Bolivar Hernandez
A lo largo de 40 años de practicar el ciclismo urbano, he tenido varías bicicletas. Todas ellas han tenido nombres femeninos, por una tradición personal que desconozco de dónde provino.
En los 80 tuve una bicicleta para ir de Coyoacán al centro histórico, al edificio del periódico La Jornada, ubicado en la calle de Balderas. Esa bicicleta respondía al nombre de Clara.
A principios del año 2000, tuve una bicicleta para hacer ejercicio cotidiano en el Bosque de Chapultepec, muy próximo a mi barrio de La Condesa. Existe un circuito de 3 kilómetros en la Primera Sección de este milenario bosque. Todas las madrugadas rodaba por ahí junto a varios cientos de ciclistas de diversas edades. Esta bici recibía el nombre de Lucrecia.
En el año 2008 me fui a radicar a la ciudad colonial de Querétaro, y fungí ahí como director de la carrera de psicología en la Universidad de Londres. En esa época me descubrieron un cáncer muy agresivo, y los oncólogos me prohibieron andar en bicicleta.
Estos médicos aseguraban que el ciclismo era el causante principal del cáncer de próstata, el menos del mío. Era un absurdo está afirmación de estos hombres de bata blanca y pocos sesos. Esa bicicleta se llamó La Dolorosa.
Regresé a la Ciudad de México
Y me fui a vivir al centro histórico de la CDMX. Me compré una bicicleta por el rumbo del Anillo de Circunvalación, cerca del Mercado de La Merced, que es una zona con muchas tiendas de bicicletas. Ahí adquirí a Soledad, mi acompañante durante mi larga soltería.
En el año 2018 decidí volver a Guatemala, la tierra de mi padre, y poder resolver algunos litigios jurídicos pendientes. De inmediato compré una bicicleta, que fue bautizada como Esperanza, y así poder hacer ejercicio en un bulevar de la finca donde radicó actualmente, y salir todas las madrugadas, todas las mañanas del mundo, para rodar con la vista del paisaje hermoso del volcán de Agua, a pocos kilómetros de mi casa.
En mis trayectos de madrugada encuentro a varios vecinos que me saludan y se admiran de mi constancia y disciplina de recorrer 10 kilómetros diarios todos los días de la semana, y me lo hacen saber.
Es guatemalteco, pero tiene como lengua franca el inglés estadounidense. Pienso que es un chapín deportado de los EEUU, no le he preguntado. Trabaja en un Call Center, negocio muy socorrido en este país para emplear a miles de paisanos que hablan inglés.
Una tarde que circulaba por el bulevar me detuvo, y sin más me lanzó la pregunta: ¿Usted aceptaría que le regalara una bicicleta?
La historia de Martina
Sorprendido por la insólita pregunta, alcancé a decirle que si aceptaba su ofrecimiento. Pero tenía desconfianza por ese gesto inaudito en esta sociedad
Un par de días después de entregarme la mentada bicicleta en mi casa, me contó la historia de ella.
Esa bicicleta le fue regalada hace 20 años por su madre, siendo él todavía un niño, para que fuera a la escuela. La usó muy poco tiempo, y la abandonó en la azotea de su humilde vivienda. Ahí permaneció por 15 años recibiendo las inclemencias del tiempo, sol y lluvias.
Un día ya siendo un hombre trabajador la mandó a restaurar y la convirtió en una bicicleta de lujo. Gastó mucho dinero en la restauración de Martina.
Todavía hoy desconozco sus motivaciones para hacerme ese valioso obsequio. Lo único real es que me hizo inmensamente dichoso en esta vida.
Salgo muy orondo a presumir mi regalo por el bulevar de la finca todas las mañanas del mundo.
¡Hasta pronto incrédulos!, y sí existen los hombres de bien, capaces de soltar, de desapegarse de sus tesoros.
*La Vaca Filósofa
Fotos: nguyenhuynhmai/3888952 en Pixabay
