Bolivar Hernandez*
Con motivo de la llegada de mis hijos y nietos desde el viejo continente, hemos dispuesto recurrir a los antojitos mexicanos, tanto en los mercados como en restaurantes populares, como son los Bisquets de Obregón y los Sanborns; ambas cadenas muy populares en la Ciudad de México.
En esta ocasión el sitio de nuestro encuentro tan anhelado, fue en el Sanborns del centro de Coyoacán. A sugerencia de mis hijas coyoacanenses, decidieron que ese era el lugar ideal para compartir el pan y la sal entre nosotros.
Ahora vivo en el centro histórico de la CDMX, y desde ahí me trasladé hasta Coyoacán, en un modernísimo tranvía azul marino. Una hora de viaje para estar puntualmente con mis hijos y nietos en el centro de Coyoacán.
Suponía yo que el Sanborns estaría repleto de comensales, como sucedía antaño, de forma ordinaria.
Y, ¡pues no!. Estaba vacío al momento de mi llegada y también al momento de nuestra despedida, tres horas después.
Interrogo de inmediato a las meseras y a las cajeras ahí presentes, para obtener una explicación fehaciente del fenómeno recién observado.
Por la pandemia de COVID-19, la cadena de restaurantes Sanborns despidió a infinidad de meseras y cocineras y personal administrativo. Y estuvieron cerrados por varios meses todos los locales de esa cadena.
El servicio ahora es pésimo
Hay poco personal en la cocina y también pocas meseras atendiendo, y no se dan abasto con las pocas órdenes de los escasos clientes.
Mis nietas pequeñas ordenaron hot cakes, y tardaron horas en prepararlos y más en servirlos y las niñas, desesperadas, con muchísima hambre.
Ofreció, naturalmente, el gerente de turno, un millón de disculpas.
Los platillos ordenados por nosotros, los adultos, sin chiste, sin sabor. Nada que ver estos guisos a como eran aquellos platillos en la prehistoria.
En fin, durante la conversación familiar tan extendida, siempre estuvieron las únicas tres mesas ocupadas, sin cambios ni nuevos comensales.

Durante la hora del café final para rematar el desayuno
Me invadió una enorme tristeza y desolación por la situación económica tan apremiante para cocineras y meseras, que decidí otorgar una generosa propina al personal que nos atendió.
Al mismo tiempo que devoraba unos huevos albañil y unos frijoles de la olla, pensaba en el pobre de Carlos Slim y sus menguadas ganancias durante un año y media de pandemia y con bajas utilidades, que súbitamente tuve el impulso de elaborar un cheque a su nombre con un pequeño donativo, simbólico, naturalmente, para subirle hoy el ánimo al alicaído y pobre rico mexicano.
Sin duda, los ricos también lloran, tal como ocurría en aquella famosa telenovela mexicana de Televisa, dirigida por Rafael Banquells y protagonizada por la ojiverde Verónica Castro y el galán de Rogelio Guerra, en 1979.
Confieso que soy un sentimental y no tolero que lloren ni los ricos y menos los pobres, por eso apoyo económica y moralmente a Carlos Slim.
¡Hasta pronto, desobedientes!, y sigamos apoyando la economía de todos los mexicanos.
*La vaca filósofa.

