Bolivar Hernandez*
Cuando cumplí 60 años, me diagnosticaron cáncer y los médicos me pronosticaron que viviría solo unos pocos meses más. Les dije a los oncólogos que trataban mi caso, que el diagnóstico era certero, era claro que si tenía cáncer, pero que el pronóstico no lo podía admitir. Ellos no eran dioses para decretar mi muerte cercana.
Aparte soy ateo y no admito verdades absolutas de nadie. Añadí en esa junta de oncólogos que yo viviría hasta los 90 años o más.
-¡Eres un soberbio!, exclamaron a coro este grupo de hombres de batas blancas.
Han transcurrido ya casi 20 años de aquella memorable junta de médicos donde fui condenado a morir muy pronto.
Estoy cerca de cumplir 80 años, y mi espíritu de gran resiliencia me sostiene con ímpetu.
Me animo a escribir este relato biográfico después de ver una magnífica entrevista, en video ,que me hicieron en una revista mexicana llamada Ah, Chingá, Chingá, (publicación literaria y sociológica), que fue una reseña de mi vida como profesional en diferentes campos del conocimiento. Debo agradecer el oficio de editor de mi amigo Fernando Silva, quien hizo un trabajo magistral con esa charla.
Hace muchos años, en Guatemala
La Universidad de San Carlos, la universidad pública, me hizo una larga entrevista y video también, en la cual sólo se destacó mi labor como pintor de acuarelas y como artista. Ambas entrevistas recientes recogen mi biografía pública y constituyen un reconocimiento, aún en vida, y no uno post morten.
Infancia
Nací en la Ciudad de México y muy pronto tuve que salir hacia Guatemala, la tierra de mi padre, y llegué con 2 años a Cuilapa, en brazos de mi madre mexicana.
Años después, cuando cumplí 10, tuve que salir huyendo al exilio hacia México, para salvar el pellejo. Tuve una niñez feliz, libre, y en solitario.
Adolescencia
Jovencito viví poco en Ciudad de Guatemala, luego en Quetzaltenango, que es la segunda ciudad del país, tierra indígena. Estudié ahí, la secundaria militarizada entonces. Después logré obtener una beca para estudiar la normal y hacerme profesor de educación primaria rural.
Es importante señalar que a los 15 años, abandoné el hogar paterno y no volví jamás. Quería construir mi propia historia, lejos de la familia paterna.
Juventud
Me graduó como maestro de educación primaria rural, y el gobierno de Guatemala me ofrece una plaza de maestro-director de una escuela rural en una aldea ubicada en las faldas de un volcán, acepté y no pude soportar la miseria de los niños desnutridos a mi cargo, y a los pocos meses después, renuncié.
Armé mi proyecto de vida futura para realizarlo en México, ya que en Guatemala solo tenía tres opciones profesionales: Ser sacerdote, militar, o abogado.
Y a los 20 años me largué a México, en mi gran aventura existencial, porque deseaba destacar en un país grande y diverso en donde nadie me conocía. Lejos de la influencia paterna, sobre todo.
Hice el examen de admisión en la UNAM y en la ENAH, para ser sociólogo o antropólogo, y en ambas instituciones logré ser admitido. Opté por la ENAH y me hice antropólogo.
Fui un estudiante pobre con escasos ingresos monetarios, sólo suficientes para mal vivir. Fui huésped en más de una veintena de residencias estudiantiles de la Ciudad de México.

Adulto joven
Me apasionó la antropología y me dediqué a la investigación de campo y a la docencia universitaria por 45 años. Me casé un par de veces y tuve varios hijos.
Exploté al máximo mi capacidad de trabajo, así fue que ocupé diversos puestos en el gobierno federal, a nivel de mandos medios y altos de la Administración Pública.
Trabajé hasta la extenuación absoluta con el fin de proveer a la familia con recursos económicos suficientes. A cambio de ello, no los vi crecer. Tampoco veía la luz solar, ya que estaba encerrado en una elegante oficina sin ventanas y con plantas verdes de plástico.
Adulto mayor
En la madurez de la vida me hice psicoanalista freudiano, ya que más sabe el diablo por viejo que por ser psicoanalista. Me fue muy bien, porque atendí a muchos pacientes y aprendí de ellos bastante.
La diferencia con muchos colegas es que ellos solo atienden un número limitado de pacientes y les cobran mucho dinero, y viven cómodamente con esos altísimos ingresos. Yo cobraba poco, porque no era mi interés poseer una fortuna a costa de los pacientes.
Adulto muy mayor
Me acerco a los 80 años con paso lento. Vivo bien, tranquilo, trabajo como psicoanalista en forma presencial y también en forma virtual: Zoom , Skype, Facebook, etcétera.
Hago ejercicio físico todos los días con una disciplina férrea, camino bastante y paseo en bicicleta con mucho entusiasmo. Resuelvo crucigramas a diario, aprendo idiomas y armo rompecabezas. Así evitó el Alzheimer, tan temido por mi.
Me alimento sanamente y de manera nutritiva, soy vegetariano desde hace 40 años. No bebo alcohol, no fumo y no me meto drogas al cuerpo. Evito ingerir medicinas de la industria farmacéutica mundial o nacional. Practico la medicina preventiva y no la curativa.
Elegí la soledad con gran alegría y la disfruto bastante, soy un hombre libre.
Me ha tocado bailar muchas veces con la más fea, pero no me quejo porque fue parte de mi vida, con claroscuros como es la existencia misma.
Soy feliz a mi manera, no poseo nada material, no me apego a nada ni a nadie, esto lo aprendí de mis maestros budistas.
En el amor he incursionado por varios lados, en general me ha ido bien. Soy un enamorado de la vida. He amado, pocas veces, y también me han amado pocas veces. El saldo es positivo.
Futuro
Quiero pintar, escribir, viajar , conocer gente joven, y amar al prójimo.
¡Hasta pronto, almas guerreras y deseosas de gozar la existencia misma, así como viene!…
*La vaca filósofa.

