Esta es una corta y larga historia de amor, corta para ser contada y larga por los años invertidos en ese amor eterno.
Bolivar Hernandez*
Luis Vaccaro era un gran actor mexicano, protagonista de telenovelas, obras de teatro y series sobre narcotraficantes, y en el cine también participó en películas de gran éxito.
Luis venía de una familia de artistas italianos que emigraron a México en los años cuarenta del siglo XX. Su físico era de un extranjero: alto, blanco, ojos azules, y una dentadura perfecta, que lucia con su sonrisa permanente.
Luis no tenía estudios formales de nada; él era un autentico autodidacta, estudiaba mucho por su cuenta todo lo relativo al idioma español, ya que traía siempre bajo el brazo El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.
Hombre culto, erudito, y de una extraordinaria memoria para aprender sus parlamentos de las obras de teatro en las que participaba.
Podría decirse que fue un típico galán en su carrera artística. Guapo, simpático, culto y contador de historias divertidas.
Luis tuvo dos matrimonios y dos hijos, uno en cada relación
Sus esposas no eran del medio artístico mexicano. Eran señoras guapas y muy elegantes. Y muy celosas, sobre todo.
Luis, al divorciarse de sus esposas, juró no volver a casarse nunca más en la vida. Y lo cumplió.
Ello, pese a que tuvo varias propuestas matrimoniales de parte de algunas actrices famosas y ricas, que le ponían casa y le daban sustento económico. Y Luis rechazó todas esas atractivas ofertas, sin remordimiento alguno.
Habrá que decir que Luis tenía una neurosis particular como todo ser humano, tenía sus manías. Y para efectos de esta historia sólo nos detendremos en una sola de sus obsesiones.
Él era un galán otoñal, que había rebasado ya los sesenta años. Le fascinaban las mujeres jóvenes, muy jóvenes, y aborrecía a las mujeres muy viejas. No las soportaba ni un minuto a su lado, salvo como compañeras de profesión o de reparto.
Luis tenía mucho éxito con toda clase de mujeres, de todos colores y edades, y sin embargo las rechazaba a todas. Luis odiaba la posibilidad de tener un compromiso amoroso que lo atará indefectiblemente.
Él decía ser un hombre libre para hacer y deshacer todo a su antojo.
Hace muchos años
Luis encontró la fórmula ideal para él y su vida solitaria. Casualmente dio con una prestigiosa agencia de escorts, esas empresas se especializan en ofrecer mujeres acompañantes para hombres de negocios, y cobran por hora sus servicios, y puede incluir sexo, con otra tarifa.
Estas chicas cortesanas modernas son mujeres jóvenes y hermosas. Y forman parte de un catálogo con sus fotografías de sus rostros y de sus cuerpos.
A Luis le fascinó una linda mujer muy joven entonces, la tal Jennifer. Nunca supo si era su verdadero nombre o no. Tampoco le importaba tanto conocer su verdadera identidad.
Luis contrataba sus servicios de la guapa chica, y ella llegaba al departamento de él, en la Condesa, y pasaban el día juntos; cocinaban, conversaban y hacían él amor.
Luis revisaba semanalmente el catálogo digital de la empresa de escorts, y veía caras y cuerpos nuevos, pero no le parecía ninguna tan atractiva y genial como Jennifer.
Luis, pese a que rehuía todo compromiso emocional y el sentirse amarrado, sin embargo estableció con Jennifer por muchos años una relación afectiva. Se veían dos veces al mes en el condominio de él.
Jennifer fue su relación oculta, pues jamás salieron a la luz pública juntos, siempre encerrados en su departamento.
Una década de Dama de Compañía
Jennifer, en los 10 años que fue la dama de compañía de Luis, se encariñó con él y le confió su verdadera situación de vida.
Jennifer era en realidad Guadalupe García, estaba casada y tenía dos hijos pequeñísimos; y su joven marido estaba al tanto de la profesión de su amada esposa y madre de sus hijitos, y la apoyaba con el cuidado de los críos.
Luis, Jennifer-Guadalupe y el marido de ella, hacían un triangulo perfecto, equilátero.
El día en que Luis murió a causa de un derrame cerebral, Jennifer fue la única persona que estuvo con él, y tomada de su mano, lo vio partir hacia el otro mundo.
