el centro histórico de Guatemala; había varias líneas de buses urbanos que conectaban el centro con la periferia. En esa época, 1950, el pasaje costaba 5 centavos por viaje.
Nuestra familia estableció sólidas relaciones con los vecinos de la misma cuadra, la 4a avenida entre la 12 y la 13 calle.
Siendo mi padre un intelectual connotado
No tenía empacho en entablar conversaciones con el carnicero, nuestro vecino. Como adolescente, en esa época tenía buenos amigos de mi edad, niños y jóvenes de mi cuadra. Participaba de todas las tradiciones populares de Guatemala, como son las posadas decembrinas o la quema del diablo, y también iba a las fiestas juveniles en casas de amigos, se les llamaban : los repasos, ignoro el porqué.
Como era mi costumbre desde siempre, salía a explorar la pequeña ciudad capital, a caminar sin rumbo fijo. Conocía la ciudad como la palma de mi mano. Gastaba los zapatos de tanto patear las calles.
En esa época, mi casa paterna se convirtió en un refugio seguro para perseguidos políticos, amigos de mi padre.
Muy pocos años después, abandoné la colonia Roosevelt y me fui a recorrer el mundo y nunca más volví ahí, después de medio siglo. Obviamente, dejé atrás a los amigos y vecinos y nunca supe más de ellos, quedaron fuera de mi radar.
Mi familia, mis hermanos, siguieron cultivando la amistad con los antiguos vecinos, y, hasta la fecha , 60 años después, se reúnen en amenos convivios.
La promotora principal de los convivios es la hija del carnicero
Una señora poco agraciada físicamente, pero que casó con un millonario local. Tiene mucho dinero y es una gran burguesa.
Posee una mansión en un barrio elegante de la urbe, y tiene a sus hijos en buenos colegios privados; viste con elegancia y viaja mucho por el mundo.
Recientemente celebró su cumpleaños número 72, y tiró la casa por la ventana.
La hija del carnicero alquiló un gran salón en un hotel de 5 estrellas de la ciudad capital. Organizó una fiesta con una marimba en vivo, un banquete espectacular con mariscos frescos, bebidas alcohólicas finas, champán incluido, y un cuerpo de meseros para atender a sus más de cien invitados.
De nuestros vecinos de entonces, la familia del carnicero ha sido la mejor ubicada en la escala socioeconómica de ahora.
En cambio, los vecinos nuestros, los evangélicos, cuyo pastor nos aturdía con sus potentes altavoces y sus cánticos, gritos y sermones, les fue muy mal en la vida. Su familia numerosa acumuló desgracias y desventuras, y de sus muchos hijos, pocos están vivos aún. Enfermedades y accidentes cobraron caro la factura a su familia.
He vuelto de visita a la colonia Roosevelt y todo ha cambiado demasiado. Se ha precarizado la vivienda, sigue siendo una colonia popular, pero sus antiguos habitantes, los que yo conocí, han muerto, han emigrado al extranjero como migrantes indocumentados, o han buscado mejores rumbos en la ciudad de Guatemala.
Debo confesar que cuando veía a las hijas del carnicero siendo apenas unas niñas, nunca imaginé sus destinos tan prometedores.
*La vaca filósofa.
Fotos: Pixabay/photosforyou
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