Bolivar Hernandez*
Siendo estudiante de antropología, en México, me tocó participar en una investigación de campo en la Basílica de la Virgen de Guadalupe, para observar y entrevistar a los peregrinos que se daban cita ahí, cada 12 de diciembre.
Mi vínculo con la Virgen Morena es fuerte, inclusive 50 años después de mis investigaciones sobre peregrinos devotos de la Reina de México y Emperatriz de América, la Virgen de Guadalupe, en repetidas ocasiones hice una visita a la Basílica, los domingos.
Aprovechando el Programa de paseos en bicicleta por la Ciudad de México, que incluía en uno de sus trayectos de 25 kilómetros llegar hasta la Basílica y volver después al Campo Marte, en Chapultepec.
Este largo prólogo es para contextualizar el día en que me convertí en padre de una niña, por vez primera.
La historia se remonta al 12 de diciembre de 1973
Día de la Virgen de Guadalupe, día en que nació mi hija mayor, la Gaby. Ella es un regalo de la vida para mí, porque la suya fue una concepción llena de dificultades, no así el embarazo y el parto natural.
Fue una niña sana, que pesó más de tres kilos y midió 50 centímetros de largo, a pesar de que su madre era de baja estatura. Gaby es hija de Shoko Doode Matsumoto, japonesa de origen.
Gabriela, mi hija, se llama así en honor a Gabriela Mistral, chilena, Premio Nobel de Literatura, 1945. Ello, sin embargo, ocasionó un conflicto con la familia japonesa, ya que ellos tenían pensado ponerle un nombre nipón, y se dieron cuenta de inmediato que no podían pronunciar el nombre de Gabriela, por tener en medio una erre. Y por ello mi hija fue llamada simplemente Gaby Chan, Gabita que es el diminutivo en japonés.
Cuando nació Gabita, yo tenía 29 años, era un joven antropólogo, inquieto y muy vital, con deseos de ser alguien importante en la academia y en el mundo intelectual mexicano.
Para ese entonces , ya había experimentado la observación de varios partos en mis trabajos de campo en el medio rural. Y quería presenciar el nacimiento de mi hija y acompañar a su madre en ese trance tan difícil, y ya había aceptado el obstetra que yo entrara a la sala de expulsión, cuando de pronto da marcha atrás y no me permiten entrar con mi esposa y ver el nacimiento de mi primera hija.
La razón fue sencilla y absurda: Un día antes, un marido enloqueció en la sala de expulsión al querer impedir que el médico viera a su mujer pariendo en la posición ginecológica, con las piernas abiertas; armó un escándalo y fue sacado con violencia de ahí.
Tuve que esperar en el lobby del nosocomio, que más bien parecía un hotel de lujo
A media mañana del 12 de diciembre de 1973, por fin escucho por el altavoz que mencionaban mi nombre y me pedían que subiera al piso de la sala de las cunas.
Supongo que a pocos padres les ocurre lo que a mí me sucedió, que conocí a mi hija en el elevador del hospital.
Era un elevador muy grande, para que cupiera una camilla ahí, tenía puertas a los costados, yo entré por el frente y por la puerta posterior ingresa una enfermera con una cuna portátil, y me dice:
Señor, ¿Qué cree? Acaba de nacer una niña chinita.
Observé a la criatura y era mi hija, traía en brazalete en su muñeca izquierda con el nombre de su madre. Brinqué de alegría y expresé mi júbilo a gritos. Eso ocurrió hace exactamente 48 años.
Me convertí en el padre más orgulloso del planeta. Mi hija era una niña divina, con una salud y una inteligencia excepcional, y una mirada curiosa detrás de esos ojos rasgados como los de su madre.
Gaby es una mujer casada con un italiano y vive en Italia, y es madre de dos chicos fantásticos, Irenita y Bruno. Gaby es lingüista destacada y una madre entregada a la formación de sus hijos, que son su proyecto de vida más importante, por ahora.
Desde la finca donde vivo en Guatemala, a 13 mil kilómetros de distancia y 7 horas de diferencia con Italia, le deseo a mi hija mucha dicha y salud.
Y le recuerdo que su padre es marxista-guadalupano, eso es posible en mi ser.
¡Hasta pronto fieles y devotos de la Virgen morena, la Virgen de Guadalupe!
*La vaca filósofa.
