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Victoria Nuland y la empantanada relación especial anglo-americana

Foto: Defence-Imagery

MSIa Informa

La reciente sorprendente renuncia de la subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos, Victoria Nuland, ha dado lugar a todo tipo de interpretaciones con relación a los motivos, sobresaliendo el evidente fracaso de la “operación Ucrania“, de la que fue uno de los principales artífices.

Sin embargo, el caso atañe directamente al agotamiento de la “relación especial” entre EEUU y el Reino Unido, que hizo época por la simbiosis en la planificación estratégica, de inteligencia, financiera y militar, es decir el programa de la hegemonía anglo-americana desde el final de la Segunda guerra mundial.

En los diversos cargos que ha ocupado en Washington a lo largo de tres décadas

Sirviendo a cinco presidentes, Nuland ha sido uno de los miembros más influyentes del grupo selecto que ha dominado la política exterior de Estados Unidos desde el final de la Guerra fría, los “neoconservadores”, de los que su esposo Robert Kagan es uno de los principales ideólogos. Retirarse del centro de decisión a los 62 años indica que fue una consecuencia de la inexorable debacle del proyecto de poder global al que ha dedicado toda su vida adulta.

De manera que su salida en este momento parece obedecer al ocaso del interés de Estados Unidos por la guerra en Ucrania, que no pocos en Washington desean transferir a sus socios europeos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), preferiblemente antes del posible regreso de Donald Trump a la Casa Blanca.

Trump, que no está enamorado de los neoconservadores, ha subrayado su oposición a que Estados Unidos siga apoyando a Ucrania para mantener la guerra y, como era de esperar, ya ha sido objeto de una insinuación apenas velada de asesinato por parte de Robert Kagan, en un artículo publicado en el Washington Post el 30 de noviembre pasado.

¿Vamos a hacer algo al respecto?

Para usar una metáfora, si pensáramos que hay un 50% de posibilidades de que un asteroide se estrelle contra América del Norte dentro de un año, ¿esperaríamos que no lo hiciera? ¿O tomaríamos todas las medidas imaginables para tratar de detenerlo, incluidas muchas cosas que podrían no funcionar, pero que, dada la magnitud de la crisis, deberían intentarse de todos modos?.

En particular, Nuland encarnó la relación estratégica anglo-estadounidense al decidirse la expansión de la OTAN hacia el Este, con énfasis en Ucrania, donde intervino febrilmente a partir de la “Revolución Naranja” de 2004. Esta fue la primera de las numerosas “revoluciones de colores” que le han seguido. El color porta el sello característico de la participación de la inteligencia angloamericana en ellas en su afán de incriminar y debilitar a Rusia, buscando fragmentarla para dominar sus vastos recursos naturales, una antigua quimera de la geopolítica anglo-americana.

El sometimiento de Rusia, en los cálculos británicos

Facilitaría replicar en ella el destino del Imperio Austro-Húngaro, evitando así que Rusia y Alemania concretizaran la temida alianza de un eje de desarrollo euroasiático. Tras el colapso de la Unión Soviética, el poder anglo-americano caminó en aquella dirección, y la OTAN tendió un “cordón sanitario” alrededor de la Federación Rusa, para el cual las “revoluciones de colores” en Georgia y Ucrania jugaron un papel crucial. En ambos casos, Moscú se vio obligado a intervenir militarmente.

Nuland, fue uno de los principales autores del golpe de Estado Euromaidán de 2013-14, el mismo que derrocó al entonces presidente ucraniano Viktor Yanukovich e instaló en el poder a un régimen filonazi y rusófobo, y sus socios en la inteligencia británicos son los controladores del actual presidente Volodymyr Zelensky.

Esta mancuerna de poder en Ucrania fue cabalmente demostrada en abril de 2022, un mes y medio después del inicio de la invasión rusa. cuando el entonces primer ministro Boris Johnson viajó en secreto a Kiev para disuadir a Zelenski de aceptar la tregua ya negociada con Moscú a través de Turquía.

Además, desde el inicio del conflicto, la inteligencia y las fuerzas especiales de Su Majestad Carlos III han estado activas en Ucrania, apoyando operaciones contra objetivos en territorio ruso, incluidos ataques con drones y misiles que, muy probablemente, debido a su sofisticación, son operados por el ejército británico.

Londres ha vuelto a justificar el viejo epíteto histórico de “pérfida Albión”

Con el que se le conocía en los siglos XVIII y XIX al insistir en que Alemania debería enviar misiles de crucero Taurus a Ucrania, aun después de la filtración de una conversación entre cuatro altos funcionarios alemanes sobre la mejor manera de reducir los riesgos de suministrarlos a Kiev.

La debacle angloamericana se aprecia en el campo militar, no únicamente en Ucrania, lugar donde Rusia ha demostrado superioridad tecnológica, y, no menos importante, capacidad industrial para la producción de material bélico. Por otro lado, hasta los grupos opositores sin fuerzas armadas convencionales han tenido éxito en desafiar el poder de Estados Unidos y Gran Bretaña, es el caso de los talibanes afganos, los hutíes yemeníes y la resistencia chiíta iraquí.

Mientras tanto, las cacareadas armas decisivas suministradas por la OTAN a Ucrania han sido sistemáticamente neutralizadas -y desmoralizadas- por las fuerzas armadas rusas, y a menudo sin necesidad de ellas. 

Otra perla que rueda de la fragmentada hegemonía angloamericana, que merece atención es la virtual incapacidad del Reino Unido para mantener su otrora admirada fuerza naval, la Royal Navy, como una fuerza de combate respetable. Un caso típico ha sido el despliegue de destructores sin misiles de largo alcance en el Mar Rojo para atacar objetivos terrestres, lo que los hace inútiles para operaciones ofensivas contra los hutíes que han estado atacando barcos israelíes, estadounidenses y británicos (las misiones han sido encargadas a la Royal Air Force). Para no hablar de la vergüenza suprema del portaaviones Queen Elizabeth, que costó el equivalente a 3.700 millones de dólares y enfrenta problemas recurrentes y un alto coste de mantenimiento, despertando una ola de peticiones para su pronto desmantelamiento.

Fotos: Defence-Imagery/daniel_diaz_bardillo
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