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Un joven abuelo y Camila, la nieta mayor, una chica excepcional

Bolivar Hernandez*

Corría el año 2000, cuando mi hija adolescente me confesó que estaba preñada, con un embarazo muy adelantado.
Me cimbró profundamente la noticia. Todos mis hijos, tuvieron una educación sexual abierta y franca, con bases científicas. Este embarazo no podía ser fruto de la ignorancia sobre los riesgos de una sexualidad activa, como la que tuvieron mis hijas con mi consentimiento.
La interrupción de ese embarazo no era posible por su avanzado proceso, y tampoco era el deseo de mi hija.
Ella me dijo: Papá, quiero tener a este hijo, es mi voluntad. Ella era una adolescente, casi una niña por su delgada complexión física.
Le manifesté que no se preocupara de nada porque yo me haría cargo del cuidado de su embarazo. Esto incluía, observar una dieta sana y acudir una constante serie de visitas al ginecólogo.
El embarazo era de alto riesgo por su estructura ósea tan delgada y poco desarrollada. Efectivamente, el feto empezó a manifestar sufrimiento por su tamaño y el poco espacio en el pequeño vientre de mi hija.
Al octavo mes, en una visita rutinaria con la ginecóloga
Determinó que era necesario proceder a realizar una operación cesárea, y extraer a la criatura. Se quedó internada en el sanatorio atendido por monjas de la caridad, ubicado en Lomas de Chapultepec, al poniente de Ciudad de México.
Un 19 de abril del año 2001, nació la niña de mi niña. Una niña hermosa, robusta, pero prematura por haber sido extraída a los ocho meses, y con los pulmones poco desarrollados.
De inmediato fue la criatura a dar a la sala de terapia intensiva, metida en una incubadora, y con una serie de tubos conectados a su nariz y a las venas de sus brazos.
Un mes estuvo en la sala de cuidados intensivos. Estuve presente todos los días para entrar y hablar con mi nieta, y también introducir mis manos a través de la incubadora y tocar, acariciar su cuerpo pequeño. Y pude observar sus reacciones corporales por el efecto de mi voz y el contacto físico de mis manos sobre su pecho, cabeza y brazos.
Esto que hice con mi nieta, durante un mes, lo sabía perfectamente, porque tenía conocimiento del efecto positivo del contacto físico durante el periodo de la terapia intensiva, porque los estudios con niños huérfanos, sin madre, morían por falta del contacto entre el recién nacido y su progenitora.
En los orfelinatos se solicitaban voluntarios para ir a hablar y acariciar los cuerpos menudos de los recién nacidos, y los resultados eran extraordinarios y vitales.
Mis palabras, mi discurso cotidiano, ante mi nieta era pedirle que viviera, porque la necesitábamos en nuestra familia, que ya tenía un sitio entre nosotros. Nunca abrió los ojos, pero estoy seguro que me escuchaba por que observaba sus movimientos corporales.
Al mes exacto, fui por la niña recién nacida, había cumplido ya los nueve meses de vida, cumplidos en el sanatorio.
Para sacarla, tuve que firmar varios pagarés…
Era una deuda grande con las monjas de la caridad, y yo no tenía suficientes recursos económicos para solventar una deuda gigantesca.
Mi hija estaba estudiando, no recuerdo si la secundaria o la preparatoria, pero le exigí continuar sus estudios. Mientras yo me hacía cargo del cuidado de la niña.
Durante el embarazo, mi hija seguía yendo a la escuela, y ahí tuve un pleito con los directores, porque no querían que mi hija asistiera a clases con ese vientre de embarazo, porque era un mal ejemplo para las otras chiquillas.
Pelee con toda energía para que mi hija continuara yendo a clases con su vestido de embarazada. Y estaba dispuesto a demandar a la escuela por su trato discriminatorio hacia mi hija. Y gané el pleito.
¿Y el padre de la criatura?
El progenitor de mi nieta era un chico de 17 años, cuyos padres lo respaldaron. Pero se oponían a un matrimonio entre adolescentes. Naturalmente, yo estaba cierto en que no permitiría cometer un error al obligar a este chico a casarse con mi hija. ¡Era un error, sin duda!
Mi hija, como era menor de edad, y madre soltera, solo tenía derecho a ponerle un nombre de pila a su hija, pero con sus propios apellidos, es decir como si fueran hermanas.
Me ocupé de los cuidados de mi nieta un par de años, mientras mi hija concluía sus estudios de preparatoria. La llevaba a la guardería y también al café donde solía ver a mis amigos, todos los días. Era una linda criatura que envolvía yo dentro de un “canguro”, que es un dispositivo de tela para cargar un niño en la parte delantera de mi cuerpo.
Mi nieta era una niña vivaracha , inteligente, despierta, curiosa, y me parecía una niña bella.
A mi hija le cambió absolutamente su vida. Y la mía también. Ella maduró a toda velocidad por las condiciones de su prematura maternidad. En ese momento, me convertí en un joven abuelo.
Esta historia tiene muchos claroscuros, sin duda. Hay episodios dolorosos y festivos también. Pero eso será motivo de otras historias.
En esa época, una amiga mía estaba haciendo una investigación para la universidad sobre embarazo juvenil o adolescente. Nuestro caso figura en ese libro en forma destacada, ya que las otras historia de chicas adolescentes embarazadas sufrieron toda clase de vejaciones por parte de sus familiares y parejas, ya que fueron obligadas a casarse, por aquello de limpiar honras familiares.
Hoy
Mi nieta es una mujer de 21 años, destacada estudiante en Barcelona. Escritora de novelas en catalán, no siendo su lengua materna. Ha obtenido premios literarios en Cataluña. Pensaba yo que estudiaría literatura o letras españolas, y no. Prefirió escoger una carrera relacionada con el cuidado del medio ambiente.
Mi nieta habla varios idiomas, y se gana unos centavos como profesora de inglés en la ciudad donde vive. Este es un breve testimonio sobre una chica excepcional, que aparte de todo es mi nieta mayor.
*La Vaca Filósofa
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