Bolivar Hernandez*
El título de la novela de Marcel Proust, es En busca del tiempo perdido, publicada en 1913, en varios tomos, los últimos dos en forma póstuma. Es la gran novela sobre el siglo XIX.
Tengo la costumbre inveterada de tomar café sentado en una terraza, al aire libre, viendo gente pasar, y conversando con mis amigos; cosa que practico en forma asidua y con gran deleite.
Debo añadir que el ritual del café en la calle, tiene la particularidad de consumir varias horas de mi tiempo.
Es el ocio productivo que combina el arte de la conversación, la práctica de la observación de la vida cotidiana, la lectura de un buen libro, y el consumo de varias tazas de café exprés.
Este hábito mío de pasar varias horas dentro de un café, al aire libre, no ha sido del agrado de mis esposas, amantes, y tampoco de mis familiares más cercanos.
Todos ellos coinciden que es una absoluta pérdida de tiempo, muy lamentable. Cuando, en su momento , me hicieron el favor de acompañarme al café, su permanencia a mi lado no excedió jamás de los primeros quince minutos, y se largaron con prisa.
Desde hace mucho tiempo, cincuenta años quizás…
Adopté, como estilo de vida, la vida lenta. Esto consiste en caminar despacio, comer despacio, hacer el amor despacio, y conversar pausadamente. Es una forma encubierta de rechazo a la vida apresurada de las sociedades urbanas, en las cuales las prisas dominan a sus habitantes; todo el mundo corre sin saber por qué.
Tengo muy pocos amigos, y con la pandemia he perdido algunos, por lo que mi vida se convierte ahora en una vida solitaria, en la cual he perdido, irremediablemente a los interlocutores valiosos que tuve en el pasado.
El arte de la conversación ha decaído abruptamente, nadie charla porque no saben hacerlo. O prácticamente hablan solos, no escuchan, y preguntan y se contestan solos. La palabra diálogo, no existe en su vocabulario. Quizás ésta es hoy mi tragedia personal, la falta de interlocutores válidos e interesantes.

El ritual de tomar café
Consiste también en la lectura de todos los periódicos de la ciudad. Antes también era obligatorio para mí leer todos los días el periódico español El País, y resolver el crucigrama complicado para sus lectores más agudos e inteligentes.
Un día no muy lejano, dicho diario dejó de imprimirse en México, y yo padecí mucho por ello. Hoy lo leo cotidianamente en mi IPad. ¡No es lo mismo!
Durante algunas estancias en Europa, mantuve mi sempiterna afición por las terrazas de las cafeterías de Madrid, Paris y Roma, y beber un rico café exprés y leer las ediciones en español de tan afamado rotativo ibérico. Siempre en solitario cuando viajo, porque nadie soporta mis raras costumbres de perder el tiempo frente a una taza de café.
Mis acompañantes prefieren visitar tiendas, mercados y boutiques de moda. Yo no soy consumista, soy comunista, que no es lo mismo.
En Europa, principalmente, los cafés antiguos albergan a nutridas tertulias en las que se dan cita, periodistas, escritores , poetas y también intelectuales, y se pasan horas charlando de todo.
Yo quise revivir ello en México, pero dicha costumbre de reunirse en cafés emblemáticos de la capital mexicana, y charlar horas y horas, se perdió hace muchos años.
Y junto con un grupo grande de poetas de la Ciudad de México, avecindados ahí aunque son provincianos, dicho esto sin ánimo discriminatorio alguno, fundamos La Tertulia, con sede en el famoso Café Regina del centro histórico de la CDMX.
Cada semana nos reuníamos ahí a leer poesía, escuchar música en vivo y disfrutar algunos fragmentos de obras de teatro. Esta iniciativa, golpeada por la pandemia, se suspendió por casi dos años, y volvió a ponerse en marcha nuevamente a finales del 2021.
Muchas anécdotas
Sucedieron en los cafés que frecuentaba en la Ciudad de México. Primero fui asiduo cliente de la cafetería La Selva, en la Condesa, primer productor de café orgánico producido por una cooperativa campesina de Chiapas. Y luego, después del fracaso de este proyecto, apareció el Café Toscano, en la Condesa también.
Al café La Selva iba con mi nieta Camila, recién nacida, a escondidas de mi hija que estaba en la escuela todavía, y la llevaba metida en un canguro, junto con una pañalera con biberones. Fui un abuelo muy joven, por cierto.
También en los cafés de la Condesa conocí mucha gente. Algunos pacientes de mi práctica psicoanalítica, y amantes ocasionales. Era un soltero, libre, y con ojo alegre, fui todo un personaje urbano; primero en Coyoacán en el Café El Parnaso y luego en la Condesa, y finalmente, en el centro histórico de la Ciudad capital.
Soy un hombre de la calle, un vagabundo ilustrado, un hombre curioso y observador crítico de la sociedad donde vivo.
Padezco vivir en la finca donde habito ahora
Porque no hay cafés al aire libre en la capital guatemalteca, aunque si hay cafés con terrazas interiores en jardines cerrados. ¡No es lo mismo! Y los periódicos locales solo sirven para envolver fruta y que madure ahí a buen resguardo.
No hay periódicos que investiguen la realidad nacional, la prensa nacional sirve a los intereses de las clases dominantes del país.
Solo hay un diario con denuncias de la corrupción galopante, El Periódico, pero asfixiado financieramente por falta de publicidad pública y privada.
En Guatemala, tierra de buen café de exportación, y no tiene opciones para disfrutarlo al aire libre. Este es un reclamo de un viejo lobo de Marx, que pide imposibles.
¡Hasta pronto desobedientes que quieren un mundo mejor para todos!, que no se quedan de brazos cruzados viendo pasar la vida.
*La vaca filósofa

