Bolivar Hernandez*
En mis 77 años sobre la faz de la tierra, he tenido que mudarme de casa incontables veces. Las razones han sido diversas: exilios, divorcios, cambios de país, falta de dinero para pagar la renta, etcétera, etcétera.
Lo que sucede alrededor de las dificultades con las mudanzas de casas, tiene que ver con la cantidad de los objetos que hemos acumulado a lo largo de los años.
Un estudio de la Universidad de Boston, Massachusetts, en los EU, acerca de la acumulación de objetos en la sociedad norteamericana, arrojó una cifra asombrosa: El estadounidense promedio posee alrededor de 8 mil objetos en su residencia.
Los que nos consideramos intelectuales, tenemos la manía de acumular libros o papeles, en cantidades descomunales. Como profesor universitario y psicoanalista logré reunir una suma cercana a los 5 mil libros, que los leí todos.
Tuve que desarrollar un método de lectura veloz, que todavía aplico en mi vida cotidiana.
Las bibliotecas que poseí tuvieron destinos inesperados
En los divorcios, que fueron varios, mis bibliotecas quedaron en manos de mis ex esposas.
Otras pequeñas bibliotecas que tuve, fueron donadas a mis amigos y colegas, pues tuve que dejar el país de un modo imprevisto.
Los divorcios, en mi caso, tuvieron esta frase como maldición :
De aquí no sacas absolutamente nada, y salía de ese hogar con lo puesto y ya. Sin nada. Pero con una ¡libertad absoluta!
Nunca fue un trauma o una tragedia el tener que desprenderme de los objetos apreciados, ¡no! El desapego de lo material lo aprendí desde niño, cuando tuve que huir del país con mi familia para salvar la vida. Yo tenía apenas 10 años, y tuve que dejar mis pertenencias, pocas, y salir con lo que traía puesto, y ya.
Después, ya siendo un adulto joven, me hice budista y aprendí el desapego de las cosas y de las personas. Ya lo había interiorizado hacía mucho tiempo, ya tenía la práctica, más no la teoría o la filosofía de ese acto de desprendimiento de las cosas.
Sirve el desapego para evitar el sufrimiento.
No quiero poseer nada que me reste libertad de movimiento. Todo mi patrimonio material cabe en dos maletas.
Unos amigos míos, nuevos ricos, compraron un piano como símbolo de su nuevo estatus socioeconómico. Un lindo piano de cola sin que ninguno de ellos tocara ese instrumento. Desde ese entonces no salen de vacaciones para poder cuidar el piano. Son esclavos de ese maravilloso instrumento musical.
Durante mis años de estudiante
Desde la secundaria hasta la universidad, pues bien todos mis trapos y zapatos cabían en una gran maleta. Cuando volví a Guatemala, 50 años después, regresé con dos maletas, iguales a aquellas con las que me fui a México cuando era un joven aventurero.
Fui huésped en varias residencias estudiantiles; ese bendito negocio de viudas, que eran costosas para mis raquíticos ingresos.
En ciertas ocasiones no tenía para pagar el alojamiento, y debía huir en las madrugadas de esas casas de huéspedes. Con mi única maleta, escapaba de esas residencias subrepticiamente.
Cuando fui estudiante no tenía para comprar libros, solo tenía dinero para mal vivir, mal comer y mal vestir. Estudiaba en la biblioteca de la universidad, porque era, literalmente, una rata de biblioteca.
Profesional exitoso
Cuando por fin tuve ingresos suficientes, ya siendo un profesional exitoso, acumulé libros y buena ropa y calzado. Coleccioné corbatas italianas, suéteres, camisas de lino y zapatos Florsheim. Me abochorna bastante esa manera mía de coleccionar objetos, durante una época de oro personal.
Siempre he tenido gustos caros, como de aristócrata, pero sin los recursos para pagarlos.
Ahora soy un sibarita o un bon vivant, como dirían los franceses, para referirse a aquellas personas que les gusta el buen vivir.
He aprendido a vivir con el mínimo de objetos necesarios para una vida austera pero cómoda. Poca ropa pero de buena calidad, que lavo a mano con delicadeza; y tengo un par de zapatos italianos que calzan como guantes, porque cuido mis pies con esmero.
No añoro para nada lo pasado, tan lleno de objetos útiles pero estorbosos. No quiero repetir aquellas historias de mudanzas con docenas de cajas de cartón repletas de libros pesadísimos. Eso no lo repetiré jamás, es imposible.
¡Hasta pronto desobedientes que acumulan y acumulan, sin parar! Se pueden ahogar entre ese mar de objetos valiosos para ustedes solamente. ¡Sean libres y ligeros en la vida, en la tumba solo cabrán ustedes y nada más!
*La vaca filósofa

