abril 18, 2026

Mi corazón está a la izquierda de mi pecho y ahí arde por ellos, los más jodidos

Mi corazón está a la izquierda de mi pecho y ahí arde por ellos, los más jodidos

Bolivar Hernandez*
Hace 57 años me estaba graduando como maestro de educación primaria, en la Escuela Normal Rural Pedro Molina, ubicada en el departamento de Chimaltenango, Guatemala.
Después de una formación magisterial estupenda e innovadora, estaban listos los jóvenes maestros para asumir la responsabilidad de educar a los niños del medio rural e indígena.
A mi generación de maestros rurales nos autorizaron plazas en escuelas en sitios remotos, inaccesibles, y en regiones de profunda pobreza y miseria, y no es redundante decirlo así.
En la Guatemala profunda y olvidada desde la Colonia española, el rezago educativo es ancestral. Los jóvenes de entonces, de mediados del siglo pasado, estaban dispuestos a dar la batalla por una educación liberadora, ya que éramos revolucionarios en materia educativa.
Nos ubicaron dispersos por todo el territorio nacional, generalmente en aldeas diminutas e incomunicadas. Por ejemplo, mi novia, el amor de mi vida de entonces, fue comisionada a una escuelita ubicada en la frontera con Honduras. Y de ahí no salió nunca.
Ella era originaria de una aldea llamada El Rodeo, en la frontera con México. Sitios opuestos, su trabajo y su pueblo natal. A mi me tocó una aldea diminuta llamada Chicazanga, en las faldas del Volcán de Acatenango, cerca de los volcanes de Agua y de Fuego.
Mi nombramiento fue de director y de maestro único, para atender a toda la población infantil que cursaba la educación primaria, en ese lugar.
Llegué en un burro hasta la aldea, y fui recibido cordialmente por una maestra anciana a punto de la jubilación. En cuanto yo llegué a la aldea, ella desapareció.
Me instalé en una de las dos aulas de la escuela, y convertí ese espacio en mi nuevo hogar: Ahí puse mi dormitorio, sala, comedor y cocina. Al día siguiente era un lunes, y había que iniciar labores con los alumnos. Eran 25 niños y niñas, y cursaban primero, segundo y tercero de primaria.
Empecé a impartir las clases en un aula con piso de tierra y techo de lámina, con unos pocos pupitres, escasos, y algunos niños traían de sus casas un banco o una silla.
La primera semana observé que los pequeños se quedaron dormidos durante la clase
Niños desnutridos, famélicos, diminutos. Me preocupé por ellos, por su salud y alimentación, e hice gestiones ante la embajada de los Estados Unidos para que donaran alimentos para ellos. Me regalaron varios costales de avena precocida y también muchos botes de leche en polvo.
Comer, era esencial para que aprendieran a leer y escribir. Con la panza vacía estaba seguro que no lograría mi misión educativa. Preparé una semana entera con grandes ollas de avena pre cocidas y leche en polvo caliente.
Foto: marcoreyes
Los niños comían con ansias sus alimentos que yo preparaba, y de pronto la semana siguiente no asistieron a la escuela los niños y niñas. Fui al pueblo a preguntar a sus padres el motivo de esa ausencia masiva de los estudiantes a la escuela.
La respuesta fue insólita, todos los pequeños tuvieron diarrea porque no digerían la leche, la lactosa, eran intolerantes. Investigué con los médicos de otros pueblos más grandes y me dijeron que era un asunto genético de los grupos indígenas de América.
Trabajé como mejor pude hacerlo. Un sacrificio inútil era para mi ver la miseria humana de esos aldeanos a mi cargo, porque no avanzaban casi nada en el aprendizaje; además era una educación bilingüe castellano-kaqchikel.
Yo aprendí ese idioma maya en la escuela normal. Al término del ciclo escolar, que entonces era de enero a octubre, decidí renunciar a tan noble tarea. Y emprender la aventura de salir a estudiar al extranjero una carrera como era la antropología, la etnología.
Mi idea era prepararme en el extranjero
Y volver a Guatemala con mejores herramientas teóricas y prácticas, y que fuera más científica mi labor. Eso fue hace 58 años y nunca volví ni a Guatemala, Y a Chicazanga, menos. Pero la deuda moral de poder contribuir al desarrollo socioeconómico de los pueblos indígenas de Guatemala sigue vigente.
Es un compromiso que hice ante mi padre antes de morir, él era un patriota guatemalteco connotado. Y me pidió continuar con su labor de transformación del país, en forma pacífica.
Paradójicamente, he trabajado más por los pueblos indígenas mexicanos y por los pueblos campesinos también. El compromiso mío es con los desheredados de la tierra, con los de abajo. Y no importa donde sea, yo he de cumplir con mi vocación de servicio a los más desvalidos del mundo.
Mi corazón está a la izquierda de mi pecho y ahí arde por ellos, los más jodidos.
*La vaca filosofa.
Fotos: Cparks /marcoreyes 

About The Author

Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

Related posts