Ícono del sitio DiarioNoticiasWeb.Org

Los niños no son el futuro de la humanidad, son el presente lastimoso

Foto: ArmyAmber

HUÉRFANOS

Bolivar Hetrnandez*
Cuando salimos al exilio de Guatemala rumbo a México, en 1954, eso constituyó una fortuna para mi familia. Por varias razones, la primera fue que mi padre sólo alcanzó a ingresar subrepticiamente de madrugada, a la embajada de Argentina, el resto estaban saturadas ya de perseguidos políticos.
Ahí fue compañero de penurias con un joven médico, llamado Ernesto Guevara de la Serna, Che, con quien se compartían jugadas de ajedrez en esos interminables días de encierro forzoso. Finalmente mi padre y el Che, pudieron pasar a la embajada de México repleta de guatemaltecos.
Ignoro por qué el Che Guevara pudo hacer ese cambio de embajada, pero en el caso de mi padre, me queda muy claro el asunto, mi madre era mexicana y yo también.
Llegamos en 1954 a la Ciudad de México, y nos alojamos con la familia de mi madre, parientes muy pobres que vivían hacinados en una típica vecindad, que era una serie de cuartos minúsculos, con un solo baño, WC, colectivo en el patio central. Vecindad ubicada en la proletaria y céntrica colonia Obrera; ahí vivían mi abuela Cuca y mi tía abuela Concha, y varios primos.
Yo tenía 10 años, y mantengo unos recuerdos borrosos de esa etapa breve que vivimos en la vecindad de la colonia Obrera.
En cuanto pudo mi padre, nos trasladamos a la colonia Los Doctores, colonia de clase media baja, situada frente a la colonia Obrera, divididas por la amplia avenida San Juan de Letrán, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas.
Los exiliados políticos
Eran ubicados, de acuerdo a sus oficios o profesiones, en diferentes entidades del interior de la República Mexicana. Mi padre, como era estudiante de Medicina, lo asignaron al área de salud pública, pero en el Norte del país.
Como yo soy el mayor de cinco hermanos, ocupé el lugar de mi padre, yo era el “hombre de la casa “, y compañero de mi madre. Las penurias económicas de mi familia fueron muchas y había que tener ingenio para sobrevivir en una ciudad tan grande.
Nunca nos faltó comida, ropa y calzado; comíamos y vestíamos con decoro, de acuerdo a una práctica de ahorro impuesta por mi madre. Aprendí a valorar lo esencial y prescindir de lujos, hasta la fecha.
El ingenio de mi madre como economista era espectacular, aprendió varios oficios: cultura de belleza, y reparadora de medias de nylon. Mi casa, un departamentito, era el sitio de trabajo de mi madre. Las mujeres de esa época, se hacían permanentes, es decir, se rizaban el cabello, y mi madre les enrollaba los cabellos con unos tubos de plástico, y luego les aplicaba un líquido químico, cuyo olor lo traigo aún en mis narices. También hacía manicura y pedicura a las chicas; y, en sus ratos libres, zurcía medias femeninas.
Mi madre compró una máquina para cortar cabello a los hombres, también. Conmigo practicó bastante y me cortaba el cabello como soldado raso, era el famoso casquete corto.
Al estar a cargo de mis hermanos menores, 4, tenía que velar por su alimentación, y los llevaba todas las tardes a la panadería cercana a comprar el pan dulce, y en un descuido del dueño, mis hermanitos engullían varios panes de un modo clandestino.
La cuota diaria de pan dulce era de dos, tanto en el desayuno como en la merienda. Mis hermanitas me pedían “prestados” mis panes dulces, y yo me quedaba sin ellos.
Todas las mañanas
Acudía con mis hermanitos hasta el cuartel de Guardias Presidenciales, ubicado en Calzada de Tlalpan esquina con Viaducto Miguel Alemán, para recibir los desayunos escolares que nos otorgaban el INPI, Instituto Nacional de Protección a la Infancia. Ese cuartel estaba a un kilómetro de distancia de nuestra casa, en la Doctores, pasando por la Obrera.
El desayuno nos sacaba de apuros a nosotros y a cientos de otros niños pobres. Solo era posible recibirlos de lunes a viernes, por eso eran desayunos escolares.
Se daban en una cajita de cartón, que contenía un plátano maduro, un sándwich de mantequilla de maní o cacahuate, una barra de galleta con mermelada, y un envase pequeño de leche de vaca. ¡Eso era la gloria para nosotros!
El presidente de México era don Adolfo Ruiz Cortines, quien gobernó de 1952 a 1958. Ese mandatario nos salvó la vida al recibirnos en México, mi país, y darnos de comer todos los días.
Esta historia está motivada por mi solidaridad con los migrantes de todo el mundo, que hoy suman millones de seres humanos, niños en particular, que han tenido que dejar familias , casas, amigos, países, para salvar la vida o buscar otras oportunidades en sitios lejísimos de sus patrias.
Lo viví en carne propia y sobreviví. Muchos niños sucumben por hambre, frío o enfermedad en sus campamentos de refugiados, por desgracia.
Los niños no son el futuro de la humanidad, son el presente lastimoso.
Hoy, 68 años después de mi primer exilio, siendo un niño de 10 años, debo decir que aún conservo las marcas dolorosas de aquellos tiempos.
¡Hasta pronto, seres humanitarios que se conduelen por sus semejantes!
* La vaca filósofa.
Fotos: ArmyAmber/Pixabay
Salir de la versión móvil