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Peligrosa desesperación en las esferas de la oligarquía globalista

Foto: ArmyAmber

Silvia Palacios

El papel de la Doctrina Social de la Iglesia en la construcción de un mundo multipolar, fue el título de una conferencia auspiciada por el Movimiento de Solidaridad Iberoamericana (MSIa), realizada el 22 de septiembre en la ciudad de Guadalajara, México. Los ponentes fueron, el Presbítero Carlos Lara, doctor en ciencias sociales por la Universidad Gregoriana de Roma y miembro del Consejo Justicia y Paz, y Lorenzo Carrasco, presidente del MSIa, el moderador y anfitrión fue el Presbítero Ernesto Sánchez, director de la Comisión de Pastoral Social de la Arquidiócesis de Guadalajara.

Monseñor Carlos Lara, hizo un amplio recorrido por el rico mundo que ofrece el cristianismo al hombre, recordando que todo lo creado por Dios está sujeto a la dignidad del hombre y que todos los derechos del hombre son parte de este principio. Por ejemplo, el derecho a la propiedad privada está sujeto al bien universal de los bienes creados por Dios.

Señaló que la Doctrina Social de la Iglesia no es un manual de lineamientos económicos, ni una tercera vía, sino un conjunto de enseñanzas cristianas que tiene que estar en función de la vida social de las naciones.

Ciertamente, tal y como se manifestó en el evento, el asunto a ser explorado es muy rico y no se agotará de momento, pero es ineludible. Estamos en una situación en la cual la Humanidad encara un cambio de época que converge a la construcción de un mundo multipolar; en procesos de índole diversa constatamos el surgimiento de nuevas ideas dirigidas hacia ese fin. En el conjunto de iniciativas tenemos, desde los planteamientos que surgen del grupo de países denominado BRICS, la Cumbre de África-Rusia celebrada en San Petersburgo, las certeras acciones de la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCX), el proyecto Cinturón y Ruta, hasta la modalidad de iniciar un comercio con monedas nacionales. Por otro lado, esos acontecimientos prometedores han producido una peligrosa desesperación en las esferas de la oligarquía globalista al comando del arbitrario orden mundial que se hunde.

En su exposición Lorenzo Carrasco, abrió la interrogante, ¿Tiene la Doctrina Social de la Iglesia un papel en la formación de un mundo multipolar? siendo desarrollada a la manera de un diálogo que correlaciona los acontecimientos ocurridos en los momentos claves de las últimas seis décadas, con lo que nos dice la Doctrina Social de la Iglesia, acerca de ellos.

La proximidad de un mundo multipolar

Cambio de época  fue vaticinado en 1965 en la Constitución “Gaudium et Spes” (Sobre la Iglesia en el Mundo Actual), emanada del Concilio Vaticano II, que dice que el mundo debería empeñar “todas nuestras fuerzas en preparar una época”, que evite todas las guerras,  instaurando  “una autoridad pública universal” que vele por la seguridad y el bien común universal dada la mutua interdependencia entre todos los pueblos de la tierra, sin ignorar a los que se encuentran en un “estado de miseria intolerable”.

En su llamado final a las autoridades, afirma “ajusten mejor el mundo a la superior dignidad del hombre, (hacia) una fraternidad universal más profundamente arraigada y, bajo el impulso del amor, con esfuerzo generoso y unido, respondan a las urgentes exigencias de nuestra época”.

Esta visión fue debidamente ratificada por lo menos en cuatro encíclicas que le siguieron: Paulo VI en plena Guerra fría, -cuando la extraordinaria diplomacia vaticana fue determinante para la realización de la conferencia internacional de jefes de Estado en Helsinki,(1975)- en  “Populorum Progressio” , nos dice que la “hora de la acción ha sonado ya”, la hora de acabar con toda forma de colonialismo,  de escuchar a las naciones del Tercer Mundo que desean oír su voz en un orden internacional diferente, un orden mundial solidario, basado en la justicia social y el desarrollo. Más tarde, en “Centecimus Annus”, Juan Pablo II analiza los extraordinarios acontecimiento del año 1989, con la caída del Muro de Berlín y consecuentemente el descredito de las teorías marxistas que terminaron confirmándose con la disolución de la Unión Soviética. 

En junio de 2009

Benedicto XVI presentó su encíclica “Caritas in Veritate” un refuerzo al espíritu de “Populorum Progressio”, tras la quiebra bancaria de 2008, reiterando la imperiosa necesidad de la autoridad mundial legitima para ordenar los desbarajustes del mundo que sufría el colapso bancario de 2008.
“Se siente mucho la urgencia de la reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones”. 

En esas seis décadas, hemos perdido claras ventajas para arribar a esa deseada nueva época. A la caída del muro de Berlín se esperaría la consolidación de un cambio de época universal con el fin de la Guerra fría. Todo fue frustrado por la ambición del poder hegemónico anglo-americano, que caminaba en sentido contrario, maniobrando para imponer una estructura abusiva de poder mundial sobre los escombros no únicamente de los estados cautivos de la ex URSS, sino de absolutamente todos; es decir, un sistema de soberanías limitadas maltusiano, dominado por la cúpula del poder financiero y militar global.

A partir de entonces, la versátil diplomacia de la estaca unimundista golpeo severamente a los estados nacionales obligándolos a ingresar de rodillas al sistema de globalización financiera, acatando la limitación de soberanía bajo diversos pretextos: protección del medio ambiente, y una sarta de dizque derechos humanos e indígenas; a esto lo denominaban las reglas del “orden democrático”, no obstante, todo sujeto a la supervisión militar de los EUA y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). 

Es nítido que la presente crisis mundial va mucho más allá de los aspectos económico-financieros, siendo estos el ámbito en el que se materializan las concepciones predominantes sobre el hombre y la naturaleza. Lo que en la modernidad se abrió paso fue una apertura sin medida por la búsqueda de riqueza, de poder, de placer, de lucro y dominación. Y en este contexto la promoción de la agenda identitaria (ideología LGBT+, ideología de género, aborto. etc.).

La ausencia palpable de un sentido de trascendencia ha significado para la economía una deformación de sus objetivos finales; los principios de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, en los que todo esfuerzo humano moral está dedicado a elevar la propia dignidad humana a fronteras superiores y sublimes. 

Y se ha abierto una nueva coyuntura en que naciones de gran relevancia mundial defiendan la construcción de un mundo multipolar, al que se suman un creciente número de ellas. No hay otro camino racional para la humanidad, sino de construir un orden orientado por el derecho natural cristiano. 

En este contexto

Resaltan por su actualidad, las palabras de Sergei Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores de la Federación Rusa, escritas en 2013, sobre los principios vacilares de una nueva versión de la Política Exterior, ilustrativos de lo que debe sustentar al naciente mundo multipolar:

Las evidencias del aumento del valor del factor de identidad de civilización en las condiciones modernas, la intensificación de la tendencia a la formación de algún tipo de bloques de civilización se está multiplicando. En esta situación, la elección es evidente: o bien se agravan las fricciones interculturales entre civilizaciones con perspectivas de que se conviertan en colisiones abiertas, o se profundiza un diálogo basado en el respeto mutuo y a la igualdadhacia la asociación de civilizaciones. Poco antes de su renuncia, Benedicto XVI dijo que hoy el logro de la paz a través del diálogo no es una de las opciones posibles, sino una necesidad sin opciones. Tal posición está en concordancia con los enfoques rusos.

Agregando:

Una base verdaderamente moral para las relaciones internacionales debe ser producto de un diálogo igualitario y basarse en un denominador espiritual y moral común que siempre ha existido en las principales religiones del mundo. El rechazo de los valores tradicionales cosechados durante milenios, la separación de las propias raíces culturales y espirituales, la absolutización de los derechos y libertades individuales es una receta para perder cualquier punto de referencia tanto en la política interior como en la exterior*. 

El desafío para las naciones occidentales es salir de un largo letargo subidas en el remolque del poder hegemónico. Ellas necesitan recuperar urgentemente el designio histórico, basado en sus raíces cristianas, hoy despreciadas por el secularismo radical. La ¡hora de la acción ha sonado ya!

MSIA Informa/*Artículo publicado en International Affairs de marzo de 2013.

Fotos: ArmyAmber/PublicDomainPictures

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