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Las visitas tienen sueño

Foto: Bru-nO

 

Bolivar Hernandez*
En esta oportunidad voy a referirme a esos familiares o amigos que llegan a visitarte a tu casa y nunca se despiden y se largan de una buena vez.
Durante los primeros 20 años de mi vida, que fue cuando conviví con mis padres y hermanos, sucedieron diversos eventos perturbadores en mi hogar paterno.
Por ejemplo, en el pueblo de mi padre, que es Cuilapa, Santa Rosa, en Guatemala, radican mis parientes paternos que constituyen una tribu numerosa principalmente de matronas que encabezan esos núcleos familiares.
Pues bien, sin previo aviso ya que eso no se acostumbra por esta finca, de pronto aparecía en el umbral de mi casa una pariente vieja, cargada con una inmensa maleta y varias bolsas gigantescas. Y exclamaba: ¡Ya llegué familia querida!
El acertijo era adivinar por cuanto tiempo tendríamos esos huéspedes en casa
Era algo incierto de estimar porque bien podía ser una semana o un par de meses. Y es de mala educación preguntar: ¿Y cuándo te vas de regreso a tu pueblo?
Una de esas viejas queridas tías de mi padre, que me adoraba y decía que ella me había criado a mi, y es verdad me consintió muchísimo de niño, antes de irse de vuelta al pueblo, vaciaba la despensa de mi madre y cargaba con todo.
Era una impertinencia que se repetía muy seguido, y nadie se quejaba por ello.
Durante mi adolescencia desarrollé la costumbre de hacer amigos entrañables a los que invitaba a comer seguido las ricas viandas de mi madre, y a veces me visitaban esos amigos por la noche en mi casa, y las charlas eran infinitas, inacabables.
Entonces mi padre, sin una sola palabra, entraba en la sala y apagaba todas las luces, en señal obvia que la charla debía terminar y que las visitas debían irse de inmediato; pues no ocurría eso porque la conversación con mis amigos continuaba a oscuras.
Después de estas historias de visitas inesperadas y que no se van a buena hora y que no se despiden de acuerdo a los manuales de urbanidad más elementales, me fui a México.
También seguí cultivando amistades como lo hago hasta el día de hoy. E invitaba seguido a mis amigos a cenar o a comidas en mi jardín de la casa de Coyoacán. Esas reuniones se prolongaban demasiado tiempo y llegaban las 10, 11 de la noche, y la sobremesa continuaba en forma amena.
Tengo, debo admitirlo, poca paciencia ante reuniones largas, más aún si son en mi casa, ya que deseo íntimamente que se vayan para poder dormir. Si las reuniones son en casas de amigos, tengo la posibilidad de irme a la hora que yo quiera, y además me voy a la francesa, sin despedirme para evitar conversaciones en el quicio de la puerta…
El estilo mexicano que pude observar
Es que invitaba a mis amigos íntimos a cenar, y citaba a las 8 de la noche; y nadie era puntual, el arribo era a partir de las nueve, inclusive después de las 12 de la noche. ¡Insólito el asunto!
Ahora que radico en una finca bananera de Guatemala, tenemos la visita de mi familia francesa en casa, y mi sobrina, que es guatemalteca, tiene muchos amigos y los invita a todos a casa a cenar; y ahí comienzan los problemas.
No existen los límites de tiempo en las visitas, en esas personas no cabe la prudencia ni la mesura, nunca se van. Da la una o dos de la madrugada y las conversaciones se alargan hasta el infinito.
Mi habitación, que es la antigua biblioteca de mi padre, está contigua a la sala-comedor, y se escucha todo con nitidez. He soportado todas las visitas imprudentes de mi sobrina con el ojo pelón, sin dormir. ¡No es justo!
Le he pedido educadamente a la sobrina amiguera que vaya ella a visitarlos a sus casas y allá se desvelen todo lo que deseen.
Ignoro si en Guatemala esa costumbre de llegar sin avisar, sin previo consentimiento, sea un asunto normal, y que además se prolonguen esas charlas hasta el infinito. No voy a generalizar, por cierto, pero en mi experiencia familiar eso ocurre siempre.
Tengo unos deseos diabólicos de apagar las luces de la sala cuando las visitas no tienen sueño y permanecen en el eterno bla bla bla, al igual como lo hacia mi padre con mis jóvenes amigos en su casa.
Ahora que cumplo 77 años me doy cuenta que me tornado algo más intolerante con la gente que no tiene o no respeta los límites ajenos.
He renunciado absolutamente a participar en reuniones familiares o de amigos por salud mental. Preservo mi sueño y mi tranquilidad en la casa de la finca donde vivo actualmente, y dedico mi tiempo, que es sagrado, a pintar y a escribir, y también a meditar en sentido budista.
Las visitas tienen sueño, era el eslogan de mi padre, y apagaba de inmediato todas las luces de la casa, y las visitas no se daban por aludidas, por increíble que parezca esto.
¡Hasta pronto amigos desvelados e irrespetuosos del sueño de sus anfitriones!
*La Vaca Filósofa
Foto: Bru-nO
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