Ícono del sitio DiarioNoticiasWeb.Org

Los tesoros de la Antropología y mi vínculo con la iglesia católica

DEZALB

 

Bolivar Hernández
Corrían los primeros años de los 60 del siglo XX, y yo concluía los estudios de maestro de educación primaria rural en Guatemala; y me sentía atraído por la Antropología que, en esa época, no existía en la Universidad de San Carlos de Guatemala. México surgió en mi horizonte para emigrar y estudiar dicha carrera.
Cuando terminé los estudios de secundaria, mi padre estaba elaborando la investigación para su tesis de licenciatura en derecho. Y yo lo acompañé a una zona indígena con conflictos de delimitación de tierras y de muchos años de lucha y con un saldo de heridos y muertos, las comunidades eran Santa Catarina Ixtahuacán y Nahualá, ambas del departamento de Sololá.
En esos viajes desde Quetzaltenango hacia la zona del conflicto agrario, mi padre y un antropólogo guatemalteco recién egresado de la Sorbona de Paris, y yo, realizábamos entrevistas a los indígenas involucrados en el diferendo histórico. El doctor en antropología era Humberto Flores Alvarado, quien había realizado un mapa lingüístico de Guatemala. Este hecho marcó mi destino al elegir querer ser antropólogo y no abogado y notario, como mi padre.
La tesis de licenciatura en derecho que realizó mi padre fue un hito destacado debido a su exhaustiva investigación en campo y los años invertidos en su elaboración. Ésta fue premiada con los máximos galardones académicos y también de la sociedad civil.
La realidad jurídica del indígena guatemalteco
Es el título de la tesis de licenciatura de mi padre, don Julio Hernández Sifontes, que este 25 de septiembre cumplió 101 un años de su natalicio.
Lo que aprendí, a los 16 años, fue a seleccionar a los informantes calificados en las comunidades estudiadas. Personajes claves como el cura, el presidente municipal, el cacique, los ricos del pueblo, el jefe de la partida militar en el lugar, los comerciantes prósperos y los maestros de la comunidad. Y finalmente , también los explotados de la comunidad. Son las voces discordantes de esa realidad social.
Aprendí a escuchar a todos y a formular cuestionamientos pertinentes, y no las preguntas obvias de toda entrevista no científica.
Sin embargo, el método de la observación fue clave en mi formación como antropólogo, al estilo de la observación participante, según los dictados del doctor Bronislaw Malinowski.
Los estudiantes de antropología de mediados del siglo pasado en la ENAH, de la Ciudad de México, sabíamos que los indígenas del país era nuestro objeto de estudio, éramos indigenistas a la fuerza. Tuve la fortuna de ser discípulo de grandes antropólogos indigenistas. Ricardo Pozas Arciniega y Gonzalo Aguirre Beltrán, dos celebridades en su época.
En esa época existía una red de Centros Coordinadores Indigenistas, bajo la tutela del Instituto Nacional Indigenista, INI, por todas las regiones indígenas de México. Eran nuestras fuentes de información de primera mano en toda investigación de campo. Era un modelo de acción gubernamental destinado a desarrollar las regiones indígenas.
Por muchos años estuve indagando en diversas regiones indígenas del país, con el apoyo indudable del INI. Así conocí todo el territorio nacional.
Chiapas
Es el estado mexicano donde más investigaciones antropológicas realicé y en donde más tiempo he permanecido, estuve ahí por varios años. En los años 60 y 70 del siglo XX, recorrí muchos kilómetros por vía terrestre para conocer las regiones en donde los indígenas fueron conminados a refugiarse durante la época colonial para que sus tierras ancestrales fueran explotadas por los conquistadores y los criollos.
Los tesoros de la antropología en mi vida son muchos, destaco solamente dos: La entrevista como herramienta de conocimiento y la observación como un método de sistematización de los datos de la realidad.
Concluyó esta historia de mi vocación temprana por la antropología, por la etnología, con esta muestra de mi vínculo con la iglesia católica. Aparte, de haber trabajado como docente universitario en la universidad iberoamericana de los jesuitas por espacio de 50 años en la Ciudad de México, quiero rendir homenaje a un cura de pueblo, don Adolfo Suárez.
En los años 70 vivía en la Depresión Central del Estado de Chiapas
En un simpático pueblo llamado Venustiano Carranza, para realizar un estudio antropológico de la población afectada por la construcción de la presa hidroeléctrica de La Angostura, sobre el río Grijalva.
En Venustiano Carranza conocí al cura Adolfo Suárez, un emulo de Fray Bartolomé de las Casas en pleno siglo XX.
Adolfo Suárez estuvo estudiando en Roma, Italia, en el Vaticano, era un hombre joven e ilustrado , refundido en un pueblo indígena relegado del progreso. Y de inmediato hicimos una sólida amistad, que perduró por muchos años hasta su muerte.
En la casa parroquial de Venustiano Carranza pasamos muchas tardes y noches conversando sobre todos los temas sociales por haber, tomando chocolate caliente con pan dulce.
Varios años después, Adolfo Suárez fue nombrado por el Papa como obispo de Monterrey y se fue para el norte.
Cuando me iba a casar decidí hacerlo por la religión católica, siendo agnóstico, y le pedí a Adolfo Suárez que él nos casara. Él tuvo que gestionar con la arquidiócesis el permiso para celebrar una misa en una biblioteca y no en un templo católico. Era una ocurrencia mía celebrar la boda en una biblioteca y que la oficiara mi amigo el obispo de Monterrey.
Esta historia ocurrió hace medio siglo, y la recuerdo como si hubiera sido ayer.
¡Hasta pronto colegas antropólogos!, que ya por fin estudian otros temas culturales y otros grupos sociales, no tuve esa fortuna.
*La Vaca Filósofa
Fotos: DEZALB/alandelacruz4
Salir de la versión móvil