Bolivar Hernandez*
Fue la noche del 31 de agosto para amanecer el primero de septiembre del 2008; era una noche tibia en la Ciudad de México. ¡Cómo podría olvidar esa noche, jamás!
El primero de septiembre es un feriado nacional, antiguamente era el día del informe presidencial, esa sesión maratónica con intensa danza de cifras y citas. Y que por lo general la fecha se convierte en un puente largo, digno de un ocio prolongado.
En esa época yo vivía en la bella y colonial ciudad de Querétaro. Y estaba al frente de la escuela de psicología de la Universidad de Londres. Y me estaba saboreando un feriado espectacular en la capital del país, en el departamento de mi querida hija Gaby, en la bella colonia Nochebuena.
Ese lindo departamento se ubica en la calle de Boston entre Florida e Insurgentes. Es un edificio de cinco niveles y Gaby ocupaba el penthouse, y sin elevador o ascensor, son cinco pisos de escaleras.
La tarde del 31 de agosto del 2008
Llegué al departamento de Gaby y me acomodé en la sala en couch que servía de cama para visitas. Todo iba de maravilla, como corresponde a un anhelado día feriado. Conversamos bastante mi hija y yo.
Cenamos plácidamente y nos dieron las 9, las 10 y las 11 de la noche, y nos dimos las buenas noches.
Me acuesto plácidamente, y muy decidido a dormir y hasta mañana.
Desde que empezó la noche sentía un malestar leve, casi imperceptible. Era una mezcla de ansiedad, irritación, angustia, sofocó, con sudoración copiosa.
A medida que avanzaban las horas de la noche esos síntomas se hacían cada vez más agudos. Eran ya insoportables al filo de la una de la madrugada.
Tuve muchos deseos de orinar, voy al baño, y no puedo orinar, apenas pude expulsar unas cuantas gotas de orina.
La desesperación hizo presa de mi. Es la sensación más angustiante que he podido experimentar en mi larga vida.
La vejiga sentía que iba a explotar con tanta orina acumulada sin poder ser evacuada.
Le manifiesto a mi hija Gaby lo que estoy experimentando en mi cuerpo. Se inquieta mucho.
Yo decidí a continuación localizar a una amiga médica, la encuentro y le explico la sintomatología observada.
Me dice: Vete de urgencia a este hospital privado donde yo trabajo, y te paso a ver en la mañana.
Ese sanatorio privado estaba cerca de la casa de mi hija Gaby
Llegó al hospital bañado en un mar de sudor, ansioso, angustiado, molesto.
Me llevan a urgencias médicas en una camilla.
Entro a una sala grande, me desnudan y me acuestan en una cama alta, me colocan cerca de un aparato clínico, que era un ultrasonido moderno.
Me untan un gel helado sobre el vientre. Y deslizan el lector en mi abdomen y ¡oh, sorpresa!, tengo obstruido severamente la uretra debido a un tumor enorme.
De inmediato me colocan en el pene una sonda, que consiste en una bolsa de plástico y una manguera de hule, introducida sin anestesia en el miembro viril, y que además en el extremo de la manguera dentro de mi cuerpo posee un globo que se infla para impedir que sea expulsada.
De inmediato expulso por la sonda una buena cantidad de orina, y veo cómo se va llenando la bolsa plástica a gran velocidad, y mi ansiedad disminuye al mismo ritmo.
Permanezco en la sala de urgencias de ese hospital privado, y mi amiga la doctora me comunica una fatalidad.
Tienes un severo daño en la próstata ya que está enorme y deforme. La próstata normal es del tamaño de una nuez, y la tuya tiene el tamaño de una manzana; eso es grave. O está inflamada o es un tumor canceroso.
Debes -agregó mi amiga la doctora-, hacerte una pruebas, sacarte unas biopsias y determinar la malignidad del tumor.
Aquí empieza el verdadero calvario para mi cuerpo enfermo
Para principiar la sonda la tuve conmigo varios meses mientras avanzaba el tratamiento indicado para un cáncer de próstata. Quimioterapias y radioterapias por montones.
¿Cómo se llegó a la conclusión médica que era cáncer?
Varias pruebas de antígeno prostático arrojaban niveles elevados y sorprendentes, que hacían pensar en el cáncer.
El oncólogo más importante de la Ciudad de México, experimentado cirujano, y con el equipo médico más avanzado, me citó a su consultorio para obtener las biopsias necesarias para el diagnóstico definitivo.
Esta es la experiencia más ruda que he tenido que soportar en toda mi vida.
El doctor Castañeda había recién adquirido una máquina ultramoderna para realizar las biopsias de próstata.
Entré a su consultorio una mañana muy temprano para ese procedimiento de obtener las biopsias de la próstata.
Me acosté sobre una camilla desnudo con una bata médica abierta en la espalda
Me coloqué bocabajo y con el culo empinado. Sin anestesia y sólo con un poco de lubricante en mi ano, entonces el doctor introdujo su mano derecha hasta llegar a la próstata, y luego usaría su nueva máquina.
Era un tubo metálico que, introducido por el ano hasta la próstata, lanzaba diminutos arpones a una velocidad extrema, y rasgaba y saca a trozos de tejido, para luego ser analizados por los patólogos.
Cada arponazo dentro de mi recto me provocaba intensos dolores en todo mi cuerpo. Fue una sesión de tortura China. El diagnóstico era indiscutible. Era un cáncer de próstata avanzado.
Al salir del consultorio del doctor Castañeda, me advirtió que habría de estar orinando sangre por varios días, y así fue.
Los dos años siguientes con vida hospitalaria fueron tremendos para mi. Me daban muy pocas posibilidades de sobrevivir.
Vencí todos los obstáculos que la vida me puso enfrente. Y como un verdadero guerrero, superé la adversidad.
Esto ocurrió hace 13 años, y quise recordarlo sin amarguras ni rencores contra el personal médico que me atendió con cero empatía y cordialidad.
Posdata
Y aquí sigo vivito y coleando y dando rienda suelta a mis ocurrencias bolivarianas.
*La Vaca Filósofa

