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El peligro de una escalada en la guerra de Ucrania, que lleve a un enfrentamiento nuclear entre Rusia y las potencias nucleares occidentales, es serio, real y no se debe subestimar.
La dura advertencia, provino del canciller ruso, Serguéi Lavrov, en una entrevista con la red Canal 1 el 25 de abril. De acuerdo con sus palabras, el momento actual de las relaciones entre Rusia y Estados Unidos es tan peligroso como durante la Crisis de los misiles de Cuba de 1962, dejando al mundo en suspenso por dos semanas por el temor de un choque nuclear entre los dos súper potencias. No obstante, el canciller hizo una distinción crucial: “Durante la Crisis de los misiles de Cuba no había muchas reglas escritas, pero las reglas de conducta eran bastante claras. Moscú entendía cómo estaba actuando Washington y Washington entendía el comportamiento de Moscú”.
Lavrov reiteró que en aquella ocasión había un canal de comunicación en el que los dos líderes, el presidente estadounidense John F. Kennedy y el premier soviético Nikita Krushov, confiaban. Ahora no existe ese canal. Nadie trata de crear uno. Los tímidos intentos ocasionales realizados en la primera fase no dieron mucho resultado, afirmó.
Comprendida entre las palabras de Lavrov se encuentra una diferencia fundamental y potencialmente decisiva en relación con los acontecimientos de 1962, la cual hace más peligroso el escenario actual: la calidad ínfima de los gobernantes occidentales actuales, que no tienen ni punto de comparación con sus antecesores de la década de 1960, ni en Washington ni en ninguna de las capitales europeas. En aquella época, además de Kennedy, estaban estadistas de la talla del francés Charles de Gaulle, del alemán Konrad Adenauer, del británico Harold MacMillan y otros, al lado de los cuales sus actuales sucesores no pasan más allá de comediantes políticos.
En 1962 también había halcones y pirómanos en Washington y en Moscú
Pero, al contrario de hoy, los líderes políticos y los diplomáticos actuaron con un empeño sensato, decidido y, al final, exitoso, para enfrentar la crisis. Nada comparable con las figuras mediocres de hoy, entre otros, del secretario de la Defensa de Estados Unidos, Lloyd Austin, ex lobista de la megaempresa Raytheon, al admitir que el objetivo de Estados Unidos en el actual conflicto es “debilitar” a Rusia. O del ministro de las Fuerzas Armadas británico, James Heappey, quien indicó que Ucrania utilice el armamento suministrado por el Reino Unido para atacar blancos dentro de Rusia, lo cual fue evidentemente calificado por el ministro de Defensa ruso de “provocación directa”.
En esencia, la intención abierta de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) es prolongar el conflicto al máximo, o combatir a Rusia hasta el último soldado ucraniano.
Hace seis décadas, ni Kennedy ni Krushov tuvieron que hacer una advertencia como la del presidente Vladímir Putin, el 27 de abril, quien amenazó responder “con la velocidad del rayo -en referencia a las nuevas armas rusas- si alguien decide intervenir en los acontecimientos en curso y crear amenazas estratégicas inaceptables para nosotros”. Una de esas armas es el recién probado misil intercontinental Sarmat RS-28, capaz de disparar planeadores hipersónicos termonucleares Avangard contra blancos situados a hasta 18 mil kilómetros, e invulnerables a todas las defensas conocidas.
Para hacer más crítico el cuadro, a la incapacidad de los dirigentes occidentales se suma la alienación de la realidad, para comprender que Moscú está librando una guerra verdaderamente existencial. En esta atmósfera altamente cargada, cualquier chispa, aunque sea accidental, puede tener consecuencias devastadoras.
