Más de la mitad del territorio mexicano es semiárido, lo que impone un estilo de vida y una cultura particular.
Bolivar Hernandez*
En los años 80 fui contratado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) para realizar una investigación antropológica de los recursos naturales del desierto y su eventual aprovechamiento industrial.
Integré un equipo de jóvenes antropólogos y nos radicamos en la ciudad de Saltillo, Coahuila, y desde ahí recorrimos el inmenso desierto mexicano.
En esa época, el éxodo de los campesinos hacia los EEUU ya era notable y constante; los poblados estaban prácticamente abandonados y solo quedaban en ellos niños, mujeres y ancianos.
La población joven y en edad productiva se largó a buscar la vida en otros territorios del extranjero.
En el desierto mexicano no llueve; un día le pregunté a un anciano de un poblado campesino, que si recordaba cuándo fue la última vez que llovió ahí, y me respondió:
Hace 40 años que no cae ni una gota de agua del cielo.
El calor sofocante del desierto mexicano es agobiante
En la ranchería La Nopalera, municipio de Cuatro Ciénegas, Coahuila, no hay árboles que den sombra, toda la vegetación silvestre que existe ahí son matorrales bajos, arbustos no mayores de un metro de altura.
Domina el paisaje del desierto un arbusto llamado gobernadora, parecido al guayule, también los agaves de la lechuguilla y el Ixtle, parecido al henequén, del cual se extraen fibras vegetales para elaborar cuerdas y otros enseres domésticos.
La cera de la candelilla es una planta a la que se me extrae la cera mediante un cocimiento y con esa producto sobreviven apenas sus productores.
Casi toda la población explota los recursos naturales vegetales, y sus productos son comercializados en “tiendas de raya” como en el porfiriato. Los productores entregan las fibras de Ixtle a una comercializadora del gobierno y, a cambió, el productor recibe una despensa de alimentos básicos, no circula el dinero en esas comunidades.
La miseria de esos campesinos era algo inaudito, no tienen agua potable en sus pueblos; la agricultura es imposible, la ganadería es raquítica, crían chivos y cabras.
No hay escuelas ni clínicas médicas a cientos de kilómetros a la redonda. Tampoco existen caminos asfaltados, todos son de terracería.
La investigación a mi cargo
Era para validar la exploración y explotación del guayule para la extracción de hule natural, un recurso silvestre en abundancia, pero que requiere un ejército de recolectores a mano, porque una máquina no podría reconocer entre una planta de gobernadora y un guayule, que son casi idénticas.
La factibilidad del proyecto estaba basado en pagar salarios bajos a los recolectores para que fuera rentable la industrialización del guayule. Obviamente, los campesinos pobres a los que se les ofreció una nueva fuente de ingresos, rechazaron la propuesta. ¡Con toda razón!
De nueva cuenta, me puse del lado de los campesinos para defender sus derechos laborales mediante el pago de un salario justo. En las asambleas campesinas que organicé, ellos manifestaron que preferían migrar a los Estados Unidos, y que allá, lo que ganarían en un mes; aquí, era el salario de un año.
El proyecto de la industrialización de los recursos naturales del desierto sería algo magnífico, si se lograban pagar salarios miserables.
Ignoro totalmente lo que sucedió en el desierto mexicano y con sus pobladores desde que salí de ahí.
Podría asegurar que las remesas de dólares que envían esos campesinos desde EEUU a México, son el fruto de esa migración que exporta mano de obra barata hacia la economía más poderosa del planeta.
Abandoné para siempre la Ciudad de Saltillo, donde dejé buenos amigos con los que disfrutamos las canciones románticas de La Rondalla de Saltillo, en algún restaurante elegante de esa ciudad, para olvidar momentáneamente los recuerdos de esa tierra y su gente, que sufre tanta miseria.
