La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos: Antonio Machado
A través de su testimonio, Oscar buscaba, por un lado, desahogar todo el estrés y dolor que cargaba, al ver deteriorada su salud y estilo de vida, como un joven común, de 34 años. También buscaba reconocer el esfuerzo de su madre, hermanos y familia que estuvo junto a él, hombro con hombro, apoyándolo en materia económica, moral y con amorosos y pacientes cuidados.
También, agradecer a excelentes trabajadores de la Salud del IMSS, médicos, enfermeros y camilleros con gran calidad humana y profesional, que luchan con su conocimiento y expertis para ayudar a cada paciente a recuperar su salud.
Sirva también, este texto, como un reproche a aquellos doctores que me han hecho sentir como un estorbo, que poco se han preocupado por mi bienestar y el de otros pacientes; que no respetan el Juramento Hipocrático, de:
Desempeñar mi arte con conciencia y dignidad. La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones. Respetaré el secreto de quien haya confiado en mí. Mantendré, en todas las medidas de mi medio, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica.
Mi relato:
Me llamo Óscar Jhovanny Amaro Ortega, estudié la licenciatura en Historia Contemporánea, en la UNAM. Mi vida había transcurrido como la de cualquier otro joven. Sin embargo, el 8 de enero del 2020, fui intervenido, porque me quitaron un tumor Schwannoma vestibular derecho (es un tumor poco frecuente no canceroso y, por lo general, de crecimiento lento que se forma en el nervio principal, que va del oído interno hasta el cerebro).
Mi problema es genético. Sin embargo, con una estupenda intervención por médicos del IMSS, y una intensa rehabilitación, comandada por mi madre, la señora Mónica Ortega, en tres semanas, su servidor, se había recuperado. Mi vida volvió a tomar su curso normal. Trabajar, disfrutar con mi familia y amigos, leer y gozar plena y sanamente de la vida.
En noviembre del 2021, empiezo con raros vértigos y síntomas de hipertensión. Me envían a radioterapia, pero me piden una resonancia magnética reciente. En enero pasado, acudo a una cita con el neurocirujano, quien me indica que el tumor cerebral, había crecido nuevamente. Lo que debía aumentar en una década, sucedió en dos años.
El experto me indica que debo operarme. Empieza entonces mi calvario.
Como el IMSS no es, precisamente, una institución de salud, como en Dinamarca, como se jacta el Señor Presidente, debo esperar no sólo días, sino semanas enteras, para ser atendido en la institución.
En marzo, recibo otra tremenda noticia: Independientemente del tumor, padezco hidrocefalia. En abril, ante la falta de espacio para que me realizaran mis estudios en el Instituto, pago unos estudios urgentes en laboratorios particulares.
La hidrocefalia está provocando añicos en mi salud, ya no puedo sostenerme en pie, tengo que usar andadera y, luego, silla de ruedas. ¡Ya no puedo caminar! Era urgente me colocaran una válvula para extraer el agua de mi cerebro. El tumor, deberá esperar.
Finalmente, me operan el primero de mayo pasado, donde me colocan una válvula. El lunes 2, sin avisar a mi familia, el Seguro Social me da de alta y regreso a casa. Me piden que, a finales de mes, me presente con el neurocirujano. Después me indican que en mes y medio más va a realizarse la operación, para extraerme el tumor.
Que no acuda al hospital La Raza, que ellos me llamarán. Empero, nunca me marcan. El tumor sigue creciendo y mis síntomas se complican cada vez más. Al grado de que ya no puedo masticar ni pasar más la comida. Es más, ya ni siquiera puedo beber agua, ¡Me ahogo, con cada sorbo que doy!
En silla de ruedas, acudo el 20 de julio a consulta externa del nosocomio citado y pregunto: ¿Qué pasó con mi cirugía?
La respuesta me deja helado
¡Hay mucho trabajo, debo esperar dos o tres semanas más! Y, nuevamente, me dicen que ellos me marcarán. Llega el mes de agosto y, como mis estudios ya no estaban vigentes, debo empezar, otra vez, con los estudios preoperatorios. Una vez más, había qué esperar.
A principios de septiembre, me avisan que acuda a cita porque finalmente seré operado. Pero, al día siguiente, me la cancelan, porque había muchas urgencias. Yo me preguntaba: Bueno, ¿Acaso el tumor pegado al tallo cerebral no es una urgencia para ellos? La respuesta fue dura: ¡No, porque no estás hospitalizado!
Para entonces, mi habla ya no se entendía, ya no podía alimentarme, ni siquiera con papilla, ya no pasaba agua, ya no caminaba.
¡No me di por vencido!, gracias a la fuerza de mi madre, infatigable; ella me hacía seguir adelante. Para un enfermo, el ver que los caminos se cierran es letal. Nuestro sistema inmunológico se cae y la enfermedad, cualquiera que sea, lo aprovecha.
¡Ánimo, saldremos adelante!, me repetía sin cesar mi madre.
El día 6 de septiembre me avisan que debo presentarme al día siguiente en La Raza, en el sexto piso de neurocirugía. El día 8, todo está listo para mi operación. Pero me la cancelan, nuevamente, porque había una urgencia. ¡Otra, no la mía!
Con el catéter central de acceso venoso puesto, ordenan que regrese a casa. Y que regrese la próxima semana, para que ahora sí, me operen. En las condiciones en las que estoy, mi madre se niega a que retorne a mi hogar.
Los médicos, con desdén, le dicen que: Si yo quiero, me quede, pero que pescaría una infección, pues en el nosocomio hay muchas bacterias.
Una semana más y el 14 de septiembre, vuelven a programarme para entrar al quirófano. Pero, una vez más, se cancela por falta de personal y de medicamentos. Puntual a la operación estaban los magníficos doctores Alexiandre Betanzos y César Elías, pero indican a mi madre que, bajo esas condiciones, no pueden realizar la intervención.
Mi madre intenta interponer una queja en el hospital por la falta de personal y de medicamentos, pero le argumentan que para qué poner quejas, pues éstas tardan tres o cuatro días en llegar al área correspondiente. Que al final de cuentas, nuevamente está programada, mi cirugía.
El 21 de septiembre pasado, a las 15:50 horas, finalmente entré a quirófano
Es hasta las 04:30 am que mi madre es informada que fue un éxito la operación. Que el tumor había crecido demasiado y se había enredado en el tallo cerebral y había atrapado ya los nervios centrales bajos, que son los que controlan la respiración, el masticar, pasar los alimentos, el caminar y la vista.
Que me quitaron lo más posible y que, ahora, entraré a cirugía general, para que me realicen una Traqueotomía, para que pueda respirar. Finalmente, salgo a las 06:00 am y fui enviado a piso.
Desperté el 23 de septiembre; un día después, me retiran el tubo y, como si fuera un rompecabezas, empecé a sentir lentamente cada parte de mi cuerpo. El día 27, me vuelven a programar para una Endoscopía, ponerme una sonda y ser alimentado a través de ésta.
Pero hay malas noticias…
El gastroenterólogo indica que no soy candidato para ello, pues padezco hernia hiatal y una úlcera. Mi tráquea está totalmente quemada, producto de tantos medicamentos. Me programan entonces una yeyunostomía (permite colocar una sonda alimentaria en el intestino delgado) para poderme alimentarme. Y con ella, sigo hasta el momento y continuaré por un tiempo más.
El 3 de octubre me vuelven a intubar, me ponen ventilador y me mandan a piso. Despierto con mucho dolor, pues dice mi madre que no me aplicaron nada para contrarrestarlo. Al ver mi tremendo malestar, la solución fue colocarme, en el suero… ¡paracetamol!
Obviamente, el dolor no cedió, así que me inyectaron otro medicamento en el brazo, que apaciguó el malestar, pero no mermó el dolor. Posteriormente me colocan en el suero otro medicamento, donde yo sentía asfixia. Una enfermera incorpora mi cabeza y me dice que me tranquilice, que mi dolor pasará. Al final de cuentas, me quedé dormido. Pasan varios días…
Al despertar, empieza otro calvario
Debo dejar ya, el hospital La Raza, porque, para los médicos, terminó su trabajo y debo irme al hospital de zona. Llega una ambulancia, pero los paramédicos se niegan a trasladarme, ya que la unidad no cuenta siquiera con oxígeno. Y en mis condiciones, con una traqueotomía y una yeyunostomía, el traslado puede comprometer mi vida. La ambulancia se va y casi a la medianoche, con mucho frío y una fuerte lluvia, llega otra unidad médica, para ser enviado a urgencias de mi hospital de zona.
Mi madre se niega a que deje el nosocomio, ya que en el otro hospital no hay admisión continúa y, los paramédicos, sólo me dejarían en una camilla, en la entrada de urgencias. Además, yo empiezo a tener muchas flemas, que casi me ahogan.
Ante la negativa de mi madre, inicia un sistemático acoso en su contra, para que yo deje el Hospital La Raza. Ella solicita que llegue la ambulancia temprano, no a medianoche, ni habiendo un clima gélido. Posteriormente, arriba una ambulancia, pero, dadas mis maltrechas condiciones, los paramédicos se niegan a trasladarme, a menos de que vaya un médico durante el trayecto, pues estoy en condiciones delicadas.
Durante unos días más permanezco en el hospital, sin que mi madre sea acosada para que abandone el lugar. Pero regresa el hostigamiento. Ella les explica que ante tanta flema, requiero la atención de un neumólogo y que el hospital de zona no tiene dicha especialidad.
Le espetan que entonces me lleve a mi casa, porque urge que deje el hospital. Sin más, me vuelven a dar de alta. Pero en la Unidad de Medicina Física y Rehabilitación Centro Hospital Colonia, donde iba a consulta, me rechazan, ya que, según mis estudios de laboratorio, no estoy en condiciones saludables.
Presento datos de taquicardias, infección de colocación de yeyunostomía, con datos de infección uretral y edema genital, aunado a la presencia de catéter venoso central.
Al regresar al hospital La Raza, se niegan a recibirme en Neurocirugía
Es el doctor Carlos del Río quien arguye me fui por alta voluntaria, pero ni mi madre ni yo firmamos nada.
Debo dejar el hospital, pues ya no tengo cama.
Siendo las 8 de la noche, del 27 de octubre, mi madre se dirige a la Subdirección Médica y platica con la doctora Deborah Adalí, con gran atención la escucha y con gran calidad humana, nos apoya en que me atiendan. Ahora, en Admisión Continua y me suban al séptimo piso, a Medicina Interna.
Ahí, en forma multidisciplinaria, empiezan a tratarme el urólogo, neumología y cirugía general, con el fin de que desaparezcan las infecciones y quitarme el catéter central venoso. Empiezo un nuevo tratamiento.
El día 7 de noviembre, nuevamente me dan de alta
Mi madre solicita mis laboratorios que me piden en la Unidad de Medicina Física y Rehabilitación Centro Hospital Colonia. Dichos estudios son revisados por la afable doctora Merced Carmona Munguía, quien señala que aún presento leucocitos altos y que deben realizarme nuevos laboratorios. O, en su defecto, concluir esquema de antibióticos.
Un día después, mi madre presenta al doctor Luis Francisco Pineda el reporte del Hospital Colonia, pero él, descortés y burlón, le dice que el esquema de antibióticos, ya terminó.
Que todos los pacientes que tienen sonda, tienen infección en las vías urinarias y que me debe llevar la hospital de zona o a mi casa. O que me deje ahí, para que pesque alguna infección, pues al fin hay muchas bacterias.
Mi madre le insiste que solo me hagan nuevos laboratorios, para que sea aceptado en el hospital de Rehabilitación.
Pasaron varias horas para que un médico le dijera a mi madre que realizarían nuevos laboratorios y unos rayos X de tórax.
Al día siguiente, con otra actitud, el doctor Pineda comenta a mi madre que me harán placa de rayos X, laboratorios, rastreo de yeyunostomía y vendrá neumología a revisar la traqueotomía, también cirugía general y urología, para ver la sonda en vías urinarias.
Curiosamente, ese día estuvo en el Hospital La Raza, una persona que se identificó como de inspección de la Central y preguntó a mi madre, ¿Cómo estaba siendo atendido?
El lunes 14 de noviembre
Mientras mi madre se encontraba sacando una cita en la Unidad de Medicina Física y Rehabilitación Centro Hospital Colonia; en La Raza, le dijeron a mi hermano David, quien en esos momentos me cuidaba, que me iba de alta, cuando yo lo que esperaba eran los resultados de los estudios prometidos.
Nuevamente comienza el acoso, que me debo ir. Al regresar mi madre, la traen de piso en piso y de oficina en oficina, buscando autorización para que yo pueda permanecer unas horas más en el nosocomio.
Parece que al doctor que dijo llamarse Alejandro Rojas, le fue divertido que mi pobre mamá, una vez más, limosneara permisos para quedarme un día más.
Por fortuna tuvo la siempre afable y comprensiva atención de la doctora Deborah Adalí. Yo sigo ocupando la cama 722 hasta el miércoles 16 de noviembre, cuando voy a consulta en la Unidad Colonia, donde espero, ahora sí, pueda seguir con mi anhelada rehabilitación. Ya lo dice mi madre: ¡Eres un guerrero, Oscar Jhovanny! ¡Y sí, lo soy!