junio 03, 2026

Nunca ligué en la pista de hielo, sólo estaba concentrado en no sufrir una ridícula caída

Nunca ligué en la pista de hielo, sólo estaba concentrado en no sufrir una ridícula caída

Bolivar Hernandez*
Desde que llegué a Guatemala directamente a Cuilapa, el pueblo de mi padre, yo tenía 2 años. Mi temprana infancia transcurrió en ese pintoresco pueblo situado en la bocacosta, muy cerca del mar. El calor es sofocante casi todo el año, hay una temperatura ambiente de unos 30 grados centígrados.
Pues estoy seguro que ahí conocí el hielo en forma de helado con sabor artificial. En ese pueblo vendían granizadas o raspados, que consistían en un gran trozo de hielo sobre una carretilla de madera, y el heladero, con un instrumento metálico, raspaba el trozo de hielo y sacaba una espacie de granizo muy fino, al cual se le agregaba un jarabe dulce de varios colores, había rojo, verde y azul. ¡Pura pintura!
Recuerdo que tenía prohibido comer esos raspados por su falta de higiene, ya que la empresa fabricante, muy temprano repartía esos trozos enormes de hielo. Los dejaban sobre la banqueta en varias esquinas del pueblo, y luego los hombres que vendían raspados, recogían del suelo el trozo de hielo y lo montaban en su carretilla.
El hielo iba lleno de tierra y otras impurezas. Mi padre, que era un obsesivo con la higiene, nos prohibía consumir ese producto artesanal.
Una tía del pueblo
Hacía paletas heladas de leche con vainilla, con un palito, para no ensuciarse la mano. Con ella sí podíamos consumir sus productos helados.
En 1964, cuando emigré a México, a los 20 años, ahí conocí, ahora sí, el hielo a lo grande.
Llegué a estudiar Antropología a México, y la escuela, la ENAH, estaba situada en el recién inaugurado Museo Nacional de Antropología, en el bosque de Chapultepec.
Yo vivía a un escaso un kilómetro de mi escuela, vivía en la Colonia San Miguel Chapultepec, al sur del bosque. Todos los días lo atravesábamos rumbo a la escuela.
Mi amigo del alma y compañero de carrera era Alejandro (El Güero) Estrada. Un chico rubio, veinteañero como yo. Él, hijo de hondureño y yo, de un guatemalteco. Eso nos hermanó bastante.
Además, el Güero Estrada, que se apellida igual que yo, nada más que yo nunca he utilizado el Estrada, que es mi apellido materno, nos hacía sentir cierta hermandad o familiaridad.
Él era un chico muy guapo, blanco, ojos verdes, alto como yo, con un gran copete rubio. Atractivo el muchacho, pero muy tímido.
Foto: manfredrichter 
En la universidad
Nos sentíamos cohibidos con las compañeras, casi todas ellas eran niñas bien o fresas; eran recatadas y muy estudiosas todas ellas. Contrastaban esas niñas con los varones del grupo, que eran hombres más experimentos y muy corridos algunos. Excepto el Güero Estrada y yo.
Queríamos conocer chicas y ligar alguna novia por ahí. En el verano, grandes grupos de chicas estadunidenses acudían al museo y todos mis compañeros querían ligar con ellas, porque era la época de la liberación sexual, en los años 60. Todos ligaban, excepto el Güero Estrada y yo.
Un día, mi amigo consiguió, en unas vacaciones escolares, un trabajo de instructor en una pista de hielo. Era la gran ocasión de conocer y ligar a jovencitas quinceañeras. El Güero Estrada me invitó a ser instructor también.
La pista de hielo era muy concurrida por cientos de chicas y chicos, que deseaban divertirse patinando en hielo. Esa pista de hielo se llamaba Revolución, porque estaba en Avenida Revolución, por el rumbo de Mixcoac. Ahí conocí la nieve o el hielo.
Me calcé los patines para el hielo
Que es una bota alta con una cuchilla en la planta del zapato. Y me lancé a la aventura de patinar en hielo, siendo yo un ser tropical ajeno al hielo. Y aparte, enseñar a otros a patinar en hielo, era una osadía de mi parte.
Ganaba buen dinero que me hacía mucha falta porque era un estudiante pobre. Y además, conocí a muchas chiquillas bonitas. Nunca ligué nada en esa pista, estaba más concentrado en guardar el equilibrio y no caer ridículamente.
El Güero Estrada y yo llevábamos a dos chicas cada uno tomadas de nuestras manos dando vueltas y más vueltas. Tengo buen equilibrio, asunto que me lo ha dado el ciclismo, que practico desde los 10 años.
Nuestras vidas estudiantiles transcurrieron con mucha normalidad durante toda la universidad, fuimos jóvenes sanos, sin vicios ni excesos de ninguna clase. Obviamente, me refiero al Güero Estrada y a mi.
Las especialidades elegidas por mi amigo Alejandro y yo fueron diferentes. Él eligió Antropología Física y yo, Etnología. Ahí se bifurcaron nuestros destinos.
Él se fue al final de la carrera a radicar a San Andrés Tuxtla, en Veracruz, para dedicarse a estudiar a los monos aulladores de esa selva tropical en una estación de protección de la naturaleza y la fauna, que es en centro de investigaciones biológicas de la UNAM.
Yo me fui a radicar a Chiapas, para estudiar a los campesinos e indígenas de esas regiones.
Epílogo
Nunca mas en la vida, hasta el día de hoy, el Güero Estrada y yo, hemos tenido noticias uno del otro. Y eso que fuimos como hermanos por cinco años.
Quiero agradecerle, desde este espacio, el haberme dado la oportunidad de conocer el hielo. Nunca mas he vuelto a patinar en hielo en toda mi vida, pero cuando aprendí a esquiar en la nieve, en Chile, en 1990, me acordé de mi cuate, mi hermano querido, el Güero Estrada.
*La vaca filósofa.
Fotos: ferobanjo/manfredrichter

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