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Soy un niño viejo, curioso, incansable y vagabundo

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Bolivar Hernandez
Mi vocación de vagabundo comenzó desde muy pequeño, quizás tendría yo unos cinco años, cuando en un arranque de furia avisé a mis padres que me iba a vivir a El Salvador; imaginaba que era un país muy lejano con respecto a Guatemala.
En retrospectiva, puedo afirmar que las razones de mi partida del hogar paterno, que sí la hice efectiva pues empaque algo de ropa y salí de casa muy decidido a largarme; obedecía ese arranque infantil a que mi madre se embarazaba cada año, y yo estaba muy disgustado con ella por ser tan fértil.
Yo fui el rey del hogar como hijo mayor muy poco tiempo, ya que apenas había disfrutado de un año de reinado cuando apareció mi hermano Julio. Inmediatamente después, aparecieron mis tres hermanas menores.
Mi infancia temprana transcurrió entre la ciudad de Guatemala y el pueblo natal de mi padre, Cuilapa, un pueblo pequeño del oriente del país a solo 60 kilómetros de la capital.
Yo iba y venía de un lado al otro con mi madre, y me depositaban en el pueblo paterno bajo el cuidado de ese enorme matriarcado.
Me acostumbré a vivir en forma separada de mis padres y hermanos, como un falso hijo único.
Una vez establecido en la Ciudad de Guatemala
Asistía a la escuela cercana a casa, iba caminando solo; y en los festivales anuales dedicados a la madre, ella nunca asistió, debido al cuidado de sus hijos menores. Al principio, mis expectativas eran altas, pensaba que vería a mi madre entrar por la puerta de la escuela, y eso nunca sucedió. En esa época, aprendí a no tener expectativas de nada y de nadie.
Viví mi infancia en la Residencia Universitaria, de la cual mi padre era el director, y mi madre la ecónoma. Esa Residencia Universitaria estaba en el centro histórico de la Ciudad de Guatemala, muy cerca del Paraninfo y de la escuela de medicina de la USAC. Mi domicilio estaba situado en la 12 calle, entre 3a y 4a avenida de la zona 1.
Cuando cumplí seis años, opté conscientemente en explorar el mundo de afuera, ya que el mundo doméstico era pequeño y aburrido para mi, la opción de permanecer en casa era jugar con mis hermanitos, asunto que detestaba enormemente.
Aunque ocasionalmente, cuando estaba en la Residencia Universitaria, conversaba con los estudiantes ahí alojados, pláticas de adultos, y jugaba ajedrez con ellos. Esto sucedía con poca frecuencia porque los estudios demandaban mucho tiempo a estos jóvenes universitarios.
Me asomé a la calle
Pude observar que un mundo nuevo por descubrir me invitaba a conocerlo. Y salía a vagar todas las tardes, después de volver de la escuela primaria donde fui un buen estudiante, listo y curioso. En Guatemala, la educación primaria se iniciaba a los ocho años cumplidos, y sin embargo tuve compañeros en la primaria que tenían 15 años. Ese misterio nunca pude aclararlo.
En mi casa paterna, la Residencia Universitaria, nunca se notó mi ausencia cotidiana. Nadie me preguntaba ¿adónde vas, de dónde vienes, o adónde fuiste? Eso era una enorme alegría el pasar desapercibido ante la mirada de mis padres.
Gastaba los zapatos con mucha frecuencia, debido a mis largas caminatas por toda la ciudad, capital pequeña en los años 50, fácilmente recorrible, y sin peligros para un niño chico como yo.
Vienen a mi memoria los zapatos rotos de las suelas, a los cuales les metía un trozo de cartón para tapar los agujeros.
Caminé en dirección a los cuatro puntos cardinales, sin peligro de perderme o de olvidar el camino de regreso a casa. Conocí toda la capital caminando, sin parar. Desarrollé un agudo sentido de la orientación, nunca me he perdido en ninguna parte del mundo; ya que estudio los mapas urbanos y me ubico con mucha facilidad.
Fui un niño feliz en la calle, ya que fue una aventura llena de sorpresas y alegrías, y siempre caminé solo en mis aventuras.
En el año de 1954 tuve que salir precipitadamente de Guatemala hacia México como exiliado.
En la enorme Ciudad de México continué mi aventura de un niño vagabundo, un niño en la calle. Pero esa es otra historia.
Soy un niño viejo, curioso, incansable y vagabundo. Soy un enfermo de nostalgia en cualquier parte del mundo, y suelo volver a los sitios donde fui feliz de niño, de adolescente y de adulto.
Cada vez que me lo propongo, visito el centro histórico de la ciudad de Guatemala, salgo de la finca donde vivo actualmente, e incursiono por aquellas veredas recorridas en mi infancia y vuelvo a ser dichoso.
¡Hasta pronto, desobedientes!, que dejaron el hogar paterno a temprana edad como yo. Y que valoran la libertad de movimiento y mantienen la curiosidad por conocer todo su entorno y más allá.
*La vaca filósofa.
Fotos: Pexels/Tumisu
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