En el artículo anterior, esta autora analizó la de 2026 (MSC 2026) la cual —a excepción del discurso del ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, sobre la necesidad de fortalecer la multipolaridad y una ONU reformada— no logró esbozar una hoja de ruta sólida para un futuro pacífico que permita superar la guerra en Ucrania y poner fin a los horrores en Oriente Medio.
Elisabeth Hellenbroich, de Wiesbaden (Alemania)
Ahora, ante la guerra preventiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, se han desvanecido las fantasías sobre el “orden basado en normas” al que la Unión Europea (UE) tanto se aferra.
Por lo tanto, es imperativo examinar el Informe de Seguridad de Múnich de este año, titulado “Bajo destrucción”, y en particular su folleto complementario de finales de 2025. Este se centra en los discursos pronunciados en 2007 por el presidente ruso, Vladimir Putin, y la entonces canciller alemana, Angela Merkel. El verdadero dilema en aquel momento radicaba en que ninguna de las intervenciones suscitó un debate real; por el contrario, prevaleció una reacción de hostilidad e indiferencia hacia Putin.
La MSC 2007 marcó un punto de inflexión crucial: Las relaciones estratégicas de Rusia con Estados Unidos, Europa y, especialmente, Alemania, comenzaron a deteriorarse significativamente. Aquel escenario fue el preludio de la desastrosa guerra en Ucrania y de los conflictos que hoy observamos en Irán.
El detonante fue el discurso de Putin el 10 de febrero de 2007, en una conferencia presidida por el Dr. Horst Teltschik, antiguo asesor del canciller Helmut Kohl y artífice de la política que condujo a la caída del Muro de Berlín.
El folleto recopila ambos discursos. En el suyo, Angela Merkel expuso su visión de una alianza estratégica con el Kremlin, afirmando:
La asociación con Rusia es de particular importancia […] Estoy convencida de que la Unión Europea (UE), la OTAN y Rusia influirán decisivamente en la estabilidad del espacio común de seguridad.
Asimismo, destacó la colaboración rusa en Oriente Medio, Irán y los Balcanes, concluyendo que “junto con Rusia, podemos avanzar y lograr más”. Finalmente, hizo hincapié en la importancia de las Naciones Unidas como fuente de legitimidad global, aunque lamentó que su reforma avanzara con excesiva lentitud.
Discurso de Putin en Múnich (2007)
El presidente Vladimir Putin se dirigió con franqueza a la MSC el 10 de febrero de 2007, señalando, en primer lugar, graves “problemas de seguridad internacional”. Afirmó que “la seguridad internacional abarca mucho más que cuestiones relacionadas con la estabilidad militar y política; implica la estabilidad de la economía global, la superación de la pobreza, la seguridad económica y el fomento del diálogo entre civilizaciones”.
Criticó especialmente la visión unipolar propuesta tras el fin de la Guerra fría:
Es un mundo con un solo amo, un solo soberano. En última instancia, esto es pernicioso no solo para quienes forman parte del sistema, sino también para el propio soberano, porque se autodestruye desde dentro.
Según el mandatario, este enfoque demostró que “las acciones unilaterales, a menudo ilegítimas, no han resuelto ni un solo problema; por el contrario, han provocado nuevas tragedias humanas y creado nuevos focos de tensión”. Esta fue una referencia indirecta a las intervenciones militares de Estados Unidos, como la de Irak, basadas en premisas falsas.
Putin cuestionó específicamente el “modelo unilateral” liderado por Washington, calificándolo de un modelo defectuoso, argumentando que “en su base no existe ni puede existir un fundamento moral para las civilizaciones modernas”.
Sostuvo que Estados Unidos ha sobrepasado sus fronteras nacionales en todos los sentidos”, imponiendo sus políticas económicas, culturales y educativas a otras naciones. Según su visión, existe un desdén cada vez mayor por los principios básicos del derecho internacional, lo cual estimula una carrera armamentística.
Subrayó, además: “Estoy convencido de que hemos llegado a ese momento decisivo en el que debemos reflexionar seriamente sobre la arquitectura de la seguridad global”. Hizo referencia al ascenso de India y China, cuyos pesos económicos proyectó como superiores al de EE. UU., y destacó que el potencial de los países del BRICS (Brasil, Rusia, India y China) transformaría inevitablemente el crecimiento económico en influencia política, reforzando la multipolaridad.
Luego enfatizó que la Carta de las Naciones Unidas es el único mecanismo facultado para decidir sobre el uso de la fuerza militar como último recurso. Asimismo, señaló la importancia de conservar un marco jurídico internacional para asegurar la continuidad en la reducción de armas nucleares.
Finalmente, añadió que los planes de expandir sistemas de defensa antimisiles en Europa son motivo de preocupación: “Es obvio que la expansión de la OTAN no tiene relación alguna con la modernización de la Alianza ni con garantizar la seguridad en Europa. Por el contrario, representa una grave provocación que reduce el nivel de confianza mutua… ¿Contra quién se dirige esta expansión?”, preguntó. Concluyó subrayando que Rusia favorece el régimen de no proliferación y el desarrollo de tecnologías nucleares con fines pacíficos, pidiendo una mayor cooperación en el control de armamentos.
La infame Doctrina Wolfowitz
Desde la advertencia de Putin sobre las acciones unilaterales de EE. UU. hasta hoy día, existe una línea roja constante. Lo que Putin describió —sin profundizar en detalles en aquel entonces— fue el daño perpetrado por aquellas potencias que ejecutan acciones basadas en una doctrina que, tras el fin de la Guerra fría, se conoció con el nombre de la “Doctrina Wolfowitz”.
A principios de los 90´s, EE. UU. debatió cómo consolidar el control global de un siglo americano, tras la disolución de la Unión Soviética. Este pensamiento dio fundamento a la afirmación del presidente George H.W. Bush en enero de 1991, quien sostuvo que la coalición en la Guerra del Golfo estaba forjando un Nuevo Orden Mundial.
El documento fundacional de este orden fue la Guía de Planificación de la Defensa (DPG) de 1992, redactada por un equipo bajo la dirección de Paul Wolfowitz, entonces subsecretario de Defensa. Los princípios clave de este documento fueron:
- Impedir el surgimiento de rivales: El objetivo primordial era evitar que apareciera un nuevo competidor, ya sea en el territorio de la antigua Unión Soviética o en cualquier otra región, que supusiera una amenaza similar a la de la URSS. Esta premisa exigía impedir que cualquier potencia hostil dominara regiones cuyos recursos fueran suficientes para generar un poder global.
- Desalentar el liderazgo ajeno: El documento afirmaba explícitamente la necesidad de disuadir a otras naciones de desafiar el liderazgo estadounidense o de intentar subvertir el orden político y económico establecido. Incluso se buscaba evitar que los competidores potenciales aspiraran a un papel regional o global más relevante.
- Acceso a recursos: EE. UU. asumía la responsabilidad primordial de proteger sus intereses, destacando el acceso a materias primas vitales.
Esta doctrina resuena en las tensiones geopolíticas actuales, desde las sanciones y presiones sobre las reservas de petróleo de Venezuela, hasta la hostilidad estratégica hacia Irán y sus recursos energéticos.
Reacciones de expertos
Es fundamental analizar las reacciones al discurso de Putin por parte de destacados expertos en estrategia y política internacional. Citaremos a algunos: Robert Gates, Jaap de Hoop Scheffer (exsecretario general de la OTAN), Rose Gottemöller (exvicesecretaria general de la OTAN), el General Klaus Naumann (expresidente del Comité Militar de la OTAN) y Constanze Stelzenmüller (Brookings Institution).
Constanze Stelzenmüller: Describió la imagen de Putin de un “presidente pequeño y enfadado”. Subrayó que su “invocación de la multipolaridad” fue, en realidad, el anuncio de que Rusia se posicionaba como un nuevo polo en confrontación directa con Occidente.
Hoop Scheffer, exsecretario general de la OTAN: calificó el discurso en la Conferencia de Múnich de un momento histórico donde Putin expuso lo que él considera las “causas profundas” del conflicto. Según Scheffer, el mensaje real fue: “¡Quiero recuperar mi imperio!”. Para el experto, esta ambición es la que hoy intenta justificar la guerra de agresión contra Ucrania y el inicio de una narrativa revisionista que persiste hasta la actualidad.
Otros analistas señalaron que los responsables políticos alemanes habían caído en una estratagema del Kremlin para instrumentalizar la dependencia europea del gas ruso, posicionando a Alemania como una suerte de cabeza de puente de los intereses rusos en Europa.
La perspectiva militar y diplomática
La reacción del General Klaus Naumann es representativa del cambio de paradigma en Alemania. Naumann declaró que, tras la Carta de París en 1990, esperaba la consolidación de una zona de seguridad compartida “desde Vancouver hasta Vladivostok”. Sin embargo:
Observó que el tono conciliador que Putin mostró ante el Bundestag, en 2001, había desaparecido. En 2007, el tono era asertivo y acusatorio, culpando a EE. UU. de violar el derecho internacional y de ejercer un dominio unilateral.
Putin señaló como amenazas directas el despliegue de sistemas de defensa antimisiles en Polonia y Rumanía, a pesar de su escala reducida.
Evidentemente, la prensa internacional reaccionó al unísono alarmada. Medios a ejemplo del The Washington Post, The Economist, y los diarios alemanes Die Zeit y Süddeutsche Zeitung (SZ) coincidieron en calificar a Putin de un líder revisionista y el artífice de una nueva Guerra fría.
Prólogo del folleto de 2025
El prólogo del folleto escrito por el actual presidente del MSC, Wolfgang Ischinger (2025) causo un escándalo, ya que afirma esencialmente que Putin aprovechó la oportunidad para desafiar radicalmente el “momento unipolar celebrado por Estados Unidos desde principios de la década (…) y para esbozar una visión del mundo en la que algunos volverían a ser más iguales que otros. Empezó a perfilarse el esbozo de una agenda revisionista (!)”.
La consecuencia de esta visión del mundo se evidencia hoy en Ucrania. Según Ischinger, el histórico discurso de Putin en Múnich marcó un punto de inflexión en la política exterior rusa hacia Europa y Occidente, señalando un cambio de una aparente benevolencia a una creciente volatilidad. Antes de 2007, Rusia parecía generalmente imperturbable ante las quejas que Putin expresaría posteriormente en Múnich.
“La Carta de París de 1990, firmada por Rusia (entonces parte de la URSS), reconocía la libertad de los Estados para elegir sus propios acuerdos de seguridad. En su discurso de 2001 ante el Bundestag alemán, Putin no cuestionó que los Estados de Europa Central y Oriental ejercieran su libertad para unirse a la OTAN. En cambio, celebró la caída del Muro de Berlín como un momento en que las ideas de libertad reemplazaron a la ideología totalitaria estalinista”.
En una rueda de prensa un año después, al ser preguntado sobre su postura respecto a las relaciones entre Ucrania y la OTAN, Putin declaró estar “convencido de que Ucrania no rehuirá los procesos de ampliación de la interacción con la OTAN” y que “esta decisión debía ser tomada conjuntamente por la OTAN y Ucrania (…)”
El contraste con la indignación que expresó en su discurso de Múnich de 2007 es evidente. Y aquello fue solo el principio. Mediante la invasión de Georgia en 2008, la anexión de Crimea y el ataque al Donbás en 2014, y la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, Rusia subrayó su intención de restablecer lo que considera su esfera de influencia.
”Reconociendo la relevancia histórica de este discurso, el MSC ha publicado este volumen, que recoge las reacciones que provocó en su momento. Esperamos que esto fomente una mejor comprensión de las relaciones ruso-europeas y de la importancia de este discurso crucial”.
La larga sombra del MSC 2007
El Dr. Horst Teltschik, expresidente del MSC y moderador de la conferencia de 2007, recordó en el folleto que, tras el discurso de Putin, “ningún participante se atrevió a dirigirse a él, por ejemplo, para retomar la propuesta de la canciller Merkel de estrechar las relaciones entre la OTAN y Rusia”. Observó que “la reacción pública al discurso de Putin fue abrumadoramente negativa y mencionó que Joe Joffe, director de Die Zeit, “marcó la pauta”.
Según Teltschik: Joffe intentó provocar, preguntándole al presidente ruso si su discurso significaba que nos enfrentábamos a una nueva Guerra fría. Esta valoración, sin duda, marcó el debate posterior en la sala y se convirtió en titular de casi toda la prensa nacional e internacional. No se percibió ninguna voluntad de destacar y subrayar las declaraciones positivas del presidente ruso.
Teltschik señaló los cuatro conflictos que debían tenerse en cuenta para comprender el motivo de las críticas de Putin en Múnich: el sistema de defensa antimisiles que Estados Unidos quería instalar en Polonia y la República Checa; el Tratado sobre fuerzas convencionales en Europa (CFE) Adaptado (A-CFE); la cuestión de la adhesión de Georgia y Ucrania a la OTAN y la cuestión de la declaración de independencia de Kosovo, sin pasar por la ONU”. Año tras año, a partir de 2007, como documenta Teltschik, la espiral de desconfianza fue creciendo.
En conclusión de su excelente análisis, que refleja su profundo conocimiento de los temas de seguridad relevantes en discusión entre Rusia y Occidente, Teltschik escribe:
La historia que se cuenta aquí sobre el camino hacia la confrontación, sin embargo, apunta en una dirección diferente. Destaca una espiral de desconfianza mutua, en la que Moscú envió repetidamente señales de su voluntad fundamental de cooperar, mientras que Occidente, particularmente en los años clave 2007/08, mostró una voluntad insuficiente de llegar a un compromiso.
Según esta interpretación, a Rusia le preocupa sobre todo la seguridad y el mantenimiento de su estatus como centro de poder independiente. Moscú actúa con agresividad no para expandir su influencia, sino para evitar mayores pérdidas y desconfía cada vez más de las garantías de seguridad occidentales.
Si esta perspectiva es correcta, la política de confrontación que actualmente se favorece en Washington y entre los miembros orientales de la OTAN solo puede empeorar aún más las relaciones y, en última instancia, poner en peligro la paz. Por el contrario, Moscú respondería positivamente a una política renovada de distensión que recuerde a la Guerra fría: una política que combine la firmeza con la apertura.
*MSIA Informa
