Bolivar Hernandez*
De las pocas cosas que me avergüenzan todavía al recordar, fue mi militancia en el PRI. Ni siquiera cuando trabajé como analista social en la oficina de la Presidencia, en tiempos de Luis Echeverría, 1970-1976, me obligaron a afiliarme al partido oficial. Pero sí, bajo la presidencia de Miguel de la Madrid, 1982-1988, cuando yo era funcionario federal de primer nivel en la Secretaría de Programación y Presupuesto (SPP).
Un día cualquiera de pronto, sin aviso previo, se presentaron en mi oficina, varios funcionarios del PRI y de la SPP, para afiliar a todos los funcionarios con mandos medios o superiores.
Desde jefes de departamento hasta subsecretarios, nadie se podía escapar; era una orden presidencial.
Alegué que yo era militante de un partido de izquierda y que por tal razón, no podía afiliarse al PRI. No valieron mis argumentos contundentes esgrimidos ante esa comisión de afiliación forzada.
A los pocos días aparecieron en mi oficina un par de bellas y jóvenes edecanes, para hacerme entrega de la credencial de militante activo del PRI.
No supe qué decir
El mes siguiente de este acto solemne de entrega de la credencial del partido oficial, me percato que el recibo de mi sueldo traía un nuevo concepto de deducciones, que era mi aporte económico al PRI. ¡No era mucho!, pero me dolió bastante es acto injusto cometido contra mi persona y dignidad.
La afiliación al partido oficial de manera obligada lo entendí como el pago por un derecho de piso, para poder estar en el servicio público en un puesto relevante.
Aclaro de inmediato que a mi nadie me sirvió de palanca para ingresar a la administración federal, yo entré por méritos propios, pues era un académico proveniente de las ciencias sociales, con deseos de contribuir al desarrollo rural mexicano. Antes de ser funcionario, fui investigado en la universidad por personal del gobierno.
No tenía nada que esconder, ni siquiera mi militancia en un partido de izquierda.
En los años que estuve como servidor público, ya como militante del PRI
Tuve que lidiar con el Comité de Damas de la Presidencia, cuya labor principal era colectar fondos económicos para la no tan Benemérita Cruz Roja.
Cada mes de mayo, circulaban por todas las oficinas del gobierno federal, un nutrido grupo de señoras encopetadas y vestidas con el uniforme de la Cruz Roja, con alcancías entre sus delicadas manos, para recolectar los dineros de todos los empleados. A los mandos superiores ya nos habían hecho el descuento obligado en nuestro recibo mensual.
El secretario de Programación y Presupuesto en esa época era Carlos Salinas de Gortari. Y la señora, su esposa, era entonces doña Cecilia Occelli de Salinas de Gortari. Y tenía ella un activo programa de actividades sociales que requería de la participación de las esposas de todos los funcionarios con puestos importantes.
Organizaba la primera dama varios festivales y kermés donde asistían las familias de los trabajadores de la SPP. Y organizaban rifas, y les obsequiaban la comida y muchísimos regalos baratos.
Los niños ya dormidos, y conversé con mi pareja de entonces y le dije que la esposa del licenciado Carlos Salinas de Gortari, doña Cecilia, deseaba que las cónyuges de todos los funcionarios la apoyaran en su programa de actividades sociales, y que participaran físicamente en todas sus actividades y que cocinaran platillos y también que hicieran gelatinas a granel.
Mi esposa me escuchó pacientemente, y acto seguido me dijo:
Dile a la señora Cecilia Occelli que soy una mujer que trabaja y no voy a perder mi tiempo ni mi dinero en asuntos que no me competen en lo absoluto. Dile que digo yo que no.
En ese instante vi cómo se derrumbaba mi futuro político. Mi esposa me arruinó mi carrera prometedora en la política de altos vuelos.
Visto a la distancia este hecho histórico personal fue algo que le agradeceré muchísimo a mi ex mujer. ¡De la que me libró…!
Del personal de entonces de la SPP muchos directores generales fueron después gobernadores de sus estados, y de ahí salió también Luis Donaldo Colosio como futuro candidato a la presidencia por el PRI.
Sí había en realidad mucho juego político en esa dependencia federal. Yo estuve ahí, en el lugar adecuado y en el momento correcto, pero mi ex mujer arruinó mi futuro prometedor… ¡No quiso hacer gelatinas, ni quesadillas para la distinguida señora doña Cecilia Occelli!
