Bolivar Hernandez*
Como lo he reseñado en otra parte, estudié antropología en México entre los años 1965 y 1968, luego me gradué como Etnólogo en los años 70, debido a un atraso por causa del movimiento estudiantil del 68. Esa generación a la que pertenezco es histórica. Y los sobrevivientes de ese grupo de antropólogos nos reunimos para festejar mi regreso a Guatemala.
Debo confesar que no me entusiasman demasiado los encuentros con viejos condiscípulos, ni con los de antes y tampoco con los actuales. Es más, los evito. Mis compañeros de la universidad se han reunido en varias ocasiones y yo me he excusado con ellos por no asistir.
En esta oportunidad yo no hubiera podido hacer lo que hago siempre: Excusarme por mi ausencia o ir, y luego huir, como hacen los franceses, salir sin despedirse de nadie. Ahora el motivo de esta reunión era yo, y ahí si no se vale huir con elegancia.
La convocatoria a este encuentro del recuerdo estudiantil tuvo mucho eco, llegaron 10 colegas. Tomando en cuenta que era lunes y varios de ellos todavía laboran en los centros de investigación en cuestiones antropológicas, y sí, asistieron con mucho ánimo y alegría.
La comida fue tradicional mexicana, varios moles, con arroz, nopales y agua de jamaica. Yo a muchos de mis compañeros los vi la última vez hace 50 años. A este festejo en mi honor, llegué temprano para recibir a todos los invitados. Y con júbilo genuino los abrace a todos.
Somos todos contemporáneos
Sin embargo, los estragos del tiempo a cada uno le ha producido efectos importantes en su salud o en su aspecto físico, obviamente. No es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después. En estos actos del recuerdo se cuentan infinitas anécdotas de la vida estudiantil y en esta vez, eso no fue la excepción.
Luego de dirigir unas breves palabras a los concurrentes, en un discurso improvisado, di las gracias a todos por haber asistido. Y luego vinieron los interrogatorios sobre nuestras vidas, después de tantos años.
Todos hablamos de hijos y nietos, bellos e inteligentes, y luego mostraron fotografías de sus amores filiales. Comimos muy rico y creo que todos son gourmet y aprecian su buen paladar.
Se sirvieron bebidas espirituosas, mezcal, y yo no tomé ni una gota de alcohol, pero no es políticamente correcto confesar que uno es abstemio.
Nos observamos mutuamente sin decir palabras
Yo más bien me dediqué a escuchar sus historias de vida. Y quise saber de los compañeros ya muertos, y lo pregunté y la respuesta fue: Son bastantes. Se hizo un recuento de las bajas.
Finalmente, nos abrazamos y prometimos volvernos a reunir en un futuro cercano. Pedí un Uber y me perdí en mis elucubraciones a medida que el auto avanzaba penosamente entre el intenso tráfico del sur de la CDMX, y al fin pude llegar al centro histórico donde vivo.
Me percaté con claridad que mis compañeros me aprecian mucho y que me recuerdan con cariño. Este fue mi regalo de hoy, intenso en recuerdos y emociones. Un compañero llevó a la reunión las fotografías que cada uno se tomó para el título. ¡Ahí estaba yo, muy joven, de unos 20 años!
*La Vaca Filósofa

