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Un hombre negro, es un blanco perfecto en la nieve

Un hombre negro, es un blanco perfecto en la nieve

 

Bolivar Hernandez*

Me sucede como a Aureliano Buendía, en la novela Cien años de soledad, del gran Gabriel García Márquez, que recuerda con nostalgia cuando conoció el hielo.

 

Desde niño por mis lecturas supe de la existencia del abominable hombre de las nieves que habitaba en las cumbres nevadas del Himalaya, en el Tíbet. Nunca he creído en ninguna de esas historias fantásticas y mitológicas como la del Hombre de las Nieves o la del monstruo del Lago Ness, en Escocia.

Son relatos fantasiosos de algunos montañistas o exploradores. Que luego se convierten en leyendas.

 

El Yeti de los Himalaya

Ése que dejaba impresas sus enormes huellas sobre la nieve, era en realidad un tremendo oso de esa región.

 

Y el monstruo del Lago Ness que no era un dinosaurio gigante sino una anguila enorme, estuvo atemorizando a los lugareños por varios años.

 

Nací en México y me críe en Guatemala, que son ambos países cálidos sobre todo Guatemala, el país de la eterna primavera, muy lejos de la nieve.

 

El hielo lo conocí de niño en forma de paleta helada

Que por cierto se derretía con suma rapidez bajo los ardientes rayos del Sol. Y el goteo de las paletas de grosella quedaban impregnada en mi camisa,  irremediablemente.

Y las nieves de sabores que se montaban en forma de bolas sobre un barquillo o cono de galleta, se derretían con rapidez y dejaban el barquillo o cono muy reblandecido.

 

Ya en México, como estudiante pobre, me hice amigo entrañable de un chico, hijo de un señor hondureño que, por ser de origen centroamericano, nos caímos bien.

Era El Güero Estrada, además nos apellidamos igual. Éramos amigos carnales como dirían en México, íntimos como hermanos. Él, rubio y de ojos verdes y yo, negro con el pelo afro.

 

Éramos compañeros en la carrera de Antropología, él se encaminó por los senderos de la Antropología Física, y yo por los de la Etnología.

Salimos bastante a divertirnos; él era guapo y exitoso con las chicas adolescentes, yo solo era el amigo leal de él, su camarada.

 

El Güero Estrada

Consiguió un trabajo temporal como instructor de patinaje en hielo, en la pista Revolución por los rumbos de Mixcoac. E inmediatamente me propuso que yo fuera también instructor de patinaje en hielo, y acepté de inmediato ante el gerente de esa pista de hielo.

Nunca había patinado en hielo y no conocía tampoco el hielo. Aprendí de inmediato con el aliciente de conocer bellas chicas adolescentes, ricas y desinhibidas y, además, recibir unos cuantos pesos cada fin de semana.

 

El güero Estrada ligaba bastante, y yo lo envidiaba.

 

Luego, muchos años después practiqué el patinaje artístico con patines de ruedas en pistas de cemento o madera. Con mucha destreza y habilidades naturales.

 

En Chile

Causé sensación en una pista de patinaje con patines de ruedas. Los niños y adolescentes gritaban asombrados a sus padres: Miren, ¡un viejito esta patinando! Yo era un un hombre de apenas 50 años recién cumplidos.

 

Viví en Chile allá por los años 90, cuando ese país recobró la vida democrática después de la dictadura de Pinochet, por 18 años. Estuve en la embajada de México como agregado de prensa y como director de Notimex para América del Sur.

 

Tenía un bonito penthaouse en el exclusivo barrio de Providencia. Y desde mi habitación observaba la cordillera nevada de Los Andes. Y les prometí a mis pequeños hijos llevarlos a esquiar en la nieve.

 

La embajada de México me facilitó un auto diplomático 

Y me lancé con mi familia hacía Farallones, en sitio cercano a Santiago, a 36 kilómetros , donde los chilenos pobres suelen ir a esquiar en el invierno.

Una carretera sinuosa conduce hacia Farallones, y son curvas y más curvas, pendientes y más pendientes muy inclinadas.

 

Renté una cabaña de madera poco hospitalaria, y pasamos mucho frío esa noche. Al día siguiente nos dirigimos al punto donde alquilaban los equipos para esquiar: trineos, trajes especiales, botas, gafas, bastones, esquíes, y etcétera. Hay un un cable que conecta a la cima, y allí van los esquiadores ascendiendo con ese sistema mecánico.

 

Una vez que colocamos a la familia en la parte más alta de la montaña, y observamos la extensa bajada inclinada, lo que significaba que la velocidad de desplazamiento iba a ser mucha, nos decidimos bajar juntos. Mis niños en trineos.

Fue la locura experimentar la sensación de velocidad extrema sobre la nieve, sin saber cómo frenar al llegar abajo. Nos gustó tanto subir y bajar en forma repetida, que todo él santo día lo dedicamos a divertirnos y a caernos mucho.

 

Nunca más he vuelto a experimentar el esquiar en la nieve, tampoco me apetece mucho repetir aquello vivido en Chile.

Hay cosas que en la vida que hay que hacerlas una sola vez y listo. Esta fue mi lección en la nieve. Era mucha adrenalina generada por ese deporte invernal para un sujeto tropical como yo.

 

Colofón

Un hombre negro, es un blanco perfecto en la nieve

Hoy por hoy, solo a una nieve de limón es a lo que más me atrevo

¡Hasta pronto desobedientes!

Foto: Stefan Keller/gamagapix en Pixabay
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