Ivette Sosa
E.M. dice tener 37 años, pero la verdad luce como de 70. Aún conserva el brillo de unos ojos azules profundos, como el mar y profundos como “la mierda en la que estuve viviendo durante más de 25 años de mi vida”, nos cuenta mientras fuma un cigarrillo.
Con un rostro lleno de arrugas y de cicatrices, esta reportera conversa con este hombre que se define como un sicario en reconversión y dice “nunca haber trabajado en nada decente durante su vida”.
Hasta ahora, que para sobrevivir, limpia carros entre semana, y los sábados y domingos es “viene. viene” (franelero) en un mercado de una populosa colonia en la Ciudad de México.
NO COMETAN LAS MISMAS PENDEJADAS
Él nos pide caminar, mientras platicamos sobre su vida. Dice que lo hace, para que “los chavos no cometan las mismas pendejadas que hice, desde niño. Con unos padres que me solapaban todo, que yo les robara, madreara y hasta matara a un yerno; donde mi hermano -un policía judicial- siempre me sacaba de pedos”.
“Fui malo para la escuela, nunca me gustó, ni la disciplina, ni el orden. Aún así llegué hasta segundo de secundaria, que no terminé. La neta fueron mis padres muy tibios conmigo, será porque fui el menor y ya los agarré cansados, después de once hijos”.
“En vez de ir a la escuela, yo me iba a cotorrear con los cuates, todos ya grandes, de 20, 25 años. Por eso es que desde morrillo, a los 10 años, empecé a tomar y a drogarme, esa fue mi perdición -comenta E.M.-, que me gustara mucho la droga, sobre todo la cocaína”.
“No le exagero pero tuve millones de pesos en mi casa. Producto de secuestros y homicidios (por encargo); cometí muchos robos, le hice al narcomenudeo, fui fayuquero y hasta papi chulo, porque yo andaba con un chingo de mujeres. No crea viejas, eran jóvenes y bonitas, hijas de buenas familias, a las que le sacaba dinero”.
“Aunque ahora me vea con esta cara de boxeador noqueado, todo puteado, fui galán en mi juventud. Medía 1.80, ojo azul, ponchado. Dígame sino iba a traer a más de tres viejas loquitas por mí…lagro”.
¿Qué le daba la droga?
“Me prendía, me aceleraba, me hacía sentir eufórico y poderoso, y la usaba para todo. Desde para robar, secuestrar, matar o para tener sexo. Se volvió mi vida y fue mi perdición porque me exaltaba cabrón; el problema era el bajón.
“Dañó mi salud, me dio diabetes, soy hipertenso, cojo de una pata y luego, ya ni para…guas. (Ríe burlonamente, mientras aprieta los puños)”.
-¿Nunca vio la posibilidad de escapar de la delincuencia? ¿de las adicciones?
“No, y nadie lo hace si tienes unos padres que le pagaban a los polis o al MP cuando me detenían. O un hermano, que trabajaba como chota en la antigua Procu del DF, y me sacaba de todos los pedos”.
¿Fue a prisión?
“¡No!, la libraba con los mismos polis, en la patrulla, o nos arreglábamos en el MP; siempre tuve siempre protección de mi familia y también de la Niña Blanca. Desde morro, durante un rito, di mi alma a la Santa Muerte, y ella me cuidó durante los 25 años que estuve de lacra”.
-¿Aún lo cuida?
“¡Sí!, pero pienso que pronto vendrá a cobrarme su ayuda; hoy estoy completamente solo. Cuando has tenido una vida llena de mierda, como la mía, los primeros que te abandonan son los integrantes de tu familia, buscan no apestar como tú”.
“Además, no tienes amigos, tienes cómplices, y con el transcurso del tiempo, pierdes la salud, como es mi caso. Por eso dejé de delinquir, porque ya ni para correr sirvo. Mi mano derecha parece de maraquero, ya perdí puntería, y ante cualquier sobresalto, me da un pinche patatús”.
-¿Se arrepiente de esa vida disoluta, delictiva?
“Me arrepiento de no haber sabido aprovechar las oportunidades que me dio la vida, no sólo en lo económico, también en haber formado una familia. Viví con más de diez mujeres, tuve unos veinte o más hijos y todo me valía madres. Jamás cuidé mi dinero. Jamás pensé en que me iba a enfermar e iba a envejecer”.
-¿Ahora ya no roba? ¿ya no comete actos delictivos?
“No, ya me siento físicamente acabado. Ahora un chamaco de 15 años me anda rompiendo la madre, ¡imagínate la chota!…”
“Me acabas de preguntar si me arrepiento de algo… Yo creo que también me arrepiento de haber maltratado, golpeado y robado a mis padres. De eso sí me arrepiento un chingo”, señala E.M., mientras dos lágrimas brotan de sus tristes ojos azules.
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