Utilizando la alegoría de la Torre de Babel, el Santo Padre advirtió que los estadistas se han refugiado en estructuras alienantes dictadas por una globalización estrictamente financiera, el movimiento woke y la ideología de género, corrientes que desdibujan la naturaleza humana.
Silvia Palacios*
El histórico pronunciamiento del papa León XIV ante las Cortes Españolas el pasado 8 de junio, en el marco de su visita oficial a España, resonó como un enérgico y vibrante llamado a la acción.
¡Despierten!, una interpelación directa al corazón de la clase política local, pero cuyo eco se extiende sin ambigüedades al tablero internacional.
El Pontífice instó a los líderes políticos a recuperar la verdadera esencia de su función pública: Aborrecer el mal, abrazar el bien e implantar la justicia en los tribunales.
Retomando la alegoría de la Torre de Babel —metáfora central de su primera encíclica, “Magnifica Humanitas”—, el Santo Padre advirtió cómo los estadistas y la clase dirigente se han refugiado paulatinamente en una estructura alienante.
Un aislamiento impulsado por los dictados de una globalización estrictamente financiera y corrientes culturales como el movimiento woke o la ideología de género, las cuales, desdibujan la dignidad inherente de la persona humana.
Esta alocución, condenso magistralmente las conclusiones de su reciente y fecundo viaje por cinco naciones africanas junto a las líneas maestras de su primera encíclica, marcó un hito sin precedentes al constituir la primera intervención de un Romano Pontífice ante la sede parlamentaria española. El propósito de las siguientes líneas es ofrecer a nuestros lectores un análisis sintético y pormenorizado de este trascendental discurso.
De inició, él planteo que la premisa básica de “toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: Qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes”.
Ante esta cuestión -afirmó- España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente.
Desde las páginas universales del Quijote
Donde Cervantes proclamó que la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, (…)
España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa.
“Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando, remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba.
En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.
Ejemplo actual de una conciencia jurídica y moral
“Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio momento histórico. La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos. Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.
Ésta es una de las grandes herencias de España: Haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza.
Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.
La defensa de la vida: Meta de civilización
“La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.
“Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo.
La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre. Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.
“¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: Servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.

El bien común es, en cierto modo, la forma social de la dignidad humana (cf. Magnifica Humanitas, 59). Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos.
“La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos.
Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: Constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.
Señorías enfrenten el mundo moderno
De manera directa, León XIV se dirigió a la audiencia, “El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.
Por eso, preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. (…) La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe.
Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.
“Alzar la mirada”
“Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral.
Y concluyendo con un llamado especial para España, León XIV afirmó:
Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa.
Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.
Tomas Moro un “modelo creíble”
A pocos días de la exposición papal, el pasado 22 de junio, la Conferencia Episcopal Española (CEE) protagonizó un acto de relevancia institucional al obsequiar a los diputados y senadores de las Cortes Generales una edición especial del discurso pronunciado por el Papa que coincidió con la fecha en que se celebra a Santo Tomas Moro, patrono de los estadistas y políticos.
A Tomás Moro generalmente se le conoce por su célebre obra, “La Utopía”, además de escritor fue un destacado jurista, estadista humanista. Su ascenso en la vida pública estuvo marcado por la excelencia y la rectitud:
Ocupó cargos de gran confianza, llegando a ser canciller de Inglaterra. Sin embargo, su incorruptibilidad y sus convicciones morales y religiosas lo llevaron a un trágico final. Se negó a apoyar la decisión del rey Enrique VIII de anular su matrimonio y romper con la Iglesia católica para crear la Iglesia anglicana. Condenado por alta traición, Moro fue ejecutado por decapitación en 1535.
En la Carta Apostólica proclamando a Santo Tomas Moro patrono de estadistas y políticos, el Santo Papa Juan Pablo II, en octubre del 2000, de inicio afirma:
“La vida y el martirio de Santo Tomas Moro ha sido fuente de un mensaje que trasciende los siglos y que habla a las personas de todo el mundo sobre la inalienable dignidad de la conciencia humana”.
(…) Dada su firmeza inquebrantable al rechazar cualquier compromiso con su conciencia, en 1534 el rey lo hizo encarcelar en la Torre de Londres, donde fue sometido a diversas presiones psicológicas. Tomás Moro no se dejó doblegar y se negó a prestar el juramento que se le exigía, ya que esto habría implicado aceptar un acuerdo político y eclesiástico que allanaba el camino a un despotismo descontrolado. En su juicio, defendió con vehemencia sus convicciones sobre la indisolubilidad del matrimonio, el respeto debido al patrimonio jurídico de la civilización cristiana y la libertad de la Iglesia en sus relaciones con el Estado, afirmó Juan Pablo II

Los motivos para su patronazgo siguen resonando
Y, prosiguió, “Existen muchas razones para proclamar a Tomás Moro Patrono de los estadistas y de las personas en la vida pública. Entre ellas, destaca la necesidad que siente el mundo de la política y la administración pública de contar con modelos a seguir creíbles, capaces de señalar el camino de la verdad en un momento histórico en el que aumentan los desafíos difíciles y las responsabilidades cruciales. Hoy en día, fuerzas económicas altamente innovadoras están transformando las estructuras sociales; por otro lado, los avances científicos en el campo de la biotecnología subrayan la necesidad de defender la vida humana en todas sus etapas, mientras que las promesas de una nueva sociedad —presentadas con éxito a una opinión pública desconcertada— exigen urgentemente decisiones políticas claras en favor de la familia, los jóvenes, los ancianos y los marginados”.
Aquel nombramiento del Pontífice, ocurrido en los albores del nuevo milenio, no fue un hecho aislado; respondía a las urgencias de un mapa geopolítico en plena ebullición. Tras el desplome del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, Occidente se enfrentó a un vacío histórico. Se volvió entonces imperativo dotar a las nuevas generaciones de una arquitectura intelectual que unificara la política y la moral. Era, en esencia, un llamado a reconstruir un humanismo cristiano sólido, capaz de erigirse como dique de contención frente al abismo de las corrientes ideológicas emergentes.
Sin embargo, la respuesta de las potencias occidentales estuvo marcada por la inercia, cuando no por la abierta resistencia a sentar las bases de un orden internacional vertebrado por la dignidad social y el Bien Común. En su lugar, el pragmatismo económico terminó por entronizar el rentismo bancario, capitulando sin ambages ante los dictados de una globalización estrictamente financiera y cultural.
Hoy, la deriva del tiempo nos devuelve a la casilla de salida. Aquel llamamiento moral adquiere una vigencia lacerante frente a una edificación legislativa contemporánea que no solo ha atomizado al individuo, sino que ha fracturado definitivamente el puente que debía unir a la moral, la política y la economía.
*MSIA Informa

