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Soy de la prehistoria del periodismo mexicano y me retiré por completo antes de que la modernidad me alcanzara

Periodistas que se venden al mejor postor, y son inmensamente ricos y corruptos

Bolivar Hernandez*
El Progreso, la modernidad, el avance de la ciencia y la tecnología, juntos han producido un cambio social y económico de gran calado en el mundo entero.
Quiero referirme ahora a la desaparición de muchos oficios, vigentes en el siglo XX, y que hoy han desaparecido en forma silenciosa.
Es el caso de lustradores de calzado, voceadores de periódicos, afiladores de cuchillos, carboneros y vendedores de ocote. Los evangelistas, personas dedicadas a escribir para otros; merengueros, vendedores de correosas, vendedores de pájaros, lecheros a domicilio, telegrafistas, linotipistas, hierberos, peluqueros al aire libre, panaderos en bicicleta, caricaturistas callejeros, vendedores de jarciería , zapateros remendones, herreros, carpinteros, vendedores de leña seca, adivinas que leen la mano, y un largo etcétera.
Cuando estudiaba la secundaria en Guatemala
Era obligatorio obtener un certificado de mecanografía y de taquigrafía. El curso de capacitación duraba tres años.
Yo aprendí ambas cosas, y también ya las he olvidado por completo. Cuando era adolescente, era un chico cumplido y ordenado. Aprendí mecanografía y escribía con rapidez y eficiencia y con los diez dedos.
El examen para obtener el ansiado diploma de mecanografía, consistía en escribir con rapidez, usando todos los dedos y con los ojos vendados. ¡Y lo hice muy bien!
Aprender mecanografía me sirvió bastante en mi vida estudiantil universitaria, ya que pude escribir los ensayos y hacer las tareas con rapidez, en una máquina portátil marca Olivetti.
Y muchos años después me dediqué al periodismo y la mecanografía me salvó la vida. Escribía velozmente, pero ya usando sólo dos dedos, los índices. Esto lo aprendí de mi maestro de periodismo, Miguel Ángel Granados Chapa, quien era un diestro en la mecanografía con dos dedos.
En el primer periódico que trabajé, en los años 80
Fue en el Unomásuno y, posteriormente, en La Jornada, del cual soy socio fundador. En ambos diarios usábamos unas máquinas mecánicas marca Remington, con doble y triple hoja y en medio, los papeles carbón. Usábamos un corrector líquido blanco para tapar errores de dedo.
Durante los diez años que ejercí el periodismo activo tuve que usar las máquinas mecánicas, hasta que aparecieron las máquinas eléctricas IBM.
Soy de la prehistoria del periodismo mexicano y me retiré por completo antes de que la modernidad me alcanzara. No había Wikipedia, ni Google, ni nada de eso. Solo disponía de una buena enciclopedia española y de un buen diccionario Larousse para elaborar los editoriales a nombre del diario.
Una anécdota peculiar
En todos los diarios, había unos chicos o chicas que eran ayudantes de los redactores y se les denominaba huesos; ignoro el origen de ese término, pues muchos huesos, sin embargo, llegaron a hacer periodismo como reporteros o redactores, cuando su trabajo inicial era solo de llevar y traer cosas, y servir café a todo el mundo. Desconozco si en los diarios actuales hay o no hay huesos.
No tengo nostalgia del pasado, solo reseño lo que viví de niño, adolescente y de adulto en mi sociedad y anoto lo que ya no existe.
En la era digital procuro estar al día, no en la vanguardia, pero me resisto a pasar a formar parte de los analfabetos digitales, que son aquellos que renunciaron a incorporarse a la era digital de manera voluntaria. Y, por supuesto, no tienen computadoras ni correo electrónico, ni Facebook, ni nada.
Mis asesores digitales son mis nietos pequeños, que ya nacieron con una computadora integrada a sus cunas.
*La vaca filósofa.
Fotos: Pixabay/MrsBrown
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