abril 17, 2026

“Mantener a los rusos fuera, a los estadounidenses dentro y a los alemanes abajo”

“Mantener a los rusos fuera, a los estadounidenses dentro y a los alemanes abajo”

2022, el año de transición de época

Lorenzo Carrasco*

El año que acaba de terminar, 2022, fue uno singular, que comenzó en febrero y no terminó en diciembre. La razón es plausible a causa de los acontecimientos del 4 al 24 de febrero. El primero fue de hecho el acta de nacimiento del mundo multipolar, firmada en Pequín por los presidentes de Rusia y de China, Vladímir Putin y Yi Jinping en la inauguración de los Juegos olímpicos de invierno.

El segundo, el inicio de las operaciones militares rusas en Ucrania, que constituyó el momento definitivo del derrumbe del mundo unipolar establecido por Estados Unidos en el periodo de la post Guerra fría.

Pero este proceso no acabó de golpe, ni el mundo multipolar ha terminado de nacer. Es una característica de un cambio de época, en la que la tenue frontera entre un mundo que se resiste a perecer y el nuevo que comienza frágilmente a aparecer -es decir, una intermediaridad.

Es evidente que ese cambio de época es una opción abierta

Que supera la progresión cronológica del año que terminó. El tiempo que los griegos llamaban Kairós, aquel en el que acontecen los sucesos más grandes y significativos que habrán de abarcar los grandes cambios de la Historia. Pero no es lineal; no es inexorable que la humanidad salga incólume de esa crisis y no se pueden dejar de temer los peligros que pueden llevar a una confrontación mundial con el riego de un conflicto nuclear.

Cuando la excanciller Angela Merkel declaró que los Acuerdos de Minsk no fueron más que una estratagema diplomática para engañar a Rusia y ganar tiempo para que Ucrania se armase y se preparase para un conflicto mortal con Moscú, a lo cual se unió con todo cinismo la voz del expresidente francés François Holande toda y cualquier capacidad de negociación de Occidente, se vino abajo.

La credibilidad diplomática euroatlántica, ahora nula, impone la conclusión de que el conflicto de Ucrania se decidirá con toda probabilidad en el campo de batalla. El último intento negociador fue tanteado por el exsecretario de Estado estadounidense Henry Kissinger, cuando propuso que Ucrania aceptase la pérdida de los territorios anexados por Rusia, la que a cambio tendría que aceptar el ingreso de Ucrania a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), dentro de un nuevo esquema de seguridad europea, que reconozca la importancia estratégica de Rusia y la imposibilidad de mantener a Ucrania en una condición de neutralidad.

La propuesta no fue aceptada ni por Estados Unidos ni por Ucrania, y Rusia no se manifestó

La evidente motivación de Kissinger era la ilusión de conservar el mundo global liberal con una estrategia diplomática de equilibrio de poder al estilo del Congreso de Viena de 1815, tema del que ha sido estudioso toda su vida.

Por todo esto, el conflicto no tiene para cuando acabar, en particular por la insistencia suicida del grupo oligárquico que controla al gobierno de Volodymyr Zelenski en Kiev, que delira con la posibilidad de derrotar a Rusia, con su retirada de los territorios ocupados, muy en especial de Crimea, y con la imposición de pesadas reparaciones de guerra.

Pero esas fantasías propias de mentes narcotizadas dependen total y absolutamente de la voluntad del gobierno de Washington de seguir financiando y abasteciendo de técnicas bélicas cada vez más sofisticados a las fuerzas de Kiev, mientras dure el inventario de carne de cañón ucraniano, cuyas bajas ya llegan a los centenares de miles. El hecho abrumadoramente claro es que Ucrania no tiene cómo imponerse a Rusia, que conviene recordar que es la potencia nuclear número uno del planeta.

Siendo así, es evidente que cualquier negociación de paz depende exclusivamente de la decisión estadounidense, dado que sus aliados europeos cuentan tan sólo para adornar las fotos de las reuniones cumbres de la OTAN y del G-7.

Europa tan sólo repite las líneas dictadas por Washington, con respingos aquí y allá, pero nada que cambie su vergonzosa actitud de sumisión y de cancelación de su soberanía a los pies de Washington. Los dirigentes europeos, con la honrosa excepción del Primer ministro húngaro, Viktor Orbán, apenas si se ocultan bajo la ilusión de inocencia, de ignorancia de que el conflicto de Ucrania fue provocado por la expansión de la OTAN sobre las fronteras de Rusia y por no escuchar las continuas advertencias de Moscú sobre sus consideraciones de seguridad.

Salta a los ojos que el objetivo de la OTAN, o, mejor dicho, de Estados Unidos, al promover el choque con Rusia es la continuación de la estrategia formulada por el primer secretario de la Alianza Atlántica, el británico Lord Ismay:

Mantener a los rusos fuera, a los estadounidenses dentro y a los alemanes abajo.

Las extremas sanciones decretadas contra la economía rusa

Cumplen fielmente el dictado de Ismay, manteniendo más que nunca a Estados Unidos dentro, a Alemania y al resto de Europa abajo.

La escalada de los precios de la electricidad y del gas, agravada por el sabotaje de los gasoductos Nord Stream 1 y 2 -calificada por el octogenario político alemán Oskar Lafontaine de acto de guerra contra su país- está hundiendo a Alemania y al resto de Europa en una espiral de desindustrialización, al mismo tiempo que las compañías de energía de Estados Unidos obtienen niveles estratosféricos de ganancias con la venta de gas natural licuado a Europa a precios cuadruplicados respecto a los practicados en el mercado interno.

La persistencia de ese cuadro tiende a hacer todavía más frágil la estabilidad política de los actuales gobernantes europeos, en especial el Presidente francés, Emmanuel Macron y el Canciller alemán, Olaf Scholz, ambos con crecientes dificultades de supervivencia política.

Al mismo tiempo, el bloque occidental está convergiendo en la transformación del G-7 en un G-12 con la inclusión de Corea del Sur, Australia y Nueva Zelandia e instituciones similares a la OTAN y la Comunidad Europea, así lo describió en un artículo reciente Anton La Guardia, jefe de la sección diplomática de la revista The Economist.

De la misma forma, alimenta la ilusión de que la humillación militar de Rusia en Ucrania podría provocar la separación de India de la alianza euroasiática que se centra en el eje China-Rusia, con su consecuente aproximación a Estados Unidos y a sus aliados en el océano Pacífico, donde aumentan las tensiones militares entre Estados Unidos y China en torno a Taiwán.

*Presidente del MSIA 

Foto: WikiImages

About The Author

Maestra en Periodismo y Comunicación; directora de noticias, editora, jefa de información, articulista, reportera-investigadora, conductora y RP. Copywriter de dos libros sobre situación política, económica y narcotráfico de México; uno más artesanal de Literatura. Diversos reconocimientos, entre ellos la Medalla de plata por 50 Aniversario de Radio UNAM y Premio Nacional de Periodismo, categoría Reportaje.

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