Ciudadanos pagamos impuestos de primer mundo, para recibir servicios en ruinas, mientras el gasto en branding rompe récords institucionales.
Ivette Sosa
El Ajolote no es el problema, ¡la “Ajolotización” sí!, porque es usada por el Gobierno de Ciudad de México, como una cortina de humo baladí 🦎.
Es muy fácil sentir ternura por un anfibio que sonríe, pero es imposible ignorar los graves problemas que existen en una ciudad, como la capital del país que, explícitamente, se cae a pedazos.
El problema no es el ajolote; el problema es la estética del descuido financiada con nuestros impuestos.
Mientras las autoridades capitalinas pintan la urbe con un morado institucional y llenan cada rincón de iconografía “tierna”, la realidad en las calles es de un color mucho más oscuro.
- Infraestructura en ruinas: Las escuelas públicas operan con techos que se caen y baños sin agua, mientras los recursos fluyen hacia campañas de imagen.
- La ciudad del bache y el lodo: Cada lluvia no es solo un fenómeno natural, es el recordatorio de que la red de drenaje es obsoleta. Nos inundamos porque la inversión se queda en la superficie, en la pintura, no en las entrañas de la urbe.
- La inseguridad no se maquilla: Los feminicidios y la violencia en las calles no se detienen con logotipos nuevos. La seguridad requiere presupuesto real para inteligencia y justicia, no para branding.
- Movilidad de riesgo: El Metro y el transporte público son el ejemplo más doloroso de cómo la falta de mantenimiento estructural cobra vidas, mientras el gasto en marketing no deja de crecer.
La sangría del gasto presupuestal: Millones al diseño, migajas a lo urgente
Por cada peso invertido en cambiar la cromática institucional de los edificios, los paraderos y el mobiliario urbano al “morado de régimen”, se restan recursos directos a la compra de refacciones, a la sustitución de tuberías obsoletas y a la capacitación policial.
Se trata de un modelo fiscal que prioriza el impacto mediático inmediato por encima de la amortización de la deuda social y el desarrollo de infraestructura básica. Es la consolidación de un presupuesto de aparador: Millonario para el exterior, raquítico para las operaciones críticas del día a día.
La agenda de lo urgente vs. la agenda de lo visual
La “ajolotización” de la Ciudad de México es una estrategia de distracción no siempre efectiva. Es una política de maquillaje que busca que miremos hacia la pecera, mientras el entorno se asfixia, se ahoga, se desmorona.
Priorizar la identidad gráfica y las obras de relumbrón por encima de la infraestructura básica es, en el mejor de los casos, negligencia; y en el peor, una falta de respeto a los ciudadanos que pagan por servicios que no reciben.
Si bien el ajolote es un símbolo de vida, su administración se está convirtiendo en un símbolo de omisión.
Menos morado en las paredes y más concreto en los baches. Menos campañas de diseño y más presupuesto para que las mujeres caminemos seguras, junto a nuestras familias. La ciudad no necesita un logo nuevo; necesita que verdaderamente la gobiernen.
