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El 30 de enero pasado, se conmemoró el 90 aniversario del nombramiento de Adolf Hitler como canciller de Alemania por el presidente Paul von Hindenburg, que allanó el camino para el ascenso del Partido Nazi al poder, consolidado con la muerte de Hindenburg al año siguiente, cuando Hitler asumió ambos cargos y se convirtió en el dictador absoluto del país.
La fecha pasó casi desapercibida fuera de Alemania, tal vez, por la incomodidad de explicar que Hitler no era un rayo caído de un cielo azul y un fenómeno alemán singular. No, para nada.
El ascenso al poder supremo se debió a una combinación del caos institucional y económico de la Alemania de Versalles posterior al Tratado, el resentimiento de la población alemana con las duras sanciones impuestas por las potencias vencedoras de la Primera guerra Mundial y, nada menos, el apoyo dado al Partido Nazi por altos intereses industriales y financieros, en particular de Estados Unidos y Gran Bretaña.
Por supuesto, nada sería posible sin el innegable magnetismo personal del futuro Führer para catalizar los sentimientos de las masas resentidas en favor de su delirante y místico proyecto de reconstrucción de Alemania como vanguardia de una “nueva humanidad”, basada en la supuesta superioridad de la “raza aria”. Pero en esta “nueva humanidad”
No habría lugar para pueblos considerados “inferiores”, como judíos, eslavos, gitanos, africanos, asiáticos, etc. Y para él, el pueblo alemán necesitaba un “espacio vital” (Lebensraum) para su expansión, que debería ser conquistado de los eslavos de Europa del Este y la Unión Soviética. Todo fue debidamente anticipado en su libro Mi lucha (Mein Kampf), publicado en 1925-26, cuya venta ahora está prohibida por las autoridades cultivadoras de la demagogia y del ocultamiento como métodos operativos.
Sin embargo, si fue el principal, Hitler no fue ni de lejos el único responsable de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, un atributo que debe compartirse con las otras potencias de la época y sus intereses turbios, rara vez mencionados en los libros de historia.
Su máquina de guerra, la Wehrmacht
Sobre el tema de las efemérides, escribió el periodista alemán Helmut Ortner:
30 de enero de 1933: Comenzó un sistema de violencia, arbitrariedad y locura. Fue planeado, organizado e implementado con meticulosidad alemana. Uniformidad, eliminación, persecución. Teoría racial, leyes de protección de la sangre, quema de libros, eutanasia, campos de concentración. Guerras de agresión – con millones de bajas. El asesinato de millones de judíos: el Holocausto. La Alemania de Hitler, una violación de la civilización. No, Hitler no cayó sobre los alemanes, los alemanes fueron a Hitler. Lo eligieron, lo honraron y lo aclamaron. Hasta el hundimiento (Nach Denk Seiten, 30/01/2023).
Pero para aquellos que piensan que esto es pasado, la mentalidad imperial (recordando que Reich significa imperio) y supremacista no murieron con Hitler. Por el contrario, persiste hasta el día de hoy, como se ve en las acciones de las potencias de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Irak, Afganistán, Siria, Libia, África subsahariana, Ucrania y en otras partes del mundo, donde la inflexible y permanente conquista de los recursos naturales no difiere mucho de la búsqueda del “espacio vital” hitleriano.
Por estas y otras razones, el conocimiento de la historia es fundamental.
