Bolivar Hernandez*
Esta es la historia de una jovencita que un día se apareció en mi café de la Condesa, en el Toscano del Parque México, en donde solía reunirme con un grupo nutrido de amigos todas las mañanas.
Este grupo de camaradas era variable en su composición cotidiana, ya que a veces aparecían varios jóvenes, hombres y mujeres artistas plásticos, fotógrafas, escenógrafos, y actrices. Pero el núcleo duro éramos cuatro hombres mayores de 65 años todos.
Estos cuatro caballeros de cabezas plateadas no faltábamos nunca a nuestras citas matinales en el famoso café.
He dicho en repetidas ocasiones lo difícil y aburrido que ha sido para mi reunirme con hombres viejos a conversar. Las charlas son sobre política, deportes, farándula, porque ellos provienen del mundillo artístico y telenovelero. Son amigos de muchos años, y conozco sus trayectorias artísticas y sus penas diarias haciendo docenas de casting, para películas, series, telenovelas o anuncios publicitarios.
Mis amigos son talentosos y dinámicos, y viven bien y con ciertas comodidades, y poseen casas o departamentos propios en barrios caros y elegantes de la Ciudad de México.
Repito mis amigos solo hablan de asuntos externos a ellos, casi nunca se refieren a cosas que les suceden en su interior como: divorcios, mal de amores, hijos problemas, ex esposas extorsionadoras, amantes jóvenes, enfermedades crónicas, impotencia sexual, y mucho menos del colesterol o de hígados grasos, o taquicardias.
Estos asuntos personales sólo los pueden confiar en una conversación uno a uno, nunca en grupo. Como yo soy psicoanalista me requerían como oído atento para confiarme sus cuitas. ¡Claro, sin pagar mis honorarios profesionales!, al cabo que para eso están los buenos amigos terapeutas.
Las charlas de los hombres
Son, por lo general, sobre mujeres, conquistas, ligues, acostones, y todo contado con exageraciones y fantasías increíbles. Éramos viejos todos nosotros en mi mesa del café Toscano. Y mis contertulios expresaban que su afición eran las jovencitas de 30 años máximo.
Yo escuchaba esos deseos de mis amigos y no dejaban de sorprenderme, porque a sus edades solo pueden dar dinero o lástima a una chica treintañera.
En fin, ¡allá ellos y sus sueños guajiros!
Entremos en materia, ¡ya!
Una mañana estaba yo dibujando y tomando café, antes de que llegaran mis amigos. Siempre dibujo en un block especial las cosas que me gustan y veo en la calle, como son los rostros femeninos o masculinos, pocos; y edificios, autos, árboles, y hasta animales. Y una chica treintañera hacía lo mismo que yo, dibujaba rostros, en una mesa contigua a la mía.
No dije nada, solo la observaba atentamente, y vi que dibujaba muy bien. Trazos firmes y estéticos, era pintora, la chica.
Una semanas después volvió la chica pintora, traía una maletita, y otra maleta más grande. Y me llamó mucho la atención, porque pensé que se iba de viaje. Y resulta que no.
Me abordó y me dijo que me traía un regalo, un retrato que me hizo en aquella otra ocasión. Un gran retrato, ciertamente. La chica aplica bien la acuarela y el óleo. El retrato era al óleo.
La invité un café, y mis amigos aparecieron después y se lamían los bigotes.
Esto ocurrió al filo de las 10 de la mañana
Y la chica entabló conversaciones muy animadas con todos mis viejos amigos. Yo solía estar en ese café unas dos horas máximo y me retiraba a mi consultorio a atender pacientes, muy cerca del café.
Me fui al consultorio. Y volví por la tarde nuevamente al café, y ahí seguía la chica treintañera con mis viejos amigos, muy felices todos.
Después me confiaron mis amigos que la chica treintañera, habló por separado con cada uno de ellos, y les planteó la cuestión:
Me fascinan los hombres muy mayores y quiero irme a vivir con alguno de ustedes hoy mismo, por eso traigo lista mi maleta.
Uno de mis amigos le tomó la palabra a la chica al instante y se la llevó a su casa, muy ufano. Era aquel al que le fascinaban las chicas muy jovencitas.
Lo que comenzó como un juego divertido y sensual para mi amigo, luego se complicó demasiado porque ella se embarazó y no quiso abortar por razones morales.
Ahora mi amigo ya no acude a la mesa del café porque anda por el Parque México muy ocupado, empujando una carriola con un bello bebé en su interior, y en el hombro derecho le cuelga una enorme pañalera.
Su chica treintañera sigue pintando en casa muy contenta y realizada como mujer y como artista. Gracias a la generosidad y filantropía de mi amigo.
Mi amigo ganó prestigio entre nosotros como galán y conquistador, se llevó el trofeo que todos deseaban en algún momento.
Pero perdió la confianza, el aprecio y el cariño de su ex mujer, sus cuatro hijos y sus siete nietos ya mayorcitos.
Mi amigo ganó una hija, y ella a un padre amoroso.
La vida es un rosario de pérdidas y muy pocas ganancias, le dijo mi amigo el más viejo de todos al nuevo papá.
*La vaca filósofa.
