La inteligencia artificial ya entró en el campo de batalla. De Gaza a Ucrania y de Irán a la competencia militar entre Estados Unidos y China, los algoritmos, los drones y los sistemas autónomos están modificando la manera de hacer la guerra. El problema ya no es solamente qué puede hacer una máquina inteligente sino qué decisiones estamos dispuestos a delegarle.
Cuauhtémoc Valdiosera*
La guerra ya no es solamente humana. Durante miles de años, las guerras fueron esencialmente confrontaciones humanas. Las armas podían aumentar la capacidad destructiva, los ejércitos podían desplazarse más rápidamente y las comunicaciones podían acelerar las órdenes, pero las decisiones fundamentales permanecían dentro de una cadena de mando humana.
La inteligencia artificial está modificando esa relación. Hoy un sistema algorítmico puede analizar millones de datos, interpretar imágenes satelitales, identificar patrones, localizar personas o vehículos, procesar comunicaciones, establecer prioridades, recomendar objetivos, coordinar drones y participar en la planificación de operaciones militares.
El cambio es profundo porque introduce una nueva variable en la ecuación bélica: La velocidad de la decisión.
La guerra tradicional podía seguir una secuencia relativamente clara:
Detectar → analizar → decidir → atacar.
Con inteligencia artificial, esa cadena puede transformarse en:
Detectar → procesar → correlacionar → predecir → recomendar → actuar.
Y mientras un ser humano puede necesitar minutos, horas o incluso días para procesar determinada cantidad de información, una máquina puede hacerlo en segundos.
La ventaja militar parece evidente.
Pero también aparece una pregunta que debería preocupar a toda la humanidad:
¿Qué ocurre cuando la velocidad de las máquinas supera la capacidad humana para comprobar que una decisión es correcta?
Éste es, posiblemente, uno de los grandes dilemas estratégicos del siglo XXI.
Gaza: Cuando los algoritmos entran en la selección de objetivos
La guerra en Gaza constituye uno de los casos más importantes para comprender el nuevo papel de la inteligencia artificial en los conflictos contemporáneos.
Diversas investigaciones han documentado el empleo por parte de Israel de herramientas digitales y algorítmicas relacionadas con inteligencia militar, vigilancia, identificación y generación de objetivos.
Entre los sistemas que han sido objeto de investigaciones periodísticas y de organizaciones de derechos humanos se encuentran Lavender, The Gospel y Where’s Daddy?
Según Human Rights Watch, estas herramientas fueron utilizadas en diferentes etapas del proceso de inteligencia y targeting. Lavender, por ejemplo, fue descrito como un sistema capaz de asignar puntuaciones a personas de acuerdo con determinados indicadores de supuesta pertenencia o relación con grupos armados.
The Gospel fue relacionado con la generación de objetivos, mientras que Where’s Daddy? Fue descrito como una herramienta destinada a señalar la ubicación de personas previamente identificadas.
Aquí es necesario hacer una distinción fundamental. No toda inteligencia artificial empleada en una guerra constituye un arma autónoma.
Existe una enorme diferencia entre utilizar IA para ayudar a un militar a analizar información y permitir que una máquina seleccione y ataque autónomamente a una persona. Sin embargo, esa distinción no elimina el problema. Si un algoritmo participa en la identificación de objetivos, sus errores pueden tener consecuencias humanas directas.
Una puntuación estadística no es una prueba. Una correlación no es una identidad. Un patrón no necesariamente representa la realidad. Y un teléfono móvil, no garantiza que su propietario sea la persona que un sistema supone.
En una guerra caracterizada por desplazamientos masivos, destrucción de infraestructura y alteraciones de las comunicaciones, los datos pueden volverse especialmente difíciles de interpretar.
Aquí aparece una de las paradojas de la inteligencia artificial: Cuanto más confiamos en los datos, más importante se vuelve saber si esos datos siguen describiendo correctamente la realidad.
El debate sobre el genocidio y la responsabilidad tecnológica
La situación de Gaza introduce además una dimensión jurídica que requiere especial cuidado.
El caso Sudáfrica e Israel continúa ante la Corte Internacional de Justicia en relación con la Convención sobre Genocidio. Paralelamente, la Comisión Internacional Independiente de Investigación establecida por el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas ha emitido conclusiones mucho más severas sobre la conducta israelí en Gaza.
Estas instituciones tienen funciones y estándares jurídicos diferentes, por lo que sus conclusiones no deben confundirse.
Pero existe una cuestión que trasciende el debate jurídico: ¿Qué responsabilidad corresponde a una tecnología cuando participa en una cadena militar investigada por posibles violaciones graves del derecho internacional?
Hasta hace poco, la responsabilidad de una operación militar podía rastrearse fundamentalmente a los comandantes, soldados y autoridades políticas.
La inteligencia artificial introduce nuevos participantes:
- El desarrollador del algoritmo;
- El diseñador del sistema;
- El proveedor de datos;
- La empresa tecnológica;
- El responsable militar;
- El operador;
- El comandante que autorizó la operación.
La responsabilidad comienza a convertirse en una cadena. Y ésta será una de las grandes discusiones jurídicas de la próxima década.
Ucrania: El laboratorio de la guerra robotizada
Si Gaza permite observar el uso de la inteligencia artificial en procesos de inteligencia y selección de objetivos, la guerra entre Rusia y Ucrania muestra otra dimensión de la revolución militar: la integración de drones, inteligencia artificial, sensores, guerra electrónica y robótica.
Desde la invasión rusa a gran escala de 2022, el conflicto se ha convertido en un enorme laboratorio tecnológico.
Drones pequeños y relativamente baratos pueden realizar reconocimiento, localizar posiciones, transportar cargas, atacar objetivos y servir como plataformas experimentales para nuevas tecnologías.
Pero la evolución más importante está relacionada con la autonomía.
Los sistemas modernos pueden utilizar visión artificial y otros sensores para mantener su navegación, reconocer determinadas características del terreno y operar en ambientes donde las comunicaciones pueden ser interrumpidas.
La guerra electrónica también ha acelerado esta evolución
Cuando las señales de comunicación son bloqueadas o interferidas, un sistema que depende completamente de un operador humano puede quedar inutilizado.
De ahí surge el incentivo para desarrollar máquinas capaces de operar con mayor autonomía.
- La consecuencia es una carrera tecnológica.
- Un sistema aparece.
- El adversario desarrolla una defensa.
- El sistema se modifica.
- Aparece una nueva contramedida.
- Y el ciclo comienza nuevamente.
La guerra se convierte así en un proceso permanente de innovación
Combatir → obtener datos → analizar → modificar el sistema → volver al combate.
El campo de batalla comienza a convertirse también en un campo de entrenamiento tecnológico.
La era de los enjambres
Un dron individual puede ser peligroso. Pero un enjambre de drones puede representar un problema completamente diferente.
Imaginemos cientos o miles de sistemas capaces de compartir información. Algunos podrían dedicarse a la vigilancia. Otros a localizar objetivos. Otros a interferir comunicaciones. Otros a funcionar como señuelos. Otros a realizar ataques. Otros podrían reemplazar a los sistemas destruidos.
La ventaja del enjambre es que la inteligencia ya no está necesariamente concentrada en una sola máquina. Está distribuida. La destrucción de una unidad no necesariamente significa la destrucción de la misión.
Esto plantea una nueva pregunta estratégica:
¿Cómo se detiene una fuerza militar que puede ser simultáneamente barata, numerosa, distribuida y parcialmente autónoma?
La respuesta todavía está siendo desarrollada.
Pero ya existe una certeza:
La guerra del futuro no necesariamente estará dominada por las plataformas militares más grandes.
Podría estar dominada por las redes de máquinas más inteligentes.
Irán: La aceleración del ciclo de decisión
El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán iniciado el 28 de febrero de 2026, representa otra etapa en esta evolución.
Informes publicados durante la campaña han descrito el empleo de inteligencia artificial y sistemas de fusión de datos para procesar información procedente de múltiples fuentes y apoyar la planificación y priorización de objetivos.
Entre las tecnologías mencionadas aparece el Maven Smart System, asociado con Palantir, diseñado para integrar información y ayudar a los mandos militares a interpretar el campo de batalla.
Aquí aparece una característica fundamental:
La IA permite reducir el tiempo entre la información y la decisión.
En una guerra tradicional, un comandante podía recibir información, solicitar análisis, esperar informes y posteriormente tomar una decisión.
Con sistemas de IA, enormes cantidades de información pueden ser procesadas simultáneamente.
El objetivo militar es claro: Obtener superioridad en el ciclo de decisión. Pero existe una paradoja: Si dos adversarios poseen sistemas capaces de decidir cada vez más rápidamente, ambos pueden interpretar la velocidad del otro como una amenaza.
Y la velocidad puede generar más velocidad. Ésa es precisamente la lógica que puede producir una escalada.
El caso de Minab y el problema de los datos equivocados
El ataque contra una escuela en Minab, Irán, se convirtió en un caso particularmente significativo dentro del debate sobre la guerra algorítmica.
La instalación había estado asociada anteriormente con un complejo militar, pero posteriormente había sido utilizada como escuela.
El caso generó preguntas sobre la actualización de las bases de datos militares y sobre el papel que pudieron desempeñar herramientas algorítmicas en los procesos de identificación y priorización.
Hasta septiembre de 2026, no existe evidencia pública concluyente que permita afirmar que una IA seleccionó autónomamente la escuela como objetivo.
Esta precisión es indispensable.
No debemos transformar una investigación sobre el uso de IA en una afirmación no demostrada sobre una decisión autónoma.
Pero el caso revela algo todavía más importante: Un sistema puede producir una recomendación técnicamente sofisticada utilizando información incorrecta o desactualizada.
La máquina puede hacer perfectamente el cálculo. El problema es que el mundo que está calculando, puede haber dejado de existir.
La paradoja nuclear
La dimensión más delicada aparece cuando la inteligencia artificial entra en el ámbito nuclear.
Las potencias nucleares disponen de sistemas extremadamente complejos de vigilancia, alerta temprana, satélites, radares, comunicaciones y mando.
La IA puede ayudar a mejorar esos sistemas:
- Puede analizar imágenes.
- Detectar anomalías.
- Identificar cambios.
- Procesar señales.
- Vigilar instalaciones.
- Mejorar mantenimiento.
- Detectar intrusiones.
- Y contribuir a las salvaguardias nucleares.
El Organismo Internacional de Energía Atómica ha explorado, precisamente, aplicaciones de inteligencia artificial, robótica y análisis automatizado para fortalecer las salvaguardias y las inspecciones.
Pero existe otra cara. Si la IA se integra excesivamente en los sistemas de alerta y respuesta nuclear, puede reducir el tiempo disponible para la deliberación humana. Y cuando se habla de armas nucleares, el tiempo para equivocarse puede ser de apenas unos minutos.
La historia de la Guerra Fría contiene ejemplos de falsas alarmas que fueron interpretadas correctamente por seres humanos que decidieron no reaccionar de manera automática.
La inteligencia artificial no debería eliminar esa posibilidad.
Por el contrario, la IA aplicada a sistemas nucleares debe estar acompañada por más control humano, no menos.
Una máquina puede advertir. Puede analizar. Puede comparar. Puede calcular probabilidades. Pero la decisión de utilizar armas nucleares no debe convertirse en una función automática.
Estados Unidos y China: La nueva carrera armamentista
La inteligencia artificial también está modificando la competencia estratégica entre Estados Unidos y China. Washington ha impulsado programas destinados a desarrollar sistemas autónomos a gran escala.
La iniciativa Replicator, del Departamento de Defensa estadounidense, representa uno de los ejemplos más visibles de esta nueva doctrina: Producir grandes cantidades de sistemas autónomos y relativamente baratos para distintos dominios militares.
La lógica es diferente de la de las plataformas tradicionales.
Durante décadas, la tendencia tecnológica parecía ser:
Más tecnología = menos plataformas, pero más sofisticadas.
La IA puede conducir hacia:
Más tecnología = más plataformas inteligentes, baratas y reemplazables.
China también está desarrollando capacidades de inteligencia artificial para aplicaciones militares, sistemas no tripulados, guerra electrónica, operaciones de información y ciberespacio. Esto genera un problema clásico de las carreras armamentistas.
Si Estados Unidos teme quedarse atrás, acelera. Si China interpreta esa aceleración como una amenaza, acelera también. Y cuando ambas partes aceleran simultáneamente, disminuye el espacio para la confianza.
La competencia tecnológica puede terminar convirtiéndose en una carrera por la velocidad.
La robótica militar: El siguiente paso es la robotización
Ya existen:
- Drones aéreos;
- Vehículos terrestres no tripulados;
- Sistemas marítimos autónomos;
- Vehículos submarinos;
- Robots logísticos;
- Sistemas de vigilancia;
- Robots de desminado.
La tendencia apunta hacia máquinas capaces de percibir, interpretar, desplazarse y colaborar. La ventaja es evidente: Un robot puede entrar en lugares donde enviar un soldado sería extremadamente peligroso.
Pero aparece una paradoja: Si enviar robots reduce las bajas propias, también puede reducir el costo político de iniciar una guerra. Un gobierno puede tener enormes dificultades para explicar a su sociedad la muerte de mil soldados. Puede enfrentar una presión muy diferente si sus diez mil robots son destruidos.
La automatización podría, por tanto, hacer la guerra aparentemente más tolerable para quien la inicia.
Éste es un riesgo político, además de tecnológico. El mito del “humano en el circuito” Uno de los conceptos más repetidos en la discusión sobre armas autónomas es:
Human in the loop. Es decir, siempre existe una persona dentro del proceso. Pero la pregunta verdaderamente importante es: ¿Qué capacidad real tiene esa persona para intervenir? Si una IA genera miles de recomendaciones en poco tiempo, un operador puede carecer de capacidad material para estudiar cada una.
Puede terminar aprobando recomendaciones casi automáticamente. En ese caso, el humano está formalmente presente, pero su participación puede ser solamente simbólica. Por ello, el concepto que debería importar no es simplemente “humano en el circuito”.
Deberíamos hablar de: Control humano significativo
Esto significa que el operador debe disponer de: Tiempo, información, autoridad y capacidad técnica para rechazar la decisión de la máquina.
Sin esas condiciones, la supervisión humana corre el riesgo de convertirse en una formalidad.
Cuando la precisión no significa verdad Existe además un error conceptual que debemos evitar. La IA puede ser extremadamente precisa. Pero la precisión no es lo mismo que la verdad.
Un algoritmo puede localizar exactamente una determinada coordenada. Pero la pregunta militar y jurídica es: ¿Debe ser atacada esa coordenada?
Una IA puede identificar correctamente un teléfono. Pero: ¿Quién tiene realmente ese teléfono? Una IA puede encontrar un patrón. Pero: ¿Qué significa ese patrón? La máquina puede responder perfectamente preguntas técnicas. El problema aparece cuando intentamos convertir esas respuestas en decisiones morales.
La tecnología puede ayudarnos a saber dónde está algo. No necesariamente puede decirnos si debemos destruirlo.
El futuro: 2030, 2040 y más allá
Durante la próxima década veremos probablemente cinco tendencias.
- La IA ubicua, integrada prácticamente en todos los sistemas militares.
- Una autonomía creciente, especialmente en drones y vehículos no tripulados.
- El desarrollo de enjambres.
- Una integración cada vez mayor entre satélites, sensores, drones, radares y redes de información.
- Una auténtica guerra algorítmica, en la que la ventaja dependerá de quién pueda observar, comprender y reaccionar más rápidamente.
Después de 2040 podemos imaginar algo todavía más complejo
No solamente humanos utilizando máquinas.
Sino: Humanos + IA + robots + redes + sensores + sistemas autónomos.
Una verdadera inteligencia híbrida militar. Pero cuanto más poderosos sean esos sistemas, mayor será nuestra dependencia de ellos. Y cuanto mayor sea la dependencia, mayor será el impacto de un fallo.
El riesgo no es una máquina malvada
Cuando se habla de los peligros de la IA militar, con frecuencia aparecen escenarios de ciencia ficción.
- Una máquina que se rebela.
- Una inteligencia artificial que decide destruir a la humanidad. Una superinteligencia que adquiere voluntad propia. Son escenarios que pueden discutirse.
- Pero existe otro riesgo mucho más inmediato y mucho más realista. Dos gobiernos racionales utilizando sistemas racionales que producen decisiones equivocadas.
No hace falta una máquina malvada. Basta con: Datos incorrectos; sensores defectuosos; información incompleta; un ciberataque; un algoritmo mal entrenado; un falso positivo; un error humano; o una presión temporal extrema.
La historia demuestra que las guerras también pueden comenzar por errores de cálculo. La inteligencia artificial podría hacer que esos errores ocurran más rápidamente. La inteligencia artificial necesita inteligencia colectiva
Aquí aparece una cuestión que trasciende la tecnología militar: La IA puede procesar cantidades gigantescas de información. Pero la humanidad posee otra forma de inteligencia La inteligencia colectiva.
Es la capacidad de reunir experiencias, conocimientos, disciplinas, culturas y perspectivas diferentes para tomar decisiones complejas.
Por eso, en lugar de pensar en: IA → decisión → ataque. Deberíamos aspirar a: IA → análisis → inteligencia colectiva → deliberación humana → decisión responsable. Esta combinación puede conducir hacia una inteligencia híbrida.
Una inteligencia en la que la máquina aporta velocidad y capacidad de procesamiento, mientras que los seres humanos aportan contexto, experiencia, ética, derecho, historia y responsabilidad.
En el ámbito militar, esta combinación debería estar subordinada a un principio fundamental: La tecnología debe proteger la dignidad humana, no sustituirla.
Diez principios para el futuro
El debate internacional sobre IA militar debería considerar al menos diez principios:
- Nunca delegar completamente una decisión nuclear a una inteligencia artificial.
- Impedir que sistemas autónomos seleccionen y ataquen personas sin control humano significativo.
- Establecer auditorías independientes para los sistemas militares críticos.
- Mantener registros verificables de las recomendaciones algorítmicas.
- Establecer límites de velocidad para decisiones militares de consecuencias irreversibles.
- Crear protocolos internacionales para accidentes relacionados con IA militar.
- Mantener canales directos entre las potencias nucleares para incidentes relacionados con sistemas autónomos.
- Establecer responsabilidades claras para las empresas que proporcionen tecnologías militares críticas.
- Crear mecanismos internacionales específicos para la seguridad de la IA militar.
- Mantener siempre una autoridad humana identificable.
Estos principios no significan detener la innovación. Significan establecer límites antes de que la tecnología sea más rápida que nuestra capacidad para gobernarla.
La última decisión
La IA militar ya no pertenece a la ciencia ficción. Está presente en las guerras contemporáneas. Está participando en procesos de inteligencia. Está transformando los drones. Está acelerando la identificación y priorización de objetivos.
Está impulsando la robótica. Está entrando en los sistemas de seguridad nuclear. Y está convirtiéndose en uno de los principales escenarios de competencia tecnológica entre las grandes potencias.
La pregunta ya no es si tendremos una guerra con inteligencia artificial. La pregunta es qué clase de guerra construiremos con ella.
Podemos utilizar la IA para proteger soldados, detectar amenazas, localizar minas, mejorar evacuaciones, vigilar instalaciones nucleares, detectar ataques cibernéticos y reducir determinados riesgos.
Pero también podemos utilizarla para acelerar la destrucción. La decisión depende de las reglas que establezcamos. Gaza nos muestra los riesgos de convertir información probabilística en decisiones sobre personas. Ucrania demuestra la velocidad con la que drones, software y autonomía pueden evolucionar en una guerra real.
Irán muestra el potencial de integrar IA, inteligencia militar y grandes cantidades de datos en campañas de gran escala. La dimensión nuclear nos recuerda que hay decisiones que no pueden acelerarse indefinidamente. Y la competencia entre Estados Unidos y China demuestra que la inteligencia artificial está convirtiéndose en un componente estratégico de la seguridad internacional.
El verdadero peligro, sin embargo, quizá no sea que las máquinas se vuelvan humanas.
Puede ser que los humanos comiencen a comportarse como máquinas. Que aceptemos una recomendación simplemente porque la produjo un algoritmo. Que confundamos velocidad con inteligencia. Que confundamos precisión con verdad. Y que confundamos inteligencia con sabiduría.
La humanidad tardó siglos en construir mecanismos jurídicos, políticos y éticos destinados a limitar la violencia. No podemos permitir que la velocidad de la inteligencia artificial, destruya en unas décadas aquello que la civilización tardó siglos en construir.
La tecnología debe ampliar nuestra inteligencia colectiva
No disminuirla. Por eso, ante el nacimiento de la era de la IA militar, debemos recordar una fórmula esencial:
IA + Inteligencia Colectiva + Derecho + Ética = Seguridad Humana
Y una regla debería permanecer por encima de cualquier algoritmo, robot o sistema autónomo:
La máquina puede ayudar a decidir. Pero la responsabilidad de decidir quién vive y quién muere, nunca debe desaparecer del ámbito humano.