Mientras los bonos de Imelda Castro caen por su pasado indeleble, PRI y PAN se juegan el estado entre la alianza, los nombres de Mario Zamora y Paloma Sánchez, y el riesgo del fracaso.
Juan Manuel Acuña Salomón
Pasa el tiempo volando y cada día la imagen de Imelda Castro se va deteriorando. En un artículo pasado comenté que el haber madrugado con tanta anticipación en la carrera por la gubernatura de Sinaloa, en lugar de favorecerla, terminó por desgastarla de forma prematura. Hoy, tras una sobreexposición mediática incesante y atrapada en una encarnizada guerra intestina dentro del oficialismo, sus posibilidades parecen haberse minimizado. Imelda, sencillamente no prende.
Han pasado más de 15 días desde que publiqué aquel texto y no se ve por dónde pueda repuntar; al contrario, sus bonos siguen a la baja a pesar del despliegue de recursos y el dinero inyectado a su campaña de posicionamiento.
La frialdad de las encuestas no miente
Mientras en el discurso oficial se presumen supuestas mayorías aplastantes, los estudios de opinión en careos directos reflejan que la senadora con licencia no logra conectar con el electorado de a pie. A esto se le suma un pecado político original que hoy le cobra factura:
Su cercanía pasada con Rubén Rocha Moya y Enrique Inzunza Cázarez es tan obvia, que resulta imposible de ocultar.
Por más que hoy intente un tardío y acartonado deslinde de las decisiones y los escándalos de la administración saliente, los archivos no se borran.
Fue compañera de fórmula al Senado tanto de Rocha como de Inzunza, recorrió el estado abrazando las mismas siglas y avaló los agravios del grupo en el poder. Pretender ahora actuar como una figura ajena al régimen que ayudó a consolidar es una tomada de pelo que la ciudadanía y sus propios correligionarios, notan de inmediato.
La percepción en los pasillos del poder es tan frágil que ha comenzado a correr con fuerza el rumor de que tal vez ni siquiera sea ella la candidata definitiva de Morena y que en los altos mandos se esté barajando un relevo de emergencia. Decir hoy quién sería él o la sustituta resulta prematuro, pero es un secreto a voces que varios exaspirantes y liderazgos locales estarían en la mejor disposición de tomar la bandera si se abre la coyuntura.
De ser ciertos estos rumores, el caso de Sinaloa viene a confirmarnos una máxima política que muchos olvidan: La marca no lo es todo. El tremendo desgaste del oficialismo —producto de los desatinos del gobierno local y las pesadas sombras que lo persiguen— aunado a una candidatura gris, simuladora y cargada de pasado, configura una combinación explosiva que hace perder a cualquiera.
A esto hay que sumarle la tibia lealtad de las fuerzas aliadas: Los últimos movimientos detectados en las cúpulas del Partido Verde y del PT no son casualidad; son señales claras de que algo se está moviendo bajo el agua turbia y de que la disciplina partidista empieza a fracturarse. Si la cúpula guinda no corrige el rumbo a tiempo, la implosión interna de Morena en el estado no será una posibilidad, sino tan solo cuestión de tiempo.
Pero del otro lado de la mesa, en la oposición, tampoco hacen malos quesos
Se están dando con todo, tanto en la definición de la candidatura a la gubernatura como en las disputasSINALOA,por la alcaldía de Culiacán.
Para muchos sinaloenses, la candidatura opositora al Estado la debería encabezar Mario Zamora, cuyo posicionamiento en las mediciones parece superar al de Paloma Sánchez. De acuerdo con información filtrada, en el papel se da por hecho la alianza entre el PRI y el PAN, cediéndole supuestamente la mano al tricolor para abanderar la causa. Sin embargo, la política no se hace con trascendidos: Mientras “papelito no hable”, en el plano real todo puede suceder.
Sería entregarle en bandeja de plata la gubernatura a Morena si no se logra cuajar la coalición de forma inteligente. Y si se consolida, la clave matemática reside en quién encabece la boleta. Si la oposición se equivoca y postula a un perfil débil o mal posicionado, irán directo al fracaso.
Tienen el espejo perfecto justo enfrente: Basta con mirar los serios tropiezos de su contrincante y el desgaste de una candidata oficialista que, por más que la empujen, nomás no prende.
