mayo 25, 2026

La Semana Santa, las andanzas de un ateo curioso y el ‘pan de mujer’

La Semana Santa, las andanzas de un ateo curioso y el ‘pan de mujer’

Bolivar Hernandez*
La Semana Santa es la última semana de la cuaresma. Empieza desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección de Jesús. Es para conmemorar El Triduo pascual, que abarca la pasión, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Este es un tiempo orar y reflexionar sobre el Señor Jesucristo, entre sus feligreses.
Durante la Semana Mayor, los fieles deben orar y ayunar, y no comer carne el viernes santo.
Al menos en Guatemala, se realizan múltiples procesiones monumentales, que duran muchas horas recorriendo la ciudad a paso lento de los cargadores, los cucuruchos, hombres vestidos con túnicas moradas y un gorro cónico.
Son andas que miden hasta 50 metros de largo por tres metros de ancho, y llevan imágenes religiosas de santos y de Jesucristo crucificado, y son transportadas en los hombros de cientos de feligreses.
Al paso de las procesiones
Hay innumerables alfombras florales, bellamente decoradas en el suelo, que miden hasta 100 metros de longitud. Detrás de la procesión suele ir una banda interpretando música fúnebre. Y el público, en las banquetas, guarda profundo silencio al paso de las procesiones.
Esta vieja tradición de las procesiones se celebra por toda Guatemala, en particular en las ciudades de Quetzaltenango, La Antigua Guatemala y en la Ciudad de Guatemala.
Es un espectáculo maravilloso de la fe católica de los guatemaltecos, cuyas mayordomías religiosas son poderosas empresas de la fe.
Ateo curioso
Lo que voy a narrar en esta ocasión se refiere a la Ciudad de Quetzaltenango, Xela para los nativos, y ocurrió en los años 60 del siglo pasado. Era yo un adolescente ateo y curioso por conocer las tradiciones de los guatemaltecos; fui un observador agudo y perspicaz de la realidad.
En Xela, según la tradición de entonces, se guardaba un luto respetuoso durante la Semana Santa. Los hombres y las mujeres vestían de negro, o se ponían un moño negro en las vestiduras. Había un silencio en la ciudad, y todo el comercio cerrado. También los sitios de diversión como cines, bares y cantinas. Excepto los prostíbulos, que seguían con sus actividades pecadoras.
La ciudad vacía huele a copal y a incienso, olores que permanecen en mi memoria aún.
El cierre de las panaderías en Semana Santa, era un verdadero martirio para la población, tan adicta a los carbohidratos azucarados.
Y esto daba lugar a la aparición del famoso pan de Semana Santa, el pan de mujer, panes caseros elaborados por las manos femeninas de las quetzaltecas. El oficio de la panadería es casi tarea de hombres.
La Ciudad de Xela, muy indígena en su composición étnica, le daba un toque especial a la conmemoración de la muerte de Jesús. Las mujeres, con sus atuendos tradicionales llenos de colorido, circulaban por todo lados. En la periferia, donde habitaban mayoritariamente la población indígena, encontraba a hombres y mujeres bebiendo alcohol en la vía pública. Las escenas posteriores eran desoladoras, varios indígenas tirados en las banquetas, absolutamente ebrios.
La Semana Santa para mi, un adolescente inquieto, era la oportunidad de caminar y explorar toda la ciudad, casi vacía, y observar los usos y costumbres de sus habitantes, motivado por un interés antropológico. Que, años después, se concretó en la universidad donde estudié la carrera de Etnología.
Debo añadir a mi relato que siempre he sido un llanero solitario y, por ello, ando solo y exploro todos los caminos que se me antoja conocer. He tenido amigos en Quetzaltenango, pero ellos con otros intereses ajenos a los míos.
Foto: nickelbabe
Por la pandemia del COVID-19
Se han suspendido todas las celebraciones religiosas de la Semana Santa en Guatemala. Ha sido un golpe fuerte al sector turístico de La Antigua Guatemala, en forma particular.
Me percato que continúa la tradición de cargar en las procesiones de la Semana Santa, así que muchos hombres guatemaltecos, inclusive de izquierda, esa semana de pascua visten los atuendos de cucurucho, y pagan grandes sumas de dinero para pertenecer a una cofradía religiosa determinada, y tener el privilegio de cargar en una procesión.
Actualmente , en pleno siglo XXI, los guatemaltecos dedican su tiempo libre en la Semana Santa, a ir “al puerto“, es un modo local o manera de decir ir a la playa o al mar. El Puerto de San José está a menos de 100 kilómetros de la ciudad de Guatemala, y normalmente implica un viaje no mayor de una hora y media.
En la Semana Mayor, son varios miles de guatemaltecos que emprenden el viaje “al puerto”, y se lanzan en caravana interminable de automóviles hasta dicho lugar, e invierten casi 5 horas en ese trayecto.
La zona no tiene una infraestructura turística importante qué brindar a los visitantes. Son escasos los hospedajes y los comedores o restaurantes. Los atrevidos turistas van dispuestos a pernoctar en la playa, en camarena, y a comer las viandas preparadas previamente en casa.
El Puerto de San José es un sitio peligroso, debido a que el mar es muy profundo. A menos de 100 metros de distancia de la playa, se abre un profundo barranco marítimo. Hay poderosas corrientes y oleajes que atrapan a los nadadores y los arrastran mar adentro.
El saldo de la Semana Santa es fatal, docenas de ahogados por no saber nadar o por un estado avanzado de embriaguez.
La característica de las playas del Pacífico de Guatemala es que están compuestas por arenas negruzcas, con altos contenidos de hierro, y concentran mucha energía solar, y quema los pies de los visitantes que sin chanclas se dirigen al mar, brinco y brinco a toda velocidad, como chapulines.
Estas playas guatemaltecas son depósitos históricos arenas de repetidas erupciones que arrojan cenizas y areniscas cada cierto tiempo.
Ir al mar en plena pandemia es una osadía
No porque sea un sitio airoso e inocuo sino porque los miles de turistas se aglomeran en las playas codo con codo, y desaparecen la sana distancia, gritan y cantan, y esparcen las gotículas del virus del COVID-19 a diestra y siniestra.
En todo el mundo católico occidental, la Semana Santa es una celebración muy significativa por sus tradiciones, y que desde hace un par de años, por la pandemia, tienen que resignarse a no celebrarla. Es algo traumático para todos ellos, sin duda alguna.
Sigo puntualmente las noticias de todo el mundo en torno al tema del nuevo coronavirus y me alarma el enterarme de las restricciones gubernamentales para celebrar cualquier festejo en esta época.
La razón es muy simple, la gente burlará todas las medidas sanitarias impuestas por las autoridades de salud. Y el rebrote de las infecciones, o las olas por venir en los próximos días, son motivo de alarmas mundial.
Todo el mundo al mar, a las playas, y adiós a todas las medidas de prevención en torno al COVID-19, y las consecuencias serán fatales, sin lugar a dudas.
Los que tienen mucha fe esperarán milagros en no contagiarse del letal virus. El confinamiento y las restricciones han causado estragos en las sociedades de muchos países. No aceptan restricciones en sus libertades mínimas, como el divertirse con sus amigos.
Ayer en la ciudad estadounidense de Miami, Florida, los jóvenes decidieron armar un carnaval multitudinario en las calles: beber, bailar y cantar sin ninguna medida de protección. Intervino la policía con mucha fuerza y no pudo someter a esa juventud impetuosa. La fiesta continuó como si nada pudiera pasarles.
Sí hay vacunas en muchos países ricos, como en los EEUU, pero eso no garantiza que están a salvo sus habitantes si no respetan nada y a nadie.
La cuarta ola de contagios será recordada en el futuro como el castigo a los profanos de la Semana Santa.
*La Vaca Filósofa
Fotos: solarilucho/nickelbabe

About The Author

Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

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