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Todas ellas, sin temor, sin recato y sin pudor, tan desnudas como yo, mirando al cielo, entregando su esplendor

Claudio_Scott en Pixabay

playa, arena, mar

 

Descubrí algo; lo hice.

Entre ola y ola, de entre mí…

Me dispuse a mirarle, y mirándole, fue que lo hallé: tumbada en su regazo ardiente y color marrón, tocada de sol, tentada de espuma, un brillo inmenso y precoz surgía de entre la cornisa del adiós.

Un puñado de las más finas piedras, bailoteando entre agua de sal y espuma de arena, se deslizaban traviesas sin querer decir un adiós por cada rinconcito.. 
Todas ellas, sin temor, sin recato y sin pudor, tan desnudas como yo, mirando al cielo, entregando su esplendor. 

Era una línea muy bella que resplandecía mientras el mar orgulloso de ser varón, fingía despedirse sin la calma que tan esplendoroso encuentro, ameritaba.

Caprichosas y ansiosas, se precipitaban unas tras otras en un ritmo sin igual, con la ansiedad de alcanzar a ese primer amor que se despide del encuentro acordado, sin que llegues a la cita; corriendo tras él, gritándole agitadas y ansiosas…
Risueño, regresaba una vez tras otra, con el mismo ritual, bajo la misma danza: él a irse con prisa, ellas a tocarlo por última vez.

Y viéndoles, es que recordé…

Un gran amor, una mirada, el brillo de un beso sin dar, las ansias de un tacto, el esplendor de un palpitar mientras me recorres.

No pude evitarlo. Recordé.

Y terrible sería de no poder hacerlo, de negarme regresar el tiempo en mi mente cuantas veces lo necesite mi cuerpo, estos deseos inquietos, cuantas veces lo pida mi alma.

Hoy me distingo en esa línea de un vaivén celestial que vive en mí, que se arropa entre mis pensamientos.

 

Queda todo y aún tengo nada, pero quiero más…

Siempre más…

Foto: Claudio_Scott en Pixabay
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