Bolivar Hernandez*
Mi relación con los odontólogos ha sido azaroso toda mi vida. Puedo decir con toda seguridad que los dentistas son inefables, indescriptibles.
Cuando era un niño y vivía en la Ciudad de Guatemala, tuve que ir a ver al dentista. Las picaduras de muelas eran frecuentes en los pequeños en general, pese a que yo, desde entonces, detesto los dulces y los postres.
Sin embargo, tuve un largo tratamiento de dientes para eliminar las caries en los dientes definitivos. Y tapar las muelas con una aleación metálica.
Ese dentista que me atendió en 1953
Se llamaba Jorge Rosales, y era amigo de mi padre. Tenía su consultorio cerca de mi casa paterna. Recuerdo que siempre he sido un ser independiente y nunca me he acompañado de mis padres para ir al médico o a resolver asuntos escolares desde la primaria .
El doctor Rosales en esa época era un hombre joven como mi padre, de unos 40 años. Era bajito de estatura, blanco, pelo lacio, y extremadamente velludo; tenía los brazos y el pecho con demasiado cabellos.
Las dos cuadras de distancia de mi casa al consultorio de Rosales, las recorría con ansiedad al pensar el suplicio o la tortura que infringen los dentistas en los seres humanos.
He recibido en la vida una cantidad extraordinaria de dosis de anestesia, tanto en la boca como en otros sitios de mi cuerpo. Porque resulta que no me hace ningún efecto una dosis baja, así que vienen de inmediato los refuerzos de ese líquido adormecedor.
Mientras duró el tratamiento con el doctor Rosales, no hubo sesión en la que no lo insultara con dureza a mis escasos 8 años, pues yo tenía un vocabulario florido.
A mis quince años
Mi padre dispuso que yo era demasiado trompudo y que tenía dientes de conejo. Y había que corregir esos defectos de inmediato.
No existía el concepto aún de ortodoncia como ahora, y no había brackets para enderezar la dentadura.
Así que el doctor Aguirre dispuso hacerme una cirugía menor, y enseguida me destrozó la encía superior a golpes de cincel y martillo, y yo con la sensación de dolor y horror por ese tratamiento.
Odié intensamente a ese dentista salvaje, y mi padre por supuesto que quedó muy satisfecho con su obra de arte.
Muchos años después, viviendo en la Ciudad de México, ya divorciado, empecé a tener problemas con las muelas del juicio. Y eso ameritó nuevas cirugías porque tengo las raíces dentales muy largas y profundas, y por eso hay necesidad de operar con anestesia general, para extraerlas.
Ese odontólogo era el esposo de una buena amiga, y me trataban ambos muy amables y afectuosamente. El consultorio del doctor Paco León, estaba a espaldas de mi departamentito de Bajío y Tehuantepec, en la colonia Roma Sur. E iba con regularidad a consulta y tratamiento con ese dentista amigo.
Paco, el dentista en cuestión, me abría la boca y me anestesiaba de inmediato, luego se ponía a platicar conmigo, y quería respuestas a sus interrogantes y yo con la boca abierta, y salivando profusamente.
Las preguntas de Paco
Eran la prueba evidente de su gran ignorancia, ignorancia inmensa, no tenía lagunas en su educación, sino auténticos océanos.
Sus preguntas:
Verdad Boli, que ¿Guatemala colinda con Brasil? Verdad Boli, que ¿ustedes ya no aguantan al dictador de Somoza? La gente de Guatemala, ¿verdad que usa taparrabos, y arcos y flechas?
Nuca supe si reír o llorar con la boca abierta.
En la edad adulta
La última vez que consulté a un dentista fue en los años 90 del siglo pasado. Y tuve un tratamiento largo con él, a sugerencia de mi esposa de entonces, quien era una buena amiga de él.
Este dentista era todo un personaje de la vida real, brillante profesional, muy culto, un erudito, que daba mucho gusto charlar con él.
Este personaje tenía su consultorio en Las Lomas de Chapultepec, una zona de gente muy rica. Y su clientela era muy acomodada, económicamente hablando.
Yo iba desde la Condesa, ese barrio bohemio de la Ciudad de México, hasta aquella zona de gran plusvalía.
El consultorio del doctor Diego Genovés era atendido por tres médicos y cirujanos dentistas, con la más moderna tecnología. Diego era el dueño y patrón de los otros dentistas.
Diego era hijo único de un gran antropólogo llamado Santiago Genovés.
Este antropólogo mexicano propuso y llevó a cabo un viaje de estudios sobre el comportamiento humano en condiciones especiales, en 1973.
El proyecto se denominó Acalli, que significa en náhuatl: Casa de agua; y se lanzó a la aventura de atravesar el océano Atlántico en una nave construida ex profeso para esta investigación.
Salieron del puerto de Las Palmas, España, haga llegar a Cozumel, México.
En esta travesía trasatlántica de 101 días, con 11 personas a bordo, fue un éxito por los resultados de la investigación sobre la conducta humana.
Este fue el tema interesante de mis conversación con el dentista Diego Genovés durante todo el tratamiento que duró un año. Con él, sí iba entusiasmado a mis consultas dentales.
A diferencia del viaje de Santiago Genovés que deseaba estudiar y explicar las conductas de hombres y mujeres sometidos a una experiencia inédita, el otro viaje histórico fue el del Kon Tiki, nombre del dios solar de los incas, a cargo del explorador noruego Thor Heyerdahl, en 1947, quien atravesó el Océano Pacífico, desde Perú hasta La Polinesia, para demostrar que hubo contactos marítimos entre ambos continentes desde la más remota antigüedad.
Los dentistas siempre me han dejado con la boca abierta, pero no por sus conocimientos o cultura general, salvo el caso particular y único de mi dentista querido Diego Genovés.
Huyo despavorido de dentistas y de médicos, ya que prefiero hacer medicina preventiva que curativa.
Con el cáncer aquel que he contado antes en otros sitios, vi una cantidad enorme de médicos de variadas especialidades. Me saturaron y me colmaron la paciencia hasta la saciedad.
Mi estilo de vida actual me mantiene alejado de la medicina alopática y de sus practicantes de bata blanca. Me cuido en extremo.
