El dilema de Mario Zamora entre la disciplina o la insubordinación expone una política de miradas cortas, donde las cúpulas aseguran cuotas y sacrifican el futuro del estado.
Juan Manuel Acuña Salomón
Sinaloa se encuentra al borde de un escenario electoral tan caótico como patético, donde el único que tiene garantizada la derrota es, como siempre, el pueblo sinaloense.
En la radiografía política actual, todo indica que a nivel nacional ya se cocina una casi segura alianza entre el PAN, el PRI y el PAS. Bajo este esquema de repartición cupular, la candidatura principal la signaría el PRI, disputándose entre Paloma Sánchez y Mario Zamora. Como parte del paquete de negociación, las candidaturas a las alcaldías de Culiacán y Mazatlán quedarían en manos del PAN, mientras que la de Ahome se le otorgaría al PRI. Nada a lo que no nos tengan acostumbrados las mesas de negociación en la Ciudad de México: Acuerdos tomados de espaldas a los ciudadanos.
El verdadero problema estalla porque Alejandro Alito Moreno insiste en imponer a Paloma Sánchez, ignorando el posicionamiento de Mario Zamora en la entidad. De concretarse esta imposición, a Zamora le quedan dos vías claras, cada una con costos y beneficios que tendrá que sopesar en la balanza.
La primera vía es disciplinarse y quedarse
Si decide acatar la línea de la dirigencia nacional y sumar esfuerzos con Paloma, evitará ser tachado de traidor o arriesgarse a la expulsión. Al someterse, genera una deuda política de la dirigencia del CEN hacia su persona, la cual suele pagarse con posiciones seguras: coordinaciones parlamentarias, carteras en el comité nacional o una cómoda plurinominal federal.
Sin embargo, el costo de quedarse es altísimo. Ceder ante un dedazo negociado en la capital del país fractura su perfil de hombre fuerte y líder sinaloense, enviando el mensaje de que acata órdenes centralistas por encima de la dignidad y el sentir de su estado. Quedaría relegado a un simple acompañante de campaña de un proyecto que él y su grupo consideran con menor tracción electoral.
La segunda vía es insubordinarse y buscar otra sigla
Si opta por la ruptura, perdería la oportunidad de competir dentro de una alianza amplia, pero mantendría el control de su propia candidatura y demostrando independencia frente al “gran dedo” de Alito.
Al abanderar otra opción (como Somos), se convierte en la locomotora que atrae votos, asegurando una diputación plurinominal (local o federal) y espacios para su equipo cercano sin depender de las cuotas tricolores.
Esta jugada le permitiría medir su verdadero peso electoral “con marca propia”, demostrándole a la dirigencia nacional que su capital político es personal y no prestado de las siglas del PRI, arrebatándole de paso una tajada clave de votos al tricolor en Sinaloa. Para un político con trayectoria como exsenador, exdiputado federal y excandidato a la gubernatura, quedar marginado por una decisión cupular representa un retroceso drástico que difícilmente estará dispuesto a aceptar.
Escribo este análisis muy a mi pesar, pues soy el primer convencido de que únicamente mediante una gran alianza opositora, se le puede competir con realismo a Morena. Las condiciones para ser competitivos existen, pero requieren de cohesión y del liderazgo del mejor posicionado al frente. Que en este momento es Mario Zamora.
Lamentablemente, nadie quiere bajarse de su macho; todos se sienten merecedores y un cierre de filas sincero no se avizora en el horizonte. De continuar estos jaloneos y dejar una decisión tan trascendental para el futuro de Sinaloa en manos del capricho de una sola persona, el resultado no será otro que un suicidio colectivo: Un escenario de fragmentación que le entregará en bandeja de plata la victoria a Morena.
Asi están las cosas. Una política de miradas cortas donde las cúpulas aseguran sus cuotas, los aspirantes sus pluris… y Sinaloa, bien gracias.
Desgraciadamente el destino de Sinaloa está en manos de Alejandro Alito Moreno, alguien que no es sinaloense, y lo que menos le importa es el futuro de nuestro estado.
