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Y a este señor de la bici, ¿qué le pasa que no deja de pedalear nunca?

Bolivar Hernandez
Hay muchas personas que solamente en domingo practican un deporte, y se sienten muy satisfechos con eso. Me ocuparé en ese relato, solo de los ciclistas de fin de semana.
Acostumbré a rodar todos los días un número de kilómetros fijo, 10 km/h, por ejemplo. Y los domingos me doy un paseo más largo, hasta de 25 km.
En la Ciudad de México, existen ciclovías con una extensión de más de 100 km de longitud. Y los domingos las autoridades capitalinas cierran importantes avenidas para el tránsito exclusivo de los ciclistas , que en un número mayor a 30 mil nos lanzamos a recorrer toda la ruta por el Paseo de la Reforma.
Esta práctica dominical lo he realizado ya por varios años, solo en México. En Guatemala lo intenté dos veces y desistí.
Hay pocas ciclovías y existe un paseo dominical que se llama Pasos y pedales, en una zona de gente rica de la capital. Pero sucede que muy pocos ciclistas se aventuran a rodar por ese paseo, ya que son miles de personas a pie y que se hacen acompañar de varios perros finos en una especie de pasarela canina. Ahí no se puede circular en bicicleta, ya que es muy riesgoso con tantos perros ocupando la vialidad por completo.
Aquí, ese paseo largo dominical lo realizo en el bulevar de la finca donde vivo, dando muchas vueltas para completar un buen número de kilómetros. No hay cosa más aburrida que ese circuito diminuto para un ciclista deseoso de recorrer distancias más largas.
Volviendo a México
En el paseo dominical de la Fuente de Petróleos hasta la Villa de Guadalupe, y de regreso hacia la Alberca Olímpica en Coyoacán, miles y miles de ciclistas van en caravanas muy nutridas. Yo soy un llanero solitario y no admito acompañamientos en la ruta, ni de amigos ni de mis hijos y nietos. Prefiero ir a mi paso y descansar, si me da la gana. No llevó ninguna prisa y no compito con nadie.
Mi bicicleta en México se llama Soledad, y me ha acompañado por muchos años. Costó nueva muy poco dinero porque es una bici modesta, pesada, con una canastilla al frente, y con un asiento muy incómodo. Tiene varias velocidades y su rodada es pequeña, 24.
En mis paseos dominicales siempre observé la enorme cantidad de jóvenes ciclistas, hombres y mujeres, pocos niños, y adultos mayores, muy pocos. Muchos ciclistas de fin de semana estaban obesos y pienso que el ejercicio dominical no les permite bajar ni 200 gramos de peso o varios centímetros de panza.
Eso si, circulan los domingos unas bicicletas de marcas muy conocidas pero de automóviles: Mercedes Benz y VMW. Cuyos precios, pregunté a sus orgullosos propietarios, eran superiores a lo que cuestan los autos más modestos de la VW.
No me da ninguna clase de envidia ante esos artefactos tan distinguidos y caros, más bien me daría temor de ser asaltado o muerto para despojarme de esos vehículos tan ostentosos.
En la finca donde vivo
Tengo dos amigas ciclistas con bicis muy elegantes, no tan caras como aquellas de México, pero muy poderosas, con amortiguadores delanteros, asientos anatómicos, 100 velocidades , es una ironía por supuesto, frenos de disco potentes. Livianas y muy caras, digo yo.
Mis amigas del paseo dominical, traen todo el equipo necesario: cascos aerodinámicos, ropa especial para ciclistas, muy vistosa, y muy cómoda. Y en la muñeca izquierda traen un aparato que registra los metros o kilómetros recorridos, el tiempo invertido en el trayecto, y quizás otras cosas más que yo ignoro.
Mis amigas tienen todo el equipo necesario para realizar sus rodadas dominicales con entusiasmo.
Pero dicen que no tienen tiempo.
Tienen todo, menos la constancia y la disciplina indispensable para ejecutar un deporte cualquiera.
No me detengo en buscarlas en el bulevar de la finca los domingos. Siempre lo hago en solitario y muy metido en mis reflexiones íntimas. Si aparecen en el horizonte, ¡qué bien!, y sino acuden, también es bueno. No sé si para ellas.
Ahora hago un alto en el camino mientras hago mi ejercicio dominical porque una erupción volcánica cerca de la finca donde vivo atrae mi atención y observó con admiración ese espectáculo de la naturaleza poderosa y que además es gratis.
Mis vecinos circulan en sus autos de lujo, un poco más despacio que entre semana, cuando transitan por el minúsculo bulevar, y bajan el vidrio polarizado de su ventanilla izquierda y sacan el brazo y me saludan gentilmente.
Son tan amables y cordiales los vecinos, que siempre que puedo ver sus rostros dentro de sus elegantes automóviles, me miran con gran indulgencia como diciendo:
Y a este señor de la bici, qué le pasa que no deja de pedalear nunca.
*La vaca filósofa.
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