Imposiciones cupulares provocan renuncia de liderazgos
Juan Manuel Acuña Salomón
El surgimiento de un nuevo proyecto político siempre genera expectativas, sobre todo en un estado como Sinaloa, donde la ciudadanía demanda de manera urgente opciones democráticas reales, con causas legítimas y representatividad genuina.
Darle seguimiento a la conformación de la organización Somos a nivel local desde sus inicios ha sido un ejercicio de observación basado en hechos objetivos e información verídica. Precisamente por ello, hoy resulta ineludible señalar una realidad incómoda: El proyecto en Sinaloa atraviesa una crisis estructural que compromete seriamente su viabilidad y su futuro.
Lo que en un principio arrancó con brío y promesas de renovación se ha ido desdibujando por la vía del conflicto interno y las decisiones precipitadas. En sus etapas iniciales, la mancuerna conformada por Raúl Ibáñez y Carlos Doig Alvear representó una articulación sólida y prometedora; fue el propio Ibáñez quien tendió los puentes y presentó a Doig con la dirigencia nacional encabezada por Guadalupe Acosta Naranjo. Las cosas marchaban con rumbo y cohesión.
Sin embargo, el viraje no tardó en llegar. La decisión de entablar alianzas con grupos alejados de las causas ciudadanas originales rompió el equilibrio. Lejos de sumar, estas alianzas fracturaron la confianza interna y empujaron al movimiento en la entidad hacia un punto de difícil retorno.
El síntoma más claro de esta descomposición es el afán por simular estructuras
A la fecha, Somos en Sinaloa no ha logrado conformar sus 20 comités municipales; no obstante, ya se ha desencadenado la integración de un Comité Estatal. Esta maniobra resulta incongruente con la democracia de la que la organización tanto presume en sus principios estatutarios: Un Comité Estatal legítimo debe nacer del voto democrático y ponderado de los delegados de la totalidad de sus municipios, no de la imposición ni del consenso de unos cuantos.
Se trata de una imposición respaldada desde la presidencia nacional de Somos a través de un delegado en funciones de presidente —un perfil desarraigado que, aunque nacido en Sinaloa, solo ha venido a empeorar las cosas— y todo indica que, a más tardar en diciembre, se marchará dejando la víbora chillando.
Integrar estructuras “al vapor” tiene consecuencias inmediatas. La falta de legitimidad y consenso ya cobra factura: la reciente renuncia de al menos dos presidentes de comités municipales recién nombrados expone la fragilidad de un edificio que pretende construirse desde el techo y no desde los cimientos.
La desbandada está a la vista. Este desaseo ha propiciado que el grupo fundador encabezado por Raúl Ibáñez valore de manera inminente un deslinde público definitivo, lo que representaría la estocada final para la estructura local.
Puedo estar equivocado en las proyecciones —y ojalá el tiempo demuestre que el proyecto nacional tiene la capacidad de rectificar el rumbo en el estado—, pero las evidencias actuales no auguran un futuro prometedor para Somos en Sinaloa.
Por el bien de la pluralidad política que requiere nuestra entidad, lo deseable sería una reestructuración de fondo. Sin embargo, mientras se prioricen los arreglos cupulares por encima del trabajo territorial y democrático, las expectativas seguirán siendo sombrías. ¡Al tiempo!

