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Peter Thiel y la Perversidad de su Inteligencia Artificial

Cómo Palantir Technologies construyó el primer sistema de vigilancia, predicción y letalidad automatizada, que funde en una sola arquitectura privada, lo que ninguna tecnología  anterior había permitido unir.

Cuauhtémoc Valdiosera*

Olvídese de ExxonMobil. Olvídese de Lockheed. Olvídese de Facebook, Raytheon, Pfizer, BlackRock, de cada villano ante el que le han enseñado a señalar durante los últimos treinta años. Esas compañías son peligrosas de la forma en que lo es un arma cargada sobre una mesa: Inerte, hasta que alguien la levanta y, por lo general, alguien lo hace, y por lo general la gente muere, y después escribimos libros al respecto. Palantir es peligrosa en una categoría que esas empresas no ocupan. Palantir es la primera corporación privada en la historia que ha fusionado con éxito cuatro cosas que toda civilización registrada ha mantenido deliberadamente separadas, a un costo enorme:

La inteligencia de vigilancia masiva, el poder predictivo de la inteligencia artificial, la capacidad de fuerza letal, y la acumulación de capital especulativo sin rendición de cuentas democrática. Todo ello bajo el liderazgo filosófico —y la propiedad accionaria— de un solo hombre: Peter Andreas Thiel.

El hombre detrás del Dios de datos

Peter Thiel nació en Frankfurt en 1967, creció en el sur de California y se forjó intelectualmente en Stanford, donde estudió filosofía antes de obtener un título en Derecho. No es un ingeniero. Nunca escribió un compilador ni diseñó una arquitectura de red neuronal. Su genio, si es que esa palabra aplica en este contexto, es de otra naturaleza: es el genio del poder. Thiel comprende mejor que casi cualquier otra persona viva de qué se trata realmente la tecnología cuando se despoja de su retórica utópica: se trata de control, de ventaja asimétrica, de la capacidad de ver sin ser visto y de actuar antes de que el adversario pueda reaccionar.

Esa comprensión está codificada en la filosofía que atraviesa toda su obra pública, desde sus escritos en The Stanford Review —la publicación conservadora que cofundó en 1987— hasta su libro Zero to One (2014), donde formula su doctrina con una claridad que sus admiradores leen como sabiduría empresarial y sus críticos leen como un manual de dominación.

La competencia es para los perdedores, escribe Thiel. Lo que busca el verdadero capitalista no es competir en un mercado; es construir un monopolio. Y el mejor monopolio, el más duradero, el más difícil de desmantelar, no es el que fabrica un producto superior: es el que controla la infraestructura sobre la cual todos los demás deben operar.

La competencia es para los perdedore”. Thiel no buscó construir una empresa; buscó construir la infraestructura invisible sobre la que los Estados modernos dependerían para funcionar.

Esa infraestructura se llama Palantir Technologies. La empresa fue fundada en 2003, financiada en sus orígenes —según documentación pública ampliamente referenciada— con capital de la CIA a través de su brazo de inversión In-Q-Tel. Su nombre proviene de los palantíri, los cristales de visión de la obra de J.R.R. Tolkien: Piedras que permiten a quien las posee ver cualquier lugar del mundo. La elección no fue accidental ni irónica. Fue una declaración de propósito.

Gotham, Foundry, Apollo: La trinidad del control

Palantir opera —al menos en su infraestructura pública conocida— a través de tres plataformas principales. Gotham fue diseñada originalmente para el análisis de inteligencia militar y contraterrorismo. Es el sistema que durante años utilizaron organismos como la NSA, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, y servicios de inteligencia aliados para integrar datos de vigilancia masiva —comunicaciones interceptadas, registros financieros, patrones de movimiento, redes sociales— en gráficos relacionales que permiten identificar, rastrear y predecir el comportamiento de individuos o grupos.

Foundry, la plataforma corporativa, transportó esa misma lógica al sector privado: Aerolíneas, farmacéuticas, bancos, cadenas logísticas. La premisa es seductora en su simplicidad: toda organización genera datos, y quien pueda integrar y analizar esos datos mejor que nadie tomará mejores decisiones. Lo que Palantir vende no es software. Vende omnisciencia operacional dentro de un sistema cerrado que depende de sus propias actualizaciones, sus propios protocolos, sus propios ingenieros.

Apollo, sin embargo, es la plataforma que mantiene despiertos a los analistas más serios que siguen a la empresa. Descrita por la propia Palantir como una plataforma de “gestión de software en entornos desconectados, clasificados y operativamente críticos”, Apollo permite desplegar y actualizar software en teatros de operaciones militares, incluyendo zonas de combate donde no existe conectividad a internet. Es decir: permite que sistemas de inteligencia artificial tomen decisiones —o asistan en la toma de decisiones letales— en tiempo real, en el campo de batalla, sin intervención humana en el bucle operacional inmediato.

Apollo permite que sistemas de IA asistan en decisiones letales en tiempo real, en el campo de batalla. La IA ya no aconseja al comandante, el comandante trabaja dentro del entorno que la IA construyó.

El lenguaje corporativo lo llama “autonomía en la toma de decisiones”. Los ingenieros militares éticos lo llaman “eliminación progresiva del humano en el bucle”. La distinción no es semántica: cuando la velocidad del combate supera la capacidad cognitiva humana —como ocurre en la guerra electrónica, en la intercepción de drones o en el targeting de misiles hipersónicos— el sistema que procesa más rápido no “asiste” al comandante. El comandante trabaja dentro del entorno que el sistema construyó, con las opciones que el sistema calculó, en el tiempo que el sistema definió como aceptable.

Gaza como laboratorio: La IA que cuenta los muertos

En octubre de 2023, cuando el ejército israelí lanzó su ofensiva sobre Gaza tras los ataques de Hamas, múltiples investigaciones periodísticas —realizadas entre otros por +972 Magazine, The Guardian e investigadores de inteligencia de código abierto— documentaron el uso operacional de sistemas de IA para la identificación y priorización de objetivos militares.

El sistema conocido como Lavender, según estas investigaciones, habría generado listas de hasta cuarenta mil personas identificadas algorítmicamente como combatientes de Hamas o la Jihad Islámica Palestina, asignando a cada individuo una puntuación de probabilidad de afiliación.

Palantir no ha confirmado públicamente su participación operacional en ese teatro específico. Sin embargo, en mayo de 2024, el CEO de la compañía, Alex Karp, ofreció una conferencia de prensa en Tel Aviv —transmitida en parte a través de sus propios canales— en la que declaró sin ambigüedad que Palantir apoya activamente a Israel en su esfuerzo bélico, que la compañía considera que la IA debe estar presente en los campos de batalla modernos, y que quienes se oponen a ello desde posiciones pacifistas no comprenden la naturaleza del conflicto contemporáneo. Thiel, que figura en el directorio de la empresa y es su mayor accionista individual, no desmintió ninguna de esas afirmaciones.

Lo que convierte a este episodio en un caso de estudio filosófico —y no solo político— es la estructura moral del argumento. El sistema no mata. El sistema informa. El sistema calcula probabilidades. La decisión, se insiste, la toma un ser humano. Pero cuando ese ser humano debe procesar cientos de objetivos en minutos, cuando el protocolo operacional autoriza un “margen colateral” calculado algorítmicamente para cada objetivo, y cuando la interfaz de usuario está diseñada para optimizar la velocidad de aprobación, la distinción entre asistir y decidir se convierte en una ficción jurídica que preserva la forma de la responsabilidad moral mientras vacía su contenido.

Fuentes consultadas: +972 Magazine (2024), “Lavender: The AI machine directing Israel’s bombing spree”; The Guardian (2024), reportaje sobre sistemas autónomos en Gaza; declaraciones públicas de Alex Karp, CEO de Palantir, Tel Aviv, mayo de 2024.

La doctrina Thiel: ¿Por qué la democracia le parece un obstáculo?

Para entender a Palantir hay que entender la filosofía política de su fundador, que Thiel ha articulado con una franqueza que sus interlocutores con frecuencia malinterpretan como excentricidad o provocación. No es ninguna de las dos cosas. Es un sistema de creencias coherente, construido sobre décadas de lectura de Carl Schmitt, René Girard y Leo Strauss, y aplicado con disciplina estratégica.

En 2009, Thiel publicó un ensayo en la revista Cato Unbound titulado “The Education of a Libertarian”, en el que escribió una de las frases más citadas —y menos analizadas— de la filosofía tecno-política contemporánea: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. El contexto importa: Thiel argumentaba que la expansión del electorado —mujeres, minorías— había hecho imposible la política libertaria, porque los grupos que más dependían del Estado eran los que más votaban por él. La solución, sugería, no estaba en convencer a esos votantes, sino en eludir el proceso político mediante el capitalismo de tecnología avanzada: el ciberespacio, los contratos financieros exóticos, o —proféticamente— lo que llamó “el mar”, espacios fuera del alcance de los gobiernos nacionales.

Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles. La empresa que Thiel construyó es la materialización práctica de esa filosofía: Un sistema de poder que opera dentro de los estados democráticos pero que no les debe rendición de cuentas.

La empresa que Thiel construyó es la materialización práctica de esa filosofía. Palantir opera dentro de los estados democráticos —vende a sus gobiernos, trabaja con sus ejércitos, cotiza en sus bolsas de valores— pero no les debe rendición de cuentas en ningún sentido sustantivo. Sus contratos con el gobierno de los Estados Unidos están en gran medida clasificados. Sus algoritmos no son auditables por el público. Sus decisiones de a quién vender y a quién no vender no están sujetas a ningún proceso democrático. Y su accionista mayoritario es un hombre que ha declarado abiertamente que no cree en la democracia.

Eso no es una anomalía del capitalismo tecnológico. Es su expresión más desarrollada y más honesta.

El contrato con el ICE y la arquitectura de la deportación masiva

En enero de 2025, con la asunción de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, Palantir obtuvo una expansión significativa de sus contratos con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés). Su plataforma ImmigrationOS —denominación interna que trascendió a través de filtraciones documentadas— permite la integración de múltiples bases de datos gubernamentales para identificar, localizar y coordinar la detención de personas en situación migratoria irregular.

Lo que hace a este sistema cualitativamente diferente de los sistemas de registro migratorio anteriores no es la eficiencia. Es la capacidad predictiva. ImmigrationOS no solo registra dónde está alguien. Modela dónde estará, con qué probabilidad visitará determinadas ubicaciones, quiénes son sus contactos conocidos y cuál es su vulnerabilidad a operaciones de detención sin resistencia. Es el mismo paradigma de Gotham —desarrollado para cazar terroristas en Irak y Afganistán— aplicado a familias indocumentadas en Chicago, en Houston, en Los Ángeles.

Los defensores de la empresa dirán que la ley es la ley, que el gobierno tiene el derecho de hacer cumplir sus normas migratorias, y que Palantir simplemente provee herramientas. Ese argumento es técnicamente correcto y moralmente catastrófico por la misma razón que siempre lo es cuando se usa para separar la herramienta de su uso diseñado: una empresa que construye un sistema optimizado para la detención masiva de personas en función de su origen nacional, y que lo despliega bajo un gobierno que ha declarado abiertamente su voluntad de deportar millones, no es una empresa neutral. Es un participante activo con responsabilidad proporcional a su capacidad.

Referencias: Reuters (enero 2025), reportaje sobre expansión de contratos Palantir-ICE; documentación interna citada por The Intercept (2025); declaraciones del Secretario de Seguridad Nacional, enero 2025.

El modelo de negocio de la catástrofe

Existe una lógica financiera en todo esto que merece ser nombrada sin eufemismos. Palantir cotiza en la Bolsa de Nueva York desde septiembre de 2020. Su valoración de mercado ha fluctuado dramáticamente, pero el patrón de sus ganancias presenta una característica notable: crece en proporción directa a la intensidad del conflicto global. Cuando hay guerras, cuando hay crisis migratorias, cuando hay emergencias sanitarias —la empresa obtuvo contratos sustanciales durante la pandemia de COVID-19 para el rastreo de contactos y la gestión hospitalaria—, Palantir crece.

Esto no es una coincidencia de mercado. Es la consecuencia estructural de un modelo de negocio que vende capacidad de respuesta a emergencias. Pero hay una diferencia entre un fabricante de ventiladores mecánicos que se beneficia de una pandemia y una empresa cuya tecnología contribuye activamente a crear o escalar las condiciones de conflicto de las que depende su crecimiento. Cuando Palantir vende sistemas de targeting a ejércitos que los usan para intensificar campañas militares, y luego reporta crecimiento de ingresos en el sector defensa, el ciclo se vuelve autoalimentado.

El modelo de negocio de Palantir crece en proporción directa a la intensidad del conflicto global. No es una coincidencia de mercado: es la consecuencia estructural de vender capacidad de respuesta a las emergencias que contribuye a escalar.

Peter Thiel, en tanto que inversor y fundador, se ha beneficiado personalmente de ese crecimiento en decenas de millones de dólares documentados en ventas de acciones entre 2020 y 2024. No hay nada ilegal en ello. Pero cuando un individuo acumula una fortuna de esa magnitud a través de tecnologías que facilitan operaciones militares letales, deportaciones masivas y vigilancia de poblaciones civiles, la pregunta de si eso constituye un enriquecimiento legítimo o un extractivismo sobre el sufrimiento ajeno no es una pregunta retórica. Es una pregunta que las sociedades democráticas deben estar en condiciones de hacer —y de responder con instrumentos jurídicos, no solo con editoriales.

La fusión de los cuatro poderes: Lo que ninguna civilización anterior permitió

La afirmación con la que abrimos este análisis merece ser desarrollada en sus términos propios. Las civilizaciones que nos precedieron —y no fueron ingenuas— entendieron algo que la era tecno-capitalista parece estar dispuesta a olvidar: que el poder se vuelve irresistible, e irresistiblemente corrupto, cuando se concentra sin fricción. Por eso las democracias liberales desarrollaron la separación de poderes. Por eso el derecho internacional impuso restricciones a la conducción de la guerra.

Por eso los estados modernos intentaron —con desigual éxito, pero con intención estructural— separar los servicios de inteligencia del poder ejecutivo, el poder militar del poder judicial, el capital privado del poder regulatorio.

Palantir ha fusionado cuatro elementos que esas tradiciones mantenían separados: primero, la inteligencia de vigilancia masiva, que históricamente ha requerido autorización judicial o ejecutiva para ser desplegada contra ciudadanos. Segundo, el poder predictivo de la IA, que convierte datos del pasado en decisiones sobre el futuro de personas específicas sin que esas personas puedan conocer, cuestionar ni refutar el proceso. Tercero, la capacidad de fuerza letal, a través de sus contratos con ejércitos que usan sus plataformas para operaciones cinéticas. Cuarto, la acumulación de capital especulativo sin rendición de cuentas democrática, porque Palantir es una empresa privada que responde a sus accionistas —no a un parlamento, no a una corte, no a un electorado.

El resultado es una arquitectura de poder sin precedentes histórico documentado. No porque los imperios anteriores no hayan querido tenerla —habrían dado cualquier cosa por ella— sino porque ninguno había dispuesto de la tecnología necesaria. El Imperio Romano tenía espías pero no algoritmos. La Stasi tenía archivos pero no grafos de relaciones en tiempo real. La NSA tiene capacidad de vigilancia masiva pero opera —en teoría, con todas las ficciones jurídicas que eso implica— bajo supervisión estatal. Palantir es la primera entidad privada que tiene todo eso, que lo vende al mejor postor entre gobiernos, y que lo hace bajo el liderazgo de alguien que ha declarado públicamente que la democracia le parece un obstáculo.

El silencio de Silicon Valley y la responsabilidad intelectual  

Una de las características más reveladoras del fenómeno Palantir es el silencio que lo rodea en el ecosistema tecnológico que podría cuestionarlo con mayor autoridad. Los mismos ingenieros que en 2018 protestaron masivamente dentro de Google contra el Proyecto Maven —un contrato de IA con el Pentágono que implicaba análisis de imágenes para drones militares— han guardado un silencio relativamente cómodo frente a Palantir. Los mismos investigadores de ética en IA que publican papers sobre sesgos algorítmicos en sistemas de crédito raramente dedican la misma energía a los sesgos en sistemas de targeting militar o de clasificación migratoria.

Esto no es una acusación de hipocresía individual. Es una observación sobre la estructura de incentivos del campo. La ética de la IA, tal como se practica mayoritariamente en las universidades y en las grandes empresas tecnológicas, se preocupa por problemas que no amenazan el modelo de negocio fundamental del sector: sesgos en la contratación, discriminación en el crédito, desinformación en redes sociales. Esos son problemas reales. Pero son problemas cuya corrección es compatible con —y frecuentemente rentable para— las empresas que los crearon.

La IA militar, la IA de control fronterizo, la IA de targeting letal: esos problemas no son compatibles con el modelo de negocio del sector. Cuestionarlos requeriría cuestionar contratos gubernamentales que son la principal fuente de crecimiento de una parte significativa de la industria. Y requeriría, sobre todo, cuestionar la premisa fundamental que Thiel articuló con más honestidad que sus competidores: que la tecnología no es neutral, que sus aplicaciones no son accidentales, y que quienes construyen los sistemas de poder del siglo XXI están tomando decisiones políticas aunque se presenten a sí mismos como tomando decisiones técnicas.

Conclusión: La pregunta que no puede aplazarse

Peter Thiel no es un villano de película. Es algo más inquietante: es un hombre con una filosofía coherente, recursos ilimitados, acceso al poder político en el nivel más alto de la única superpotencia del mundo, y la tecnología para materializar esa filosofía a una escala que ningún actor privado había alcanzado antes en la historia. Su peligro no reside en que sea malvado en el sentido que nos resultaría familiar desde la literatura o el cine. Reside en que es consecuente. Lo que Thiel dice, Thiel lo hace. Y lo que hace tiene consecuencias que se miden no en trimestres fiscales sino en décadas de erosión institucional, en generaciones de personas cuya vida fue alterada por un algoritmo que nunca podrán apelar.

La pregunta que las sociedades democráticas deben hacerse —y que con frecuencia evitan porque sus respuestas son incómodas— no es si Palantir viola alguna ley. Puede que no. Puede que todo lo que hace sea perfectamente legal dentro de los marcos jurídicos vigentes. La pregunta es si esos marcos jurídicos son adecuados para un mundo en el que una empresa privada puede fusionar vigilancia masiva, predicción algorítmica, capacidad letal y capital sin rendición de cuentas en una sola arquitectura. Y si no lo son —como parece evidente— qué se está haciendo para modificarlos, y quién tiene el interés y el poder para hacerlo, y si esas personas están a la altura de lo que el momento histórico requiere.

La respuesta honesta, a la fecha de publicación de este análisis, es que no lo estamos haciendo. Y que el tiempo que perdemos en esa inacción no es tiempo neutral: es tiempo durante el cual los sistemas se despliegan, los contratos se firman, las bases de datos se alimentan, y la arquitectura de control se vuelve un poco más difícil de desmantelar.

Lo que Thiel dice, Thiel lo hace. Y lo que hace tiene consecuencias que se miden no en trimestres fiscales sino en décadas de erosión institucional.

*Sobre este análisis periodístico: Todas las afirmaciones factuales contenidas en este texto están basadas en fuentes públicamente verificables o en documentación periodística de referencia, citada en el cuerpo del artículo.
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