Bolivar Hernandez*
Esta es la historia del dueño del pichirilo amarillo, un Volkswagen viejo y destartalado modelo 1980, que su dueño lo cuida con esmero, pese a estar casi oxidada toda la carrocería, pero el motor está en perfectas condiciones de funcionamiento.
El propietario del pichirilo es don Luis Casanova, un hombre jubilado de 70 años, pero que aparenta 80. Es bajito de estatura, blanco, delgado, y sin dientes en la mandíbula superior, salvo unas cuatro muelas.
Don Luis es un colono de la finca donde yo habito, es un vecino cercano a mi residencia.
Todos los días que hago ejercicio en la bicicleta…
Don Luis casualmente sale con su auto viejito y se detiene unos minutos para conversar conmigo, antes de proseguir su viaje lejos de la finca. Él está convencido que somos de la misma edad, y me lo dice siempre.
Este hombre decrépito vive solo en una residencia que ya pasó sus mejores épocas, es una casa casi derruida, descuidada por fuera, con unos grandes matorrales que obstruyen la entrada del garage, sin embargo, don Luis entra y sale de su casa con su pichirilo amarillo, sin importarle demasiado los obstáculos vegetales que tiene qué sortear.
Hemos conversado poco sobre nuestras vidas íntimas. Él me contó que su mujer y sus dos hijas, migraron a los Estados Unidos hace muchos años y nunca volvieron. De parte de sus hijas recibe una remesa mensual en dólares, pocos.
Sus ingresos monetarios son tan escasos que don Luis no tiene servicio eléctrico en casa, vive a oscuras. Pero eso sí, posee un perro faldero que saca a pasear al bulevar para que haga ahí sus necesidades fisiológicas.
Don Luis viste mal, con ropa adquirida en las bodegas de ropa de segunda mano, y que son unos negocios que proliferan en todo el país, con muchas prendas con un valor de un dólar. Son ropas de una sola o dos lavadas y van a la basura.
Un día cualquiera invité a don Luis a desayunar en un restaurante medio elegante
Y fue penoso verlo comer sin los dientes superiores, no puede masticar casi ningún alimento. Todo lo debe remojar para ablandarlo y luego casi sin masticar tragarse el bolo alimenticio. Fue una experiencia tremenda para mi. Pero don Luis comió con ansiedad y deleite, pese a todo.
En ese desayuno conversamos un poco más que en nuestros habituales encuentros fortuitos en la finca. Me contó que tuvo varios empleos en los que obtuvo dinero suficiente para comprar la casa en donde vive en esa colonia de clase media alta. Aunque su vivienda sea hoy una auténtica ruina.
Don Luis es un hombre optimista, sin embargo. Le sonríe a la vida sin dientes y sin avergonzarse para nada. Es un buen conversador deseoso de ser escuchado con atención, ya que su prolongada soledad lo tiene aislado de todo el mundo; no tiene amigos.
Con extrañeza observo que hace mucho no veo a don Luis en su pichirilo amarillo, y tampoco paseando a su perro mugroso, que parece un trapeador de lo sucio de su pelambre.
En la finca soy de los pocos colonos que ando por calles y avenidas locales montado en la bicicleta, y observo todo lo que ocurre en ese entorno rural-urbano, no se me escapa ningún detalle.
Muy preocupado por la suerte de don Luis, fui a su casa y toqué repetidamente en su portón de madera con una moneda de veinticinco centavos, que es la más grande de todas. Y nada, sin respuesta. No tiene timbre porque tampoco tiene luz, como he dicho antes.
Es un misterio la desaparición de don Luis
Hago varias hipótesis en mi cabeza para calmar mi preocupación:
- Se fue de vacaciones a Europa.
- Consiguió una amante y esta feliz en la cama con ella.
- Está enfermo de gravedad.
Todo es posible que pueda ocurrir en esta historia de mi amigo don Luis Casanova. He preguntado a sus vecinos más próximos y nadie lo ha visto últimamente, tampoco los hombres de la basura lo han visto porque no ha sacado el basurero los martes, jueves y sábados, como el resto de colonos.
Me asomé por una rendija de su portón de madera y ahí está estacionado el pichirilo amarillo.
¡Yo si me preocupo demasiado por mis semejantes, por el prójimo!…
*La Vaca Filósofa
