En las tragedias clásicas, la expresión punctum saliens, punto de inflexión, se utiliza para describir el proverbial punto de no retorno, el momento de la trama a partir del cual las decisiones tomadas por los protagonistas conducen inexorablemente a un desenlace trágico. Utilizado desde la Grecia clásica, el concepto fue llevado a la perfección por Shakespeare en obras como Romeo y Julieta, Hamlet y Macbeth, en contextos variados.
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La historia de los conflictos armados ofrece numerosos ejemplos de la ocurrencia de puncta saliens, a partir de los cuales los acontecimientos parecen adquirir una dinámica propia e independiente de las acciones humanas, hacia desenlaces que antes podrían haberse evitado por iniciativa de cualquiera de los involucrados.
En los actuales conflictos armados, Rusia-Ucrania y Medio Oriente, existe una creciente probabilidad de una escalada que transborde la confrontación hacia una etapa verdaderamente apocalíptica, con el uso de armas nucleares, derivada de la obstinación de los líderes de ese eje belicista para aceptar el agotamiento de su poderío cuyo punctum saliens, a todas luces, ya ha sido alcanzado.
Tanto la predestinación calvinista angloamericana como el mesianismo que subyace en el sionismo israelí, convergen en ideas supremacistas y excluyentes, una política internacional, sustentada en la fuerza militar, para la cual la conformación de un mundo cooperativo y multipolar es ajeno, un auténtico anatema.
Entre los líderes estadounidenses, empezando por los ocupantes de la Casa Blanca
Es común escuchar proclamas entusiastas sobre la nación “excepcional” e “indispensable”. Karl Rove, ex asesor del presidente George W. Bush (2001-2009), fue famoso por la definición: “Ahora, somos un imperio y cuando nos movemos creamos nuestra propia realidad”.
Las cifras parecen corroborar tales creencias: un presupuesto militar y actividades conexas superior al de todas las demás naciones juntas; más de 750 bases e instalaciones militares activas en 80 países; siete flotas de batalla que operan en todos los océanos; y, el control absoluto sobre la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la alianza militar involucrada en una guerra de poder con Rusia en Ucrania.
Aun así, los límites de tal poder se muestran claramente en la propia Ucrania, donde, a pesar de un presupuesto militar que no llega al 10% del de la OTAN, Rusia ha demostrado una superioridad tecnológica y una capacidad de producción bélica superior a la de toda la Alianza Atlántica. Para no hablar del enfrentamiento con Yemen, el más pobre de los países árabes, contra el que toda la fuerza de la Armada de EU no ha podido evitar la virtual interdicción del Mar Rojo al tráfico marítimo con destino a Israel.

En cuanto a Israel, las pretensiones de los supremacistas radicales del país se muestran en las arrogantes declaraciones del ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, en una entrevista al canal francés Arte, en la que dijo, “está escrito que el futuro de Jerusalén es expandirse a Damasco”.
Además del avance hacia la capital de Siria, la veterana meta del “Grande Israel” que comparte con sus correligionarios extremistas abarca partes de Jordania, Líbano, Egipto, Siria, Irak e incluso Arabia Saudita. Y el ex primer ministro Naftali Bennet (2021-22) apunta que “Israel tiene la mayor oportunidad en 50 años de cambiar la cara de Oriente Medio”.
A pesar de todo su poder militar (incluido el nuclear), tecnológico y de inteligencia…
Y de toda la destrucción infligida a los palestinos en Gaza y Cisjordania y a Hezbolá y al Líbano, el gobierno de Benjamín Netanyahu ha demostrado ser incapaz de someter a Hamás en Gaza. Tampoco es capaz de frenar a los otros miembros del “Eje de la Resistencia”: Hezbolá, Irán, los hutíes yemeníes y las milicias chiítas iraquíes. La realidad es que tal ambición implica una costosa guerra de desgaste que Israel no puede ganar.
Hoy, asistimos a un tercer conflicto global. De hecho, en sus dos frentes de guerra ya establecidos, Ucrania y Asia Occidental, además de la movilización de más naciones que las participantes en la Segunda Guerra Mundial, es posible vislumbrar el enflaquecimiento de la capacidad del eje hegemónico anglo-americano-israelí para imponer sus designios por la fuerza, como ha sido la tónica hasta ahora.

