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Veo mi final muy cerca, pero estoy tranquilo con mi conciencia y mi obrar: Don Juan

campesino

Bolivar Hernandez*

En esta oportunidad no voy a referirme al afamado libro titulado Las enseñanzas de don Juan, del antropólogo Carlos Castaneda, sin eñe, escrito como tesis de maestría para la UDLA, la Universidad de Los Ángeles, California, Estados Unidos.

Este libro, que fue un éxito editorial en todas partes, en el cual se relatan las enseñanzas esotéricas de don Juan, un indio yaqui de Sonora, que manejaba varias plantas psicotrópicas, alucinógenas, entre ellas el peyote.

En los inicios de los años 70

Invitamos al colega antropólogo Carlos Castaneda para un ciclo de conferencias en la Escuela de Antropología de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, y fue un rotundo éxito para los organizadores de tal acontecimiento.

Castaneda fue un hombre misterioso hasta el final de sus días. Por su acento al hablar, suponíamos que su origen era brasileño, nunca supimos su procedencia.

Era un hombre de talla grande, corpulento, abundante cabellera negra, usaba gafas. Hermético, introvertido y callado. Me pidió que no lo fotografiaran ni tampoco grabaran sus conferencias. Conversé muy poco con él durante su corta estancia en la capital mexicana.

Volvió a Los Ángeles enseñó unos años en la UDLA, luego se jubiló y se encerró a piedra y lodo en su casa, hasta el día de su muerte.

El escándalo mayúsculo con su afamado libro ocurrió cuando se dijo que todo eso era inventado, una ficción, una novela. El autor nunca respondió a las sospechas sobre su obra antropológica.

El don Juan de mi historia es un hombre real, de carne y hueso

Lo conocí a mediados de los años 70 mientras realizaba una investigación antropológica en el Soconusco, la costa chiapaneca.

Don Juan es oriundo de una comunidad llamada Cacaotan, y como su nombre lo indica, se dedican al cultivo del cacao. Es un ejido pequeño pero próspero. Los campesinos en esa época tuvieron un auge en el precio internacional del cacao y obtuvieron grandes ganancias.

En los estudios antropológicos se acostumbre tener una serie de informantes sobre la cultura y las prácticas sociales de esas comunidades, son ellos los que aportan su visión de la comunidad al investigador.

La anécdota más comentada al respecto, es la de colegas antropólogas que se enamoran y luego se casan con sus informantes, y los extraen de sus comunidades y los llevan a vivir a centros urbanos cosmopolitas como las ciudades de México o de Nueva York, y generan en sus parejas un síndrome especial de desarraigo y shock cultural, pero esa es otra historia.

Don Juan tuvo dos hijos, una mujer y un hombre, y les dio estudios universitarios. Esos chicos abandonaron Cacaotan muy niños, y fueron a estudiar al centro regional más importante del Soconusco, la ciudad de Tapachula, Chiapas.

Recién egresados de sus carreras universitarias, cursadas en la Ciudad de Tuxtla Gutiérrez, decidieron emigrar a los Estados Unidos cuando ello era factible hacerlo. Y se fueron a Los Ángeles, California y nunca volvieron a México . Y tampoco se comunicaron con su padre, don Juan. Se perdió la comunicación absolutamente entre ellos, y sus padres sufrieron demasiado por eso.

La última vez que hablé con don Juan, habían pasado ya 20 años de que los hijos emigraron y se olvidaron de él por completo.

Don Juan continúa trabajando su parcela con cacaotales, y nunca salió de ahí, salvo para visitar familiares dentro del mismo estado de Chiapas.

El testimonio de don Juan, es el siguiente:

* La vaca filósofa

Foto: Pixabay
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