La persistencia del régimen encabezado por Nicolás Maduro de mantenerse en el poder a capa y espada, a pesar de haber sufrido una aplastante derrota electoral, el pasado 28 de julio, ha llevando la situación a un callejón sin salida en detrimento de las garantías individuales de los ciudadanos venezolanos opositores, que no pueden apelar a ninguna instancia de justicia interna por el copamiento institucional del régimen.
Lorenzo Carrasco*
La posición del gobierno mexicano del presidente Andrés Manuel López Obrador, que sufrió en carne propia un fraude electoral y exigió el reconteo “voto por voto, casilla por casilla!”, se ha escudado en los consagrados principios diplomáticos de la Doctrina Estrada: no intervención, resolución pacífica de los conflictos y autodeterminación. Y aunque la nación mexicana se ha ganado un merecido reconocimiento por ello, recientemente se han sentado riesgosos precedentes que la contradicen.
En el caso particular de Venezuela, debemos preguntarnos hasta dónde llega el límite que permita condenar un régimen que, claramente, se ha transformado en una tiranía represora cautiva de su propia lógica de poder. En este punto es deber recordar la histórica e inesperada respuesta del gobierno mexicano encabezado por el presidente José López Portillo, cuando decidió romper relaciones diplomáticas con el régimen agonizante de Anastasio Somoza de Nicaragua.
Esta decisión tomada el 20 de mayo de 1979, después de rechazar los planes intervencionistas de Omar Torrijos de Panamá y Carlos Andrés Pérez de Venezuela, fue la puntilla para el derrocamiento del régimen somocista el 17 de julio de 1979 y la emergencia del gobierno sandinista que perdura ya 45 años, y que hoy se desbarranca por la misma ladera del somozismo. En las palabras del presidente López Portillo en el libro Mi Tiempo:
… Desde el 17 de enero de 1979 pasado, el Secretario de Relaciones Exteriores de Panamá le llevó un recado de Omar Torrijos y Carlos Andrés Pérez, para que México encabezara un movimiento formal para derrocar a Somoza y que ellos estaban dando armas y apoyo a los sandinistas. Con toda consideración les dije que no íbamos a sacrificar un principio fundamental, el de no intervención…Que Somoza era el «Frankensteinito» de los E.U.A., que, si ahora ellos no sabían cómo sacarlo y sustituirlo, que lo hicieran ellos directamente.
“Yo tenía ya resuelta la ruptura de relaciones y buscaba la oportunidad más útil para hacerlo; la información personal, amplia y directa que me dio Carazo Odio, presidente de Costa Rica, sobre la situación en Nicaragua, fortaleció esa resolución. La represión genocida y sin destino de Somoza, abandonado por su socio norteamericano y sólo mantenido por sus sicarios, hacía estéril la lucha del pueblo. Además, de algún modo, tenía en mente el compromiso moral con un grupo conmovedor de jóvenes nicaragüenses que, de la Secundaria, se había ido a la guerrilla y aspiraba a formar un Gobierno de dignidad nacional, democrático y plural”.
La situación de Venezuela hoy, a pesar de los tintes antiimperialistas del régimen de Maduro
No dista mucho de la situación en que la dinastía Somoza mantenía en Nicaragua en aquel entonces. México rompió con el gobierno de Tachito Somoza, sin violentar la doctrina Estrada, aislándolo y obligando a su renuncia y permitiendo la emergencia de un movimiento de jóvenes que catalizo la conciencia nacional en aquel entonces.
Una firme posición en este sentido frente a Maduro y su camarilla, que ha rechazado presentar las actas de la elección presidencial, además de exigir garantías básicas para líderes y activistas de la oposición, elevaría la posición diplomática de México nuevamente a un liderazgo hemisférico, posición que Brasil perdió por el sambismo ideológico del presidente Luiz Inácio Lula da Silva.
Y de no menor importancia, tal posición de México le cerraría el paso a un remedo de Guerra Fría en Iberoamérica que, por su pasado histórico, debe ser una zona de paz, una verdadera contribución a la emergencia de un mundo multipolar no hegemónico.

