Bolivar Hernandez*
Un dandy es un arquetipo de persona muy refinada en el vestir, con grandes conocimientos de moda, proveniente de la burguesía, con una fuerte personalidad y poseedora de nuevos valores como la sobriedad.
Esta corriente masculina surgió a finales del siglo XVIII, tanto en Londres como en Paris, una actitud europea. El dandismo fue recreado en el cine europeo y estadounidense, durante el siglo XX.
En varias ocasiones, algunas personas desconocidas que me encuentro en restaurantes y en actividades sociales y culturales, me han dicho: Usted es un Dandy.
Toda la vida me ha gustado vestir bien. Sin embargo, mi época de estudiante fue muy precaria en lo económico, y vestía con decoro pero modestamente; y mi otra pasión que fue por los zapatos tuvo que esperar muchísimos años.
He contado en otras de mis historias que tuve una infancia con zapatos rotos de tanto caminar por las calles de la ciudad donde transcurrió mi niñez. No me quejo, tuve ropa nueva en cada navidad, y zapatos también; juguetes no, y eso que no jugué fútbol para acabar los zapatos con celeridad.
Mi progenitor me enseñó a reconocer la calidad de los casimires ingleses para confeccionar mis primeros trajes formales. En esos años de infancia en Guatemala, el importador de tales trajes era Don Saúl Méndez, un sastre prestigiado amigo de mi padre.
Tuve una larga temporada ataviado como antropólogo
Camisas de manta con bordados indígenas al frente, pantalones de mezclilla, lona, huaraches, sandalias , o botas mineras, paliacate, pañuelo, rojo, en el cuello, sombrero de palma, y el infaltable morral artesanal, o la mochila de cuero crudo, colgada al hombro.
En mis primeros años como un joven profesor universitario, mi vestimenta cambió radicalmente, obtuve camisas finas de Pierre Cardin, en colores suaves como blancas o celestes.
Cuando ingresé a laborar en la Presidencia de la República, tuve que usar trajes y corbatas, nunca lo había hecho antes. Ahí formé una colección de corbatas italianas preciosas, de esas que utilizan los arquitectos famosos.
Al formar parte del personal diplomático en Chile, el uso era obligado de trajes de casimir y corbatas finas, además de abrigos de lana para soportar el intenso frío otoñal e invernal de Chile.
Un capítulo aparte merecen los zapatos
Siendo mi pasión íntima, por eso me hice de una colección de botines marca Florsheim. Actualmente, uso unos botines italianos muy elegantes, que son como guantes en mis pies. Y por supuesto, calzó unos tenis Converse, negros, para admiración de propios y extraños.
Toda mi indumentaria está bordada con mi nombre o mi inicial, camisas y sacos. Elegí un tipo de letra de un alfabeto cursivo. Sumamente elegante y sobrio.
Y el calor tropical y húmedo obliga al uso de atuendos masculinos muy casuales o sport. Por ejemplo, short, bermudas, playeras sueltas con imágenes de productos estadounidenses en el frente, o de plano con logos de empresas multinacionales. Chanclas, crocks, tenis , son los preferidos , eso sí sin calcetines. Nadie usa suéteres o chamarras, chumpas, por el clima tropical imperante. Menos aún sacos, trajes o abrigos, salvo los burócratas.
El uniforme masculino puede ser obligadamente, camisas de manga corta, con telas de cuadritos, y se usan sueltas, nunca fajadas. Utilizan camisas llamadas “polo” en colores con tono pastel. Tengo la sensación que visten como vaqueros texanos, con hebillas metálicas muy grandes en los cinturones. Las botas pueden ser vistas en muchos hombres, de piel de víbora o de piel de búfalo.
No encajo en lo absoluto en los atuendos masculinos de este país. Llamo poderosamente la atención de hombres y mujeres por mis atuendos elegantes: camisas de lino blanco, con cuello mao, sacos azul marino, pañuelos de colores vivos en el cuello, y zapatos italianos o tenis finos.
Cuando hago la entrada en sitios muy concurridos, restaurantes o en actos culturales, la gente me mira con azoro y cuchichean, y no dejan de verme de reojo. Algunos atrevidos me inquieren: Usted, de dónde es?
Las damas dicen: ¡Qué elegante es usted!, ¿no es de aquí, verdad?”.
Quizás el motivo de la gran curiosidad que despierto en muchos seres que habitan en esta finca-país, es que invariablemente ando solo y tengo una sonrisa en mi rostro; amén que me dedico a escribir en todos los sitios donde estoy comiendo, en forma concentrada.
Nunca he querido ser como los demás, como es todo el mundo, al contrario quiero ser singular, distinto, y genuino. Eso lo dispuse así, desde que era un chiquillo mocoso.
Hasta pronto desobedientes de los cánones del mal vestir. La elegancia no es cuestión de tener mucho dinero, es un asunto de buen gusto, de haber viajado y de haber visto mucho cine europeo. ¡Así de simple!
*La vaca filósofa.
