mayo 25, 2026

Le dije a Tona, mi suegra: Yo me encargo de conseguirle marido a tu hija, ¡ya vete!, ¡ya descansa!, y expiró

Le dije a Tona, mi suegra: Yo me encargo de conseguirle marido a tu hija, ¡ya vete!, ¡ya descansa!, y expiró

Bolivar Hernandez*
Las suegras tienen mala fama en general en la sociedad, y también abundan los chistes sobre ellas.
Tengo la duda si son las nueras las únicas que padecen y sufren las maldades de las suegras, y que no es así en el caso de los yernos. No lo sé a ciencia cierta.
Mi experiencia personal con todas mis suegras fue extraordinaria, me quisieron mucho y yo también a ellas. No me atrevo hacer una generalización sobre la relación entre una suegra y un yerno.
Lo que voy a narrar ahora es la historia de Tona
Una mujer longeva a la que vi morir y con quien pude conversar hasta su último aliento.
Tona era nieta de un exgobernador del Estado de Hidalgo, este señor era telegrafista de profesión a finales del siglo XIX, y muy amigo de Porfirio Díaz, quien en una gira de trabajo por Hidalgo se encontró a su amigo y le dijo:
Vas a ser el futuro gobernador de tu estado. Y así fue, por designación directa del dictador.
Tona tuvo una educación esmerada en Pachuca, con profesores particulares y así aprendió el idioma inglés, que lo hablaba con perfecta pronunciación.
Ella tenía apellidos compuestos, como muchos mexicanos aristócratas; esos apellidos dobles separados por un guión o por una Y.
Cuando conocí a la hija menor de Tona, y me dijo su nombre con todos sus apellidos rimbombantes, no me sorprendió nada; yo no conocía los árboles genealógicos de la aristocracia mexicana y no me importó demasiado el peso de esos apellidos.
Me uní a la hija menor de Tona, porque nos enamoramos y ya. No porque tuviera yo la menor idea de su abolengo.
La hija menor de Tona era una bella mujer, inteligente, que había viajado por el mundo, y que había adoptado la vestimenta de los hippies de entonces.
¿Cuándo me iba yo a imaginar el asunto de su abolengo, si para mi era solamente una bella hippie?
Vivimos al principio de la relación en un departamento minúsculo en Coyoacán, con goteras, y una sola recámara.
Un día le dije a la hija menor de Tona, quiero conocer a tu familia, por favor invita a comer a tu madre aquí, en nuestra modesta casa.

Foto: Pixabay

Y Tona llegó puntual a la cita
Su hija le preparó una ensalada y unos fideos con crema. Conversé ampliamente con mi futura suegra y le caí muy bien, estupendamente bien.
Una semana después de aquella primera visita y encuentro con mi futura familia política, mi suegra envió con su chofer a mi casa, un juego de cubiertos de mesa de plata para 12 personas.
Nunca había metido en mi boca una cuchara de plata, jamás. Esta situación obedeció a que nuestro menaje de cocina y comedor era sencillo y práctico. Y mi suegra observó todo aquello detenidamente y determinó que eso no era elegante para nada.
Se hicieron frecuentes los encuentros con mi suegra en nuestro departamento de Coyoacán. La invitaba a comer y a tomar el té a las cinco de la tarde, como los ingleses. Debo añadir que el esposo de Tona, mi suegro, era inglés.
Un día dijo mi suegra:
No quiero que vivan aquí, busquen una casa linda en Coyoacán y me avisan cuando la encuentren. Y la hija menor de Tona encontró un hermoso departamento en un condominio en el corazón de Coyoacán. Y de inmediato mi suegra lo compró y nos lo obsequió.
Tona nos ayudó mucho cuando teníamos apuros económicos, ya con tres hijos nosotros. Inclusive, en alguna época, nos fuimos a vivir con mis suegros a su mansión en el elegante barrio de la burguesía mexicana: Las Lomas de Chapultepec. Fue una breve estancia ahí, hasta que logramos superar ese bache económico.
Una anécdota muy divertida ocurría con mi suegra
Me tenía tanto aprecio y cariño, e inclusive le provocaba un lapsus chistoso, porque me decía marido, en lugar de yerno o Bolivar. A mi me hacía gracia que mi suegra me dijera marido. A la hija menor de Tona, no.
Tona tuvo muchos hijos, cercano a la docena, y sus hermanas tenían entre 15 y 18 hijos. Eran prolíficas y ricas. Estos críos, todos, fueron atendidos por nanas, o por institutrices.
La hija menor de Tona tuvo una nana que la crió. Mi suegra no quiso ocuparse de la crianza de sus vástagos, de ninguno.
Tona y yo llevamos a lo largo de varias décadas una relación de cariño, cuidado y atención mutua.
En su vejez
Yo procuraba sacarla a comer a restaurantes de la Condesa, y ella muy agradecida con mi gesto, no me permitía pagar la comida, y me pasaba su monedero debajo de la mesa para que yo extrajera unos billetes y pagara la cuenta.
Al final de sus días, ya tenía más de 90 años, mi suegra se fue a vivir a un departamento arriba del nuestro, en la Condesa. Y el trato se hizo más estrecho con ella. A diario subía a saludarla y desearle un buen día.
Le ayudé a morir a Tona, fue muerte natural, pero ella no quería irse aún, le preocupaba que una de sus hijas no tuviera marido y qué porvenir tenía ella sin un hombre a su lado.
Le dije a Tona: Yo me encargo de conseguirle marido a tu hija, ¡ya vete!, ¡ya descansa!, y expiró.
*La vaca filósofa.
Fotos: Mingyuk Cheng/Pixabay 

About The Author

Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

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