Bolivar Hernandez*
El amor a primera vista surgió cuando cumplí 9 años, en 1953, y mi padre me regaló una bicicleta. Vivíamos en ese entonces en una casa grande con un gran patio interior, ubicada en el centro histórico de la ciudad de Guatemala, 12 calle entre 4a y 5a avenida de la zona 1.
Ahí aprendí a montar en bicicleta auxiliado por mi padre; yo era torpe, lo reconozco, a diferencia de mi hermano menor. Mi padre era impaciente, sin embargo se afanó en que yo aprendiera a andar en bici. Y pude dominar el hecho de estar en equilibrio y avanzar con fluidez.
Mi padre usaba su bicicleta, pero ignoro sus recorridos de ese entonces, supongo que iba de casa al trabajo, en una ciudad muy pequeña como era la Ciudad de Guatemala, en los años 50.
El día que mi padre decidió cambiar la bicicleta por una moto checa, una Java, fue embestido por automóvil y le ocasionó una fractura de un brazo.
La pasión por la bicicleta se interrumpió por mi abrupta salida al exilio en 1954, y en México, sitio de nuestro destino de refugiados políticos, no hubo ocasión de tener una bicicleta nueva, había otras prioridades y nuevas necesidades impuestas por la sobrevivencia.
Durante el exilio de tres años no pude andar en bicicleta
Después de una amnistía para los exiliados y el consiguiente perdón del gobierno a los guatemaltecos huidos al extranjero, mi padre súbitamente nos obligó a retornar a su patria.
Mi madre era mexicana y yo también, y yo deseaba permanecer en mi país, y no pude convencer a mi padre de dejarme en el Distrito Federal y volví a Guatemala.
En el año 1959 nos mudamos a Quetzaltenango, la segunda ciudad en importancia demográfica del país, porque mi padre consiguió que la Universidad de San Carlos, le confiara unos proyectos académicos allá.
En aquella urbe estudié la secundaria en una escuela pública, en el INVO, y desde siempre fui educado por la educación pública, laica y gratuita. Hice muchas amistades en Xela, como se le dice cariñosamente a Quetzaltenango, y mis primeros amigos eran tres hermanos indígenas de oficio zapateros.
Y aparte de todo, amantes del ciclismo de carrera, de ruta. Poseían unas buenas bicicletas de carrera, esas de llantas muy delgadas y con manubrios torcidos hacia abajo, como cuernos de toro.
Visitaba muy seguido a mis amigos zapateros, El Pino, El Mandy y El Memo, contemporáneos míos. Aunque solo El Pino estudiaba conmigo, ya que sus hermanos tenían que hacer zapatos.
Los fines de semana
Salíamos a la carretera a correr en sus bicicletas, a mí me prestaban una, y en ella recorría distancias cortas, unos 20 o 30 kilómetros. Íbamos en grupo a una población llamada San Juan Ostuncalco, a unos 20 kilómetros de Xela.
Como la carretera era pendiente y llena de curvas , el esfuerzo era supremo para mí, los músculos de las piernas me quemaban demasiado, pero no me rendía ante mis amigos, grandes ciclistas ellos. Termino la secundaria en el INVO y conseguí una beca para estudiar en la escuela normal rural en Chimaltenango, lejos del hogar paterno.
Ahí estuve internado tres años, y no pude tener una bicicleta conmigo porque estaba prohibido. Término la carrera magisterial y me voy a México como exiliado voluntario para estudiar en la universidad.
Tenía ya 20 años y con ansias de conocer el mundo y comérmelo a mordidas, y beberme los océanos.
Como estudiante pobre, no tenía ni un peso para mi subsistencia precaria, apenas sobrevivía. No podía darme el lujo de poseer una bicicleta. Me convertí en un caminante, un peatón con mucha energía, que gastaba las suelas de los zapatos con frecuencia.
Caminé mucho por toda la Ciudad de México, grandes distancias. La conocí como la palma de mi mano. Muchos años después, ya casado y con hijos, por fin pude comprar una bicicleta, yo tenía quizás 40 años. Y desde ahí no he dejado de montar bicicleta con intervalos obligatorios para parar, siempre por razones de salud.
Cuando vivía en la bella ciudad colonial de Querétaro, y fungía como director de la carrera de psicología en la universidad de Londres, me trasladaba de casa al trabajo en una bicicleta. Ello, para asombro de mis colegas directores de carrera, ellos poseían automóviles nuevos o viejos, pero nunca iban a usar una bicicleta. ¡Qué horror!
En esa época, como directivo de la universidad, yo tenía 60 años
Y gozaba de buena salud como siempre. Sin embargo, empiezo a sentirme mal y molesto, y veo a varios médicos. Su diagnóstico era contundente:
-Señor, usted tiene cáncer y le queda muy poco tiempo de vida.
Los dos años que luché contra el cáncer, me tuve que bajar de la bici, obligadamente, porque los médicos me lo impusieron. Ellos, con su infinita ignorancia, decían con firmeza que el ciclismo produce cáncer de próstata, pero sin mostrar ninguna evidencia científica de sus afirmaciones.
Cuando pude vencer el cáncer, ante el asombro de los oncólogos que me trataban, decidí ignorar los dichos de los galenos sobre el peligro de andar en bicicleta y me volví a trepar de nuevo en una linda bici.
Los últimos 20 años he estado practicando ciclismo urbano, tanto en la Ciudad de México como en la finca de Guatemala donde resido actualmente.
Todas las mañanas del mundo me despierto muy de madrugada e inicio el recorrido cotidiano de los 10 kilómetros obligatorios.
Colofón
He poseído varías bicicletas a lo largo de estos últimos 68 años que decidí dedicarme al ciclismo; he tenido pocos percances con la bici, y he salido indemne de todos los accidentes.
Inclusive cuando me embistió un trolebús en la Ciudad de México, en el Eje 6 Sur, por ahí cerca del Cine Manacar, volé por los aires, la bicicleta salió dañada y mi pantalón quedó como falda de hawaiana, hecha tiras. Ni un rasguño en mi cuerpo.
He sido fiel con mi primer amor, ese amor a primera vista, la bicicleta. Bicicletas memorables son las últimas dos que he tenido: Soledad, en México, y Esperanza, en la finca Guatemala.
¡Hasta pronto, ciclistas atrevidos y aventureros!, y no olviden que el ciclismo es como la vida misma, mucho equilibro y siempre estar en movimiento y avanzar hacia adelante…
*La vaca filósofa.
