abril 23, 2026

“Soy inocente, no tuve nada que ver con las deserciones de mis alumnos jesuitas”: El ‘Padre’ Boli

“Soy inocente, no tuve nada que ver con las deserciones de mis alumnos jesuitas”: El ‘Padre’ Boli

 

En múltiples ocasiones, algunas personas me confunden con un sacerdote. Incluso me han llegado a besar el anillo en señal de respeto.

Bolivar Hernandez*
Pienso ahora que eso obedece a mi cercanía y amistad con curas progresistas y por eso uno termina mimetizándose con ellos, en gestos y maneras de hablar pausadamente.
Es muy sabido por todos ustedes que soy un ser agnóstico, un libre pensador, pero respetuoso de las creencias de los demás.
En mi dilatada carrera de antropólogo de campo especializado en el medio rural indígena y campesino, tuve que tratar con los líderes de las comunidades regionales como son tanto con las autoridades civiles y militares como las eclesiásticas.
Tuve una profunda amistad con el cura de Venustiano Carranza, Chiapas, don Adolfo Suárez. Un sacerdote progresista y comprometido con los pobres, practicante de la teología de la liberación. Después fue nombrado como arzobispo de Monterrey.
Cuando me casé por primera vez
Le pedí a don Adolfo Suárez que él fuera el encargado de oficiar la misa que consagrará mi matrimonio con Shoko Doode, mi compañera y colega antropóloga.
Aunque la petición mía era insólita porque deseaba casarme en una biblioteca particular de un amigo erudito, y para ello hay que solicitar un permiso especial ante la Arquidiócesis de la Ciudad de México.
Y se pudo obtener ese permiso y nos casamos en una biblioteca y con la bendición de un obispo.
Durante los 50 años que enseñé en la Universidad Iberoamericana en CDMX
Universidad jesuita, por lo que mi trato con los jesuitas fue muy estrecho porque son personas preparadas y de mente abierta. Los jesuitas eran profesores o bien, eran estudiantes de antropología o de filosofía.
Caminaba como ellos, con las manos entrecruzadas en la espalda, marchando en forma pausada, y con una sonrisa en los labios. Siempre en compañía de estos curas amigos.
Hubo en México una comunidad de jesuitas centroamericanos en Copilco, muy cerca de  Ciudad Universitaria, donde asistía con regularidad a conversar con estos jesuitas jóvenes procedentes de toda Centroamérica.
Estos chicos eran estudiantes de antropología en la Ibero. Mis alumnos.
Sucedió que a lo largo del transcurso de la carrera de antropología, estos jesuitas jóvenes decidieron irse de la Compañía de Jesús, e incorporarse a la vida laica.
Para entonces estaban todos ellos recluidos en Río Hondo, el colegio jesuita más importante. Ahí tuve el privilegio de conocer y conversar con el General de la Compañía de Jesús en todo el mundo, el jesuita vasco Pedro Arrupe. Un personaje encantador con un humor exquisito.
Luego de la deserción de los jóvenes jesuitas estudiantes de antropología, fui citado a rectoría de la Ibero para conversar con el rector .
Me insinuó el rector Meneses que por mis ideas comunistas estos desertores de la Compañía de Jesús, habían colgado las sotanas, e inclusive algunos de ellos se habían casado ya.
¡Soy inocente , lo juro! ¡No tuve nada que ver con esas deserciones de mis alumnos jesuitas!
Mis contactos con curas en la Ibero incluía a curas de otras congregaciones, como eran los franciscanos. ¡Total , era yo uno más entre ellos!
En los pasillos de la enorme universidad iberoamericana
Que yo transitaba a todas horas, me encontraba a diversos estudiantes de otras carreras que, sin conocerme, me decían: buenos días, o buenas tardes, padre Bolivar.
Me hubiera encantado haber sido un jesuita. Tengo la vocación de servir a la causa de la educación. Igual que ellos.
Aparte, hubiera tenido la vida asegurada, con casa, comida, ropa, estudios, todo gratis.
De todos los votos que deben acatar los jesuitas, que son estos: voto de castidad, voto de pobreza, y voto de obediencia al Papa. Solo podría cumplir con uno solo de ellos.
Nunca tuve que aclarar a nadie que yo no era el Padre Bolivar. Soy el padre de la patria por el número de hijos que tuve. ¡A mucha honra!
Jamás me agradó la idea de hacerme la tonsura, ese hueco rapado en la coronilla, ni tampoco usar los cilicios, ese látigo para castigar el cuerpo cuando surge el deseo de la carne. ¡Dios me libre de eso!
Todo lo que acabo de relatar es porque este domingo 6 de junio caminaba lentamente y un par de señoras mayores que venían en sentido contrario me dijeron : Buenos días, padre.
Y si tengo cara de cura, ¡no tengo yo la culpa!
Foto: Pixabay

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