mayo 27, 2026

Se le reconoce socialmente a los maestros, pero ello no se refleja en sus ingresos ridículos

Se le reconoce socialmente a los maestros, pero ello no se refleja en sus ingresos ridículos

 

Bolivar Hernandez*

La noble y delicada profesión de maestro significa abnegación total. La vocación de enseñar es algo innato. Y la sociedad no reconoce esa labor en términos económicos o salariales. Al contrario, la precarización del magisterio en todos sus niveles es algo inapropiado.
Se le reconoce al maestro socialmente, pero eso no se refleja en sus ingresos ridículos.
En México, el 15 de mayo es Día del Maestro
Es un día feriado, de descanso, y nada más. Quizás podría haber por ahí un homenaje de carácter institucional, con una comida, rifa, baile, discursos, etcétera.
En algunas sociedades más avanzadas, el maestro tiene un enorme reconocimiento, y se aprecian sus enseñanzas. Esto, ocurre sobre todo, en los países nórdicos y por supuesto también en Japón.
La única ocasión en que me sentí muy honrado de ser un maestro universitario, fue cuando una delegación de mentores nipones asistió a la Universidad Iberoamericana donde yo enseñaba.
Al momento en que el rector me presentó ante ellos con mucha estimación, los maestros japoneses hicieron repetidas reverencias ante mi, se inclinaban con mucho respeto y admiración, y repetían la palabra sensei, sensei, sensei, que significa maestro.
Mi carrera magisterial fue extensamente desarrollada y cubrió medio siglo de mi vida. Comienza en una aldea miserable de Guatemala, en una escuelita colgada de las faldas del volcán Acatenango, y concluye en la universidad de Londres en el campus de Querétaro.
De acuerdo a mi experiencia como docente universitario: todos son alumnos y muy pocos son estudiantes; todos son profesores y muy pocos son maestros.
Ser maestro en el oficio me recuerda a los maeses del renacimiento, maestros en los oficios, en las artesanías; eran auténticos artesanos en la enseñanza.
Yo fui un profesor siendo muy joven
Y muchas décadas después me convertí en un maestro, no por los títulos y grados obtenidos académicamente, sino por la madurez y sabiduría adquiridas en el ejercicio docente de la enseñanza.
El recorrido mío por las instituciones de enseñanza superior de México es amplio y extenso. Incluye la UNAM, la UAM, Chapingo, Universidad de Londres, ENEP-Aragón, Escuela de Salud Pública, Escuela de Agricultura Antonio Narró, Universidad Anahuac Norte, Escuela Nacional de Antropología e Historia ( ENAH).
La acumulación de saberes mediante la lectura insaciable y cotidiana, me permitió enseñar en carreras universitarias tan diversas como filosofía , antropología, sociología, arquitectura, nutrición, medicina, diseño, trabajo social, comunicación, historia del arte, historia, planeación urbana, psicología.
Ocupé todo el escalafón de puestos de trabajo para el docente: fui profesor investigador de tiempo completo, profesor investigador de medio tiempo, profesor de asignatura. Con prestaciones sociales y sin ninguna prestación social, por honorarios.
Los salarios durante medio siglo nunca crecieron al ritmo de la inflación. Al contrario cada vez el salario disminuía en términos reales. La paga era insignificante y además con sobrecargas de trabajo burocrático en las espaldas de los docentes.
Las universidades públicas mantienen pago por hora/asignatura, por cien pesos. Y las universidades privadas más o menos por el estilo de las públicas, salarios miserablemente bajos. Ello, pese a que cobran a los alumnos cuotas altas con aumentos semestrales.
Los docentes universitarios pueden obtener grados hasta de doctorado o pos doctorado, o cursar múltiples diplomados o maestrías, y eso no se ve reflejado en el salario del docente. Uno sigue devengando lo mismo pese a tener grados académicos altos.
Las fiestas y homenajes al maestro
Asistí en mi larga carrera magisterial a cientos de festejos del Día del Maestro. Comidas, almuerzos, cenas, y a actos artísticos, a todo eso fui un fiel asistente.
En los primeros años como docente universitario en las comidas de homenaje, nos obsequiaban agendas con nuestro nombre impreso en la carátula, alguna taza o vaso , plumas, bolígrafos. Con una leyenda alusiva al Día del Maestro.
Y el momento culminante de esa comida era la rifa de varios vehículos nuevos de la marca Volkswagen. Y varios aparatos electrónicos o electrodomésticos, finos.
Nunca me obsequiaron libros, salvo en una oportunidad que me gané un vale por una cantidad irrisoria de dinero que debía consumir en la librería Gandhi, de Miguel Ángel de Quevedo.
Los premios y regalos se fueron haciendo cada vez menos significativos, y ya eran al final de mis tiempos unos regalos pobres para profesores pobres.
Los banquetes
También fueron desmereciendo en calidad y en cantidad, siempre era pollo en cualquier presentación, puré de papa, algunas verduras cocidas sin ningún aliño, mucho pan, refrescos embotellados y postre. Antiguamente ofrecían vinos nacionales, ron con coca y hartos hielos.
En alguna memorable ocasión en la Universidad iberoamericana, el banquete del Día del Maestro, se suspendió con todos los maestros sentados bajo un toldo blanco gigantesco, y muertos de hombre literalmente; los proveedores del banquete fallaron horriblemente.
Ese día comimos unas pizzas espantosas , frías, la típica hawaiana con piña. Y un Boing de frutas.
En mis últimos años como docente dejé de asistir a cualquier celebración institucional dedicada a agasajar a sus maestros. Fue suficiente para mis pocas pulgas.
La satisfacción de un maestro al final son aquellos estudiantes que avanzaron a tal grado que dejaron atrás a sus maestros.
Mi vocación temprana por enseñar la sigo sosteniendo a lo largo de mi vida , aún ya jubilado y ya fuera de las aulas.
Sueño en que un día un gobierno nacional apoye la educación y realice una revolución verdadera, y coloque al maestro como el centro del proceso con estímulos económicos y morales suficientes.
*La Vaca Filósofa
Fotos: Alexas_Fotos

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